Loa Ancianos--Fragmento(18) El último Viaje-Carlos Echevery Ramirez
Los ancianos-El último Viaje-Fragmento (18) Carlos Echeverry Ramírez
El último Viaje
ISBN: 0-9683701-01
Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO y WIPO
Fragmento (18)
Escrito en toronto el 28 de diciembre del año 1996
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En la privacidad de la oficina y con atmósfera relajada, el hombre dijo:
-Jóvenes, usted señor Cato, les quiero comentar lo siguiente:
“Hoy mi cansancio es mayor que en muchos años anteriores y muchísimo más que cuando estuve en la guerra”.
Anoche estando acostado tranquilo, quizás como siempre, después que miesposa Charlotte se fue a acompañar a Martina y su fiel perro, a lacaminata habitual, hora en que el can hace sus necesidades y Martinarecoge en bolsa plástica la mierda, yo me quedé leyendo tranquilo,acompañado de un Cherry semiseco y las melodías del violonchelo dePablo Casals. Cansado, por el duro trabajo del día anterior, dejé ellibro sobre la mesa, fui a mi habitación y al entrar en ella puse eltermostato en dieciocho grados, desnudo me metí debajo de las cobijas;allí en la comodidad de la cama y después de poner mi postiza dentaduraen su medio adecuado y colocar mis anteojos encima de la pequeña mesade noche, apagué la luz de la lámpara de leer y dormí sin problema.
Nosé cuántas horas habían pasado, cuando en el silencio y oscuridad de lanoche escuché ruidos muy extraños al exterior de la alcoba, exactamenteen las escaleras; eran unas risas escandalosas y palabras desconocidaspor mí. Yo, un hombre que habla el latín, me asusté y sorprendido mesenté a esperar el fin de lo que escuchaba, sin tratar de hacer juicioalguno.
Consciente estaba de que Charlotte, mi querida esposa,no había llegado, ya que varias veces toqué el lado de la cama dondeduerme y no la encontré, lo cual me causó mucha angustia; así, lentamente, los sonidos terminaron de subir las escaleras y finalmenteentraron en la habitación...
Observé, cauto y desconfiado,entrar una sombra amorfa, un bulto grande moviéndose con dificultad;con mis cansados ojos de anciano no podía tampoco distinguir qué era,sólo escuchaba las risotadas escandalosas, las palabras enredadas y unfuerte y marcado olor a alcohol.
Nervioso, dudé de mis actos ypensamientos, creí momentáneamente que era una mujer de vida alegre ynumerosos clientes que se había equivocado de casa y aposento; comopude, a tientas de ciego y en la negrura de la noche busqué mis gafas,para poder prender la pequeña lámpara. Después de hacerlo y para migran sorpresa encontré a ¡Charlotte!
Sin creerlo ni aceptar, laencontré tirada al extremo de la cama, ¡Mon Dieu! ¡mi esposa! ¡Labióloga!, la directora por treinta años del famoso coro de música sacraen la conocida iglesia luterana de Ginebra, la mujer maravillosa,¡Quelle horror!, la madre de mis cuatro hijos estaba ahí, tirada alextremo de la cama, ¡completamente borracha! hablando en un idiomaincomprensible, riéndose y actuando, como nunca antes en nuestraapacible vida y después de cuarenta años de casados, a estas horas denuestro matrimonio y en el cenit de nuestras vidas.
Traté deencontrar la causa de este inusual estado en ella, después de tantosaños compartidos, desde aquellos en los que yo iba o ella venía alpequeño jardín al frente de la facultad a esperar que terminarannuestras labores académicas en la universidad. No supe qué pensar.
Estimados señores, y usted señor Cato, no sé qué decirles o cómo expresar lo que sentí en ese momento.
Recuerdoque tuve un inmenso vacío, una ahogadora tristeza, solté una irónicarisa, un débil entusiasmo y una rabia pasajera, y también todo aquelloque puede un hombre de mis conocimientos y jerarquía experimentar, enesos segundos al ver a su querida esposa en esas lamentables, terriblese inaceptables condiciones. Horrorizado de ver a mi Charlotte en esasituación, con voz angustiada, sintiendo una punzada fortísima en midébil corazón y dolor en mi brazo izquierdo, le pregunté:
-Charlotte, mon amour, mon Dieu, ¿Qué te han hecho?
Atónito y horrorizado, la observaba.
Ellapoco a poco organizó sus desvariados pensamientos en medio de risasdesconocidas, con ternura abrasadora y en una voz jamás escuchada entodos nuestros largos años de nuestra feliz relación, me dijo:
-”Freddy,mi amor, ¡mi tesoro!, ¿Recuerdas anoche cuando vino Martina con superro a que la acompañara a caminar?... Muy bien, las dos nos fuimosconversando, mientras el can buscaba un lugar verde dónde hacer susnecesidades. Conversábamos de muchas cosas, de ti, de Teodoro; charlábamos acerca de nuestros hijos, de sus alegrías y frustraciones,de las duras dificultades que enfrentan aún con todos sus títulosacadémicos para encontrar un trabajo estable y bien remunerado;dialogábamos de nuestras cosas de mujeres y que muchas veces o casisiempre son muy diferentes a las que los hombres hablan entre ellos;analizábamos también con impaciencia lo poco que podemos hacer o que senos permite por ustedes para mejorar el mundo; tristementecomprendíamos lo mínimo que es aceptado y con escasa alegría recibidopor los hombres para hacer más solidario el bien común. Caminando lasdos solas, apartábamos con nuestros bastones las hojas caídas, queanuncian el fin del verano, acompañadas mentalmente, por aquello quehemos creado, es decir nuestros hijos. Martina iba muy preocupada y yo,meditabunda, llevaba en mí algo que no te he dicho en los últimos años:sentía una creciente ansiedad de ver lo trágico que sucede en el mundofuera de nuestros vecinos, en otros países y regiones. Llevabatristeza y frustración, de ver lo poco que puedo hacer para cambiar loque escucho en todos los lugares que tú, como hombre, no frecuentas, noescuchas, no entiendes, no quieres aceptar ni escuchar y que quizásjamás comprenderás.
Martinay yo sorpresivamente, escuchamos a lo lejos, en el Parque de laEsperanza, unos rumores de tambores como africanos, unas guitarras,unas trompetas, flautas, lutes de Persia, bandoneones, maracas de SurAmérica, acordeones, trompetas, tiples, guitarrones y unos violinesgitanos de Hungría y Rumania. Nosotras, como bien tú sabes, somoscuriosas y dueñas de una intuición, que ustedes no tienen; ansiosasapresuramos el paso y fuimos a ver qué era esa música tan bella, esasmelodías con una sensualidad envolvente que ahora escuchábamos en elmismo parque al que íbamos tú y yo, cuando éramos jóvenes y nossentábamos a conversar del futuro, de nuestros sueños e ilusiones.¿Recuerdas mi amor, mi tesoro?
¡Freddy, escúchame! ¡Escúchame!
Alllegar al parque, Freddy, mi amor, encontramos unas mujeres y hombresextranjeros de pelo azabache con ropas llenas de colores, con todos susniños cantando al son de la música y bailando en una armonía, en unágape que jamás yo había presenciado en Europa.
Fuera denosotras, estaban muchas parejas conocidas, había varios ex colegas yex alumnos tuyos de la universidad, las parejas y los vecinos nosquedamos quietos y perplejos presenciando esa reunión, una fiesta llenade amor y de fraternidad.
Martina y yo, dosmujeres ya viejas y feas, como dos ancianas esperando sólo la muerte,sorpresivamente nos encontramos, igual que los otros, en la mitad deese pequeño carnaval.
Las mujeres y hombres tenían unosdientes hermosos color nieve, una piel canela y cabellos oscuros comolas noches del invierno, sus músculos tenían una simetría excelente,pequeños cuerpos en volumen pero de una definición muscular sin igual. Algunos tenían una personalidad, una alegría y dinamismo como el aguaen nuestros riachuelos cuando baja las montañas en la primavera. Martina y yo fascinadas con esas risas melodiosas mirábamos todo.
Allínos ofrecieron vino y con todo el respeto del mundo nos invitaron abailar; sí, a compartir con ellos la alegría. Martina bailaba. Yotambién extasiada miraba cómo ellos bailaban conmigo sin importarles milentitud, mi torpeza al llevar el ritmo, mis arrugas de mujer vieja yfea. Todos nos aplaudían sin parar; esta gente desconocida por nosotrosúnicamente quería que Martina y yo, como seres, disfrutáramos la vida yla alegría creada por estos músicos que vinieron al festival.
¡Hubierasvisto a Martina bailando! Cómo se reía, ¡parecía una loca! Igual a esagente, a esas mujeres y hombres locos del parque llamados injustamenteasí por nosotros los suizos.
Qué ternura nacía en las miradas de sus hijos, en los melancólicos ojos y en sus risas apacibles.
Freddy, mi amor, espero comprendas, ahora por qué estoy tan contenta y¡por qué decidí tomarme unos vinos de más! Simplemente compartí conesos locos la fiesta, que en ese parque de Ginebra comenzamos a llamarla Fiesta de los Inocentes.
Te preguntarás... ¡escúchame amor! ¡escúchame! ¿te preguntarás cómo llegué a casa?
Te lo diré:
Cuando me sentí ya cansada de reír y bailar y, de oír tantos aplausos,como nunca antes en mi vida los había recibido con tanta espontaneidady simpatía, le dije a unas mujeres llamadas Pilar Torres, la MechasOtoya y María Teresa, que, a propósito, me dijeron que trabajaban comocientíficas investigadoras en un centro agrícola del Cañaduzal, queMartina y yo queríamos regresar a casa.
Al instante, seisparejas de los latinoamericanos ahí presentes, en forma alegre y aúndisfrutando con la música, nos acompañaron despacio a casa.
Las mujeres charlábamos y nos reíamos, los hombres hablaban con losniños. Ellas, las mujeres jóvenes, hacían muchas preguntas de nuestrossistemas políticos, sociales, económicos y de mi relación personalcontigo; eran muchas preguntas sin pena, ni amargura, como si hubieraen ellas una insaciable sed de conocimiento.
Al rato, caminandoen medio de todas estas conversaciones, no sé por qué y a estas horasde mi vida como mujer, a mis setenta y cinco años, en forma totalempecé a sentir en todo mi cuerpo unas ganas y deseos inaguantables deestar junto a ti.
Sí, mi amor, Freddy, mi tesoro, sentía unosdeseos irreprimibles de tocarte y sentirte junto a mí y que no tenía enmuchos, muchos años.
Me sentía una adolescente, con deseoshúmedos y ardorosa pasión. Quería que me tocaras, que me besaras, comoen aquellos años ya lejanos e inalcanzables para los dos, aquellos díasen que ¡me jurabas amor eterno! Cuando éramos jóvenes y bellos, cuandoéramos sólo los dos.
Quería que nuevamente te olvidaras detodo aquello que existe en el mundo, ser el Eje del Universo y volver aescuchar cuando tú me decías que yo era toda tu gloria.
Alllegar a nuestra casa, acompañada de todo este grupo y subiendo lasescaleras como podía, sentí otra vez nervios y pánico de lo que habíapensado y deseado en el camino, no pude contener mi nerviosas risas aldarme cuenta y aceptar que estaba húmeda en mi cuerpo, a mi edad y¡después de tantos largos años!
Más ganas me entraron deacariciar tu ser, de contar nuestras costillas marcadas por las huellasdel tiempo, de sentir mis flacas y fláccidas piernas, tocar y palpar tuvencido pecho, tus hombros ya cansados, tu inflexible espalda.
Quería y ahora quiero, que toques todo mi cuerpo, mis arrugas en barroseco por donde pasaron los alegres y esquivos riachuelos, las profundasgrietas de mi piel, como si fueran hoy alegres acordeones tropicales.
Que muy lento y con todo nuestro tiempo, me beses toda. Sí, quiero que me beses suave, dulcemente.
Que acaricies mis largos y descolgados senos con sus tristes ymarchitos pezones, como si fueran ellos esta noche y ahora dos fértilesoasis en un árido desierto, donde se alimentó la belleza de nuestroshijos.
Quería que juntos esta noche, tú y yo, nos llenáramos íntegros de amor en un triste mundo moderno donde éste ya no existe.
Y así los dos en uno...
-Sí mi amor, ¡los dos!, ¡sólo los dos!
-Y, en un interminable beso fuéramos felices una vez más al final de la noche...
Elex juez ojizarco, igual, al juez que bailaba anoche endemoniado lalambada con la mulata brasilera, en el Parque de la Esperanza, selevantó con alegría y nos dijo después de servir más Café de laColombie:
-Espero que ustedes comprendan el porqué estoy tancansado, y soltó una carcajada de loco, igual a la de su querida esposaCharlotte la noche anterior.
Yo reí maravillado. Pierre sin másalternativa, lo hizo igualmente. El director de esta oficina, otra vezy con una sonrisa de admiración dijo:
-¡Qué locos tan alegres son ustedes los latinoamericanos!
Pensé unos segundos y le respondí tranquilamente:
-Sí señor juez, tiene toda la razón, pero esa es, quizás, la únicaalternativa o medio de sobrevivir que nos dejan los sistemas económicosimpuestos por nuestros políticos; algunos de nosotros llegamos a ser,después de muchas hambres y súplicas, Locos-Geniales; los demás, sólologramos convertirnos en ¡locos de mierda! Todos ¡soltamos una sonora carcajada!
Conel último Café de la Colombie, disfrutamos otra vez los chocolatinessuizos, comentamos todo lo vivido en el tribunal, el elefante, el circode la corrupción con sus enanitos, los cuarenta payasos ladrones con sumezquino domador y la sensacional fiesta, que creó dramas y pasionesamorosas como la historia de este hombre.
Al salir los tresde la oficina, unas personas amables me preguntaron qué había pasadocon mi mula Policarpa y mi perra Tamara. Con una sonrisa y mi mayorgratitud respondí que gracias a la Sociedad Protectora de Animales y alos deseos altruistas de sus activistas, sublimados en ayudar, como erael hecho de haber enviado a mis amados animales a mi país de origen, yono tendría ninguna preocupación por ellos y por lo mismo, estabaaltamente agradecido.
Firmé unos autógrafos y me despedí del ex juez, intercambiamos direcciones con promesa de enviarnos algunas postales.
ConPierre y otros policías, nos dirigimos a la sala de espera. En variasoportunidades, fuimos interrumpidos por personas y niños, que con todacuriosidad, venían a pedir autógrafos, a saludar o cambiar palabrasconmigo. Querían tener la firma, las risas y alegrías de la fiesta parael futuro ¡en un caso de emergencia extrema!
Un niño, vino conun balón de fútbol, creía en su ingenuidad que yo era un famosofutbolista. Su madre en la distancia gritó en alemán, pensando así queyo no comprendería:
-¡Carsen!, ¿Qué haces? ¡Deja ese loco! Esees el loco que salió ayer en la televisión con una mula hambrienta yuna perra pulgosa en el tribunal, ¿No recuerdas?
El niño intrigado ycon su mirada trató de encontrar una respuesta en mí, a lo dicho por sumadre. Yo, picándole el ojo, lo miré como la mula arisca y fiel, y lemandé el mensaje, de los dos tipos de locos que existen en el mundo.¿Qué sería de este mundo sin los artistas y sin los locos esos?
Alpasar por la aduana, algunos funcionarios me miraron con sonrisaspecadoras, luego entregué mi pasaporte verde, aquel bien conocido en elmundo, a una desconfiada oficial de migración, joven y bella, que tomómi pasaporte, miró la foto y me miró. No pudo esconder una sonrisa alreconocer quién era ese personaje frente a ella; sonó el teléfono de supuesto de control, y al voltearse toda coqueta a contestarlo, dejóescapar un gesto corto y un gemido ¡Ay, ay! de dolor intenso.
Ella,con su gesto, aceptó ante Pierre y los que me escoltaban, que le dolíatodo el cuerpo, desde la cabeza hasta las uñas; que tenía un dolor quedulcemente la atormentaba ¡por delante y por detrás! todo causado conintenso placer en la noche anterior, inmediatamente después de laFiesta de Los Inocentes, cuando Ginebra por primera vez ¡se alzó labata!
La bella mujer recordó en ese instante el hombre aquel queconoció en el coro de música sacra en la iglesia luterana y que eradescendiente de Otón. El primero que la besaba y acariciaba de esaforma loca y tan ardiente, que la hizo pensar varias veces que esteexótico elemento era muy singular, ya que al besarla largamente en suselva rubia y peluda, la hizo pensar que este hombre pudiera respirar¡por las orejas!
-Era el único, ¡divino! ¡Qué hombre aquél!- dijo con sus mirada.
Tímidamente,apenas le pregunté mientras ella miraba profesionalmente las hojas delpasaporte y verificaba en el computador la información con lascentrales de inteligencia:
-Perdone “señorita”, ¿está usted muy adolorida?
Ella,con mirada y sonrisa llena de complicidad erótica y con un suspiro queal soltarlo, casi me permite sentir también los orgasmos de la nochepasada, me entregó el pasaporte verde.
Estaba a un paso ya demontar en el avión, puse mi morral en el piso, me aseguré tocando en elbolsillo, el dinero prestado por los suizos, miré a los alrededores ytendí la mano a Charbonell; nos deseamos suerte.
Me tocó también decir adiós a los otros policías, éstos con uniforme, que me escoltaban hasta la puerta del avión.
Caminéel pasillo metálico y saludé a la bella azafata, luego ¡casi medesmayo! allí estaban los malnacidos gringos con sus cámaras filmandomi entrada al avión. Por un segundo quise preguntarles por miscarguitas de café y el racimito de bananas, pero me guardé las ganasesperando en el futuro una oportunidad más apropiada, ¡Ya verán!
Mesenté por primera vez en la vida en primera clase. Al hacerlo, loshombres comenzaron a toser y ajustarse el nudo de sus corbatas, sepusieron morados por la impaciencia de tenerme a su lado y reconocerme;miraban acelerados los relojes.
Me observaban sospechoso.
Al sentarme, noté fascinado que no tocaba el piso del avión, ya que elasiento tan grandote, donde estaba sentado, no me lo permitía. Con mispies inquietos en el aire me concentré, respiré profundo y pedí un finowhisky doble, igual al que tomaban los otros; me lo tomé de un sólogolpe.
Ellos extrañados me miraron.
Sin importarme,me acomodé por fin en el asiento y pedí el otro; este lo tomé muylentamente, igual que los demás personajes que estaban a mi lado.
Mientrasme quedaba dormido fui dejando todo lo vivido en Ginebra, en mí llevabael conocimiento de una fantástica e inolvidable experiencia de esteviaje que cambiaría el resto de mis días por vivir.
En París todo fue normal, sin problema alguno.
Esa ciudad la conocía bien, su gente, su historia, todo me era familiar.
Tranquilamentetomé un taxi y con el argelino que lo conducía supe de la cantidadcalculada de un millón de conejos que viven dentro del aeropuerto en sus zonas verdes y jardines reproduciéndose velozmente y cruzandoa toda hora la pista de aterrizaje. ¡Con la que se alimentaría todo unpequeño pueblo en Argelia!, según el gentil conductor.
Escogí unpequeño hotel cerca del metro Odeón, que es el barrio donde pasé losaños de juventud cuando era estudiante y así no molestar a mis amigosque me habían ofrecido su posada.
Dentro del cómodo y tranquilohotel de la calle Monsieur Le Prince, una calle pequeñita con elMorván, el Mónaco y el Dantón, en la esquina del Boulevard SaintGermain, los cafés donde me reunía siempre con los conocidos. Me metíen la ducha y luego dormí delicioso, quizás cómo jamás lo había hecho.
Desperté ya en la noche, llamé feliz a mi esposa en Montreal y le conté todo.
-¡Ya sabía! -contestó despreocupada- Lo vi en las noticias de la TV. Esas cosas sólo te pasan a ti. ¡Cuídate!
Fue todo lo que dijo.
Nosenviamos besos por el teléfono, le avisé que al día siguiente llegaríaa las siete de la noche, hora del Canadá. Colgué el teléfono, miré lahabitación, encaleté bien el dinero y con un poco en mi bolsillo, salía caminar. Fui al Danton, como muchísimas veces lo hice en el pasado.Parado en la barra me tomé un vino, un Balon Rouge, luego salí y empecéa caminar tranquilo hacia el Odeón sintiéndome el tan buscado por loscientíficos holandeses y tan esperado en las plazas y mercados delmundo, un tulipán negro.
Ya de esta forma, el tulipán negro caminó muchas horas... Se perdió en las sombras y la oscuridad de las calles de París.
Esperaba con la aurora un nuevo amanecer en mi vida y la de todos aquellos que lean este relato.
Canadáme esperaba con su ilimitada soledad y vientos nórdicos, inmensamenteiguales en tamaño a la extensión del territorio y al duro fríoanunciando el otoño.
Mi esposa, mis pocos amigoslatinoamericanos en esta ciudad y uno que otro anglosajón, escucharontodo el relato de lo sucedido en la Suiza.
Feliz de estar encompañía de mi bella mujer me incorporé a la rutina de levantarme,hacer el desayuno para los dos y luego caminar unos veinte minutos enmedio de prados y jardines muy lindos con los manzanos a mano derecha,entrar al mismo edificio donde había estado haciendo mi maestría enSociología, saludar a la anciana recepcionista, avanzar por los mismoscorredores donde durante los tiempos pasados únicamente escuché “Goodmorning”, “Hello”, “Good morning”, “Hello” en las mismas voces y lasmismas caras y en algunas oportunidades con expresión diferente en elrostro, dependiendo a quien fueron dirigidos los papeles o documentosque nerviosamente llevaban en sus manos y con afanes y angustiasproporcionales a la jerarquía de los hombres que esperaban los papeleso documentos.
Fuera del contacto limitado con el profesorencargado de mi tesis y de algunos colegas, donde nuestrasconversaciones se limitaban estrictamente al plano académico, mi vida oel interactuar socialmente con otra gente era mínimo.
Estandoen esta vida académica y feliz al lado de mi esposa, con el únicoobjetivo de terminar mis estudios, un día al final del mes de noviembreme dirigí al lugar del correo, abrí la casilla y encontré una carta consello de entrega inmediata, que resultó ser una verdadera sorpresa.
Volvía sentir cosas que en una ocasión me causaron tristeza y mucho dolor.Con cuidado observé la estampilla y supe de dónde venía, me asusté ysalí rápido del edificio.
En los jardines busqué una banca y mesenté a leer la carta, la abrí cuidadosamente con el filo delcuchillito de la navajita suiza, la leí y sentí terror de la historianarrada en ella, ¡era imposible!
No me cabía en la imaginaciónque fuera verdad todo aquello contado en esa carta; al instante salítrotando por los prados verdes con sus manzanos. Llegué al bloque deedificios para estudiantes extranjeros y casados, abrí la puerta de miapartamento, saludé a mi esposa y corrí a la cocina y me serví unrefresco, me senté, respiré profundo y volví a leer el mensaje de lacarta.
Mi esposa, preocupada me preguntó: -¿Cato, qué te pasa?
-No le contesté. Guardé silencio. Ella lo aceptó.
Sí, mi amiga Catalina Limberg, quedé tan impresionado con la carta que te la adjunto para que la leas lentamente:
Continua...
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Reservados Todos los Derechos de Autor ante CIPO Y WIPO
Carlos Echeverry Ramírez (Colombia)
fitofeliz@hotmail.com
www.carlosecheverryramirez.org
ISBN: 0-9683701-01
Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO y WIPO
Fragmento (18)
Escrito en toronto el 28 de diciembre del año 1996
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En la privacidad de la oficina y con atmósfera relajada, el hombre dijo:
-Jóvenes, usted señor Cato, les quiero comentar lo siguiente:
“Hoy mi cansancio es mayor que en muchos años anteriores y muchísimo más que cuando estuve en la guerra”.
Anoche estando acostado tranquilo, quizás como siempre, después que miesposa Charlotte se fue a acompañar a Martina y su fiel perro, a lacaminata habitual, hora en que el can hace sus necesidades y Martinarecoge en bolsa plástica la mierda, yo me quedé leyendo tranquilo,acompañado de un Cherry semiseco y las melodías del violonchelo dePablo Casals. Cansado, por el duro trabajo del día anterior, dejé ellibro sobre la mesa, fui a mi habitación y al entrar en ella puse eltermostato en dieciocho grados, desnudo me metí debajo de las cobijas;allí en la comodidad de la cama y después de poner mi postiza dentaduraen su medio adecuado y colocar mis anteojos encima de la pequeña mesade noche, apagué la luz de la lámpara de leer y dormí sin problema.
Nosé cuántas horas habían pasado, cuando en el silencio y oscuridad de lanoche escuché ruidos muy extraños al exterior de la alcoba, exactamenteen las escaleras; eran unas risas escandalosas y palabras desconocidaspor mí. Yo, un hombre que habla el latín, me asusté y sorprendido mesenté a esperar el fin de lo que escuchaba, sin tratar de hacer juicioalguno.
Consciente estaba de que Charlotte, mi querida esposa,no había llegado, ya que varias veces toqué el lado de la cama dondeduerme y no la encontré, lo cual me causó mucha angustia; así, lentamente, los sonidos terminaron de subir las escaleras y finalmenteentraron en la habitación...
Observé, cauto y desconfiado,entrar una sombra amorfa, un bulto grande moviéndose con dificultad;con mis cansados ojos de anciano no podía tampoco distinguir qué era,sólo escuchaba las risotadas escandalosas, las palabras enredadas y unfuerte y marcado olor a alcohol.
Nervioso, dudé de mis actos ypensamientos, creí momentáneamente que era una mujer de vida alegre ynumerosos clientes que se había equivocado de casa y aposento; comopude, a tientas de ciego y en la negrura de la noche busqué mis gafas,para poder prender la pequeña lámpara. Después de hacerlo y para migran sorpresa encontré a ¡Charlotte!
Sin creerlo ni aceptar, laencontré tirada al extremo de la cama, ¡Mon Dieu! ¡mi esposa! ¡Labióloga!, la directora por treinta años del famoso coro de música sacraen la conocida iglesia luterana de Ginebra, la mujer maravillosa,¡Quelle horror!, la madre de mis cuatro hijos estaba ahí, tirada alextremo de la cama, ¡completamente borracha! hablando en un idiomaincomprensible, riéndose y actuando, como nunca antes en nuestraapacible vida y después de cuarenta años de casados, a estas horas denuestro matrimonio y en el cenit de nuestras vidas.
Traté deencontrar la causa de este inusual estado en ella, después de tantosaños compartidos, desde aquellos en los que yo iba o ella venía alpequeño jardín al frente de la facultad a esperar que terminarannuestras labores académicas en la universidad. No supe qué pensar.
Estimados señores, y usted señor Cato, no sé qué decirles o cómo expresar lo que sentí en ese momento.
Recuerdoque tuve un inmenso vacío, una ahogadora tristeza, solté una irónicarisa, un débil entusiasmo y una rabia pasajera, y también todo aquelloque puede un hombre de mis conocimientos y jerarquía experimentar, enesos segundos al ver a su querida esposa en esas lamentables, terriblese inaceptables condiciones. Horrorizado de ver a mi Charlotte en esasituación, con voz angustiada, sintiendo una punzada fortísima en midébil corazón y dolor en mi brazo izquierdo, le pregunté:
-Charlotte, mon amour, mon Dieu, ¿Qué te han hecho?
Atónito y horrorizado, la observaba.
Ellapoco a poco organizó sus desvariados pensamientos en medio de risasdesconocidas, con ternura abrasadora y en una voz jamás escuchada entodos nuestros largos años de nuestra feliz relación, me dijo:
-”Freddy,mi amor, ¡mi tesoro!, ¿Recuerdas anoche cuando vino Martina con superro a que la acompañara a caminar?... Muy bien, las dos nos fuimosconversando, mientras el can buscaba un lugar verde dónde hacer susnecesidades. Conversábamos de muchas cosas, de ti, de Teodoro; charlábamos acerca de nuestros hijos, de sus alegrías y frustraciones,de las duras dificultades que enfrentan aún con todos sus títulosacadémicos para encontrar un trabajo estable y bien remunerado;dialogábamos de nuestras cosas de mujeres y que muchas veces o casisiempre son muy diferentes a las que los hombres hablan entre ellos;analizábamos también con impaciencia lo poco que podemos hacer o que senos permite por ustedes para mejorar el mundo; tristementecomprendíamos lo mínimo que es aceptado y con escasa alegría recibidopor los hombres para hacer más solidario el bien común. Caminando lasdos solas, apartábamos con nuestros bastones las hojas caídas, queanuncian el fin del verano, acompañadas mentalmente, por aquello quehemos creado, es decir nuestros hijos. Martina iba muy preocupada y yo,meditabunda, llevaba en mí algo que no te he dicho en los últimos años:sentía una creciente ansiedad de ver lo trágico que sucede en el mundofuera de nuestros vecinos, en otros países y regiones. Llevabatristeza y frustración, de ver lo poco que puedo hacer para cambiar loque escucho en todos los lugares que tú, como hombre, no frecuentas, noescuchas, no entiendes, no quieres aceptar ni escuchar y que quizásjamás comprenderás.
Martinay yo sorpresivamente, escuchamos a lo lejos, en el Parque de laEsperanza, unos rumores de tambores como africanos, unas guitarras,unas trompetas, flautas, lutes de Persia, bandoneones, maracas de SurAmérica, acordeones, trompetas, tiples, guitarrones y unos violinesgitanos de Hungría y Rumania. Nosotras, como bien tú sabes, somoscuriosas y dueñas de una intuición, que ustedes no tienen; ansiosasapresuramos el paso y fuimos a ver qué era esa música tan bella, esasmelodías con una sensualidad envolvente que ahora escuchábamos en elmismo parque al que íbamos tú y yo, cuando éramos jóvenes y nossentábamos a conversar del futuro, de nuestros sueños e ilusiones.¿Recuerdas mi amor, mi tesoro?
¡Freddy, escúchame! ¡Escúchame!
Alllegar al parque, Freddy, mi amor, encontramos unas mujeres y hombresextranjeros de pelo azabache con ropas llenas de colores, con todos susniños cantando al son de la música y bailando en una armonía, en unágape que jamás yo había presenciado en Europa.
Fuera denosotras, estaban muchas parejas conocidas, había varios ex colegas yex alumnos tuyos de la universidad, las parejas y los vecinos nosquedamos quietos y perplejos presenciando esa reunión, una fiesta llenade amor y de fraternidad.
Martina y yo, dosmujeres ya viejas y feas, como dos ancianas esperando sólo la muerte,sorpresivamente nos encontramos, igual que los otros, en la mitad deese pequeño carnaval.
Las mujeres y hombres tenían unosdientes hermosos color nieve, una piel canela y cabellos oscuros comolas noches del invierno, sus músculos tenían una simetría excelente,pequeños cuerpos en volumen pero de una definición muscular sin igual. Algunos tenían una personalidad, una alegría y dinamismo como el aguaen nuestros riachuelos cuando baja las montañas en la primavera. Martina y yo fascinadas con esas risas melodiosas mirábamos todo.
Allínos ofrecieron vino y con todo el respeto del mundo nos invitaron abailar; sí, a compartir con ellos la alegría. Martina bailaba. Yotambién extasiada miraba cómo ellos bailaban conmigo sin importarles milentitud, mi torpeza al llevar el ritmo, mis arrugas de mujer vieja yfea. Todos nos aplaudían sin parar; esta gente desconocida por nosotrosúnicamente quería que Martina y yo, como seres, disfrutáramos la vida yla alegría creada por estos músicos que vinieron al festival.
¡Hubierasvisto a Martina bailando! Cómo se reía, ¡parecía una loca! Igual a esagente, a esas mujeres y hombres locos del parque llamados injustamenteasí por nosotros los suizos.
Qué ternura nacía en las miradas de sus hijos, en los melancólicos ojos y en sus risas apacibles.
Freddy, mi amor, espero comprendas, ahora por qué estoy tan contenta y¡por qué decidí tomarme unos vinos de más! Simplemente compartí conesos locos la fiesta, que en ese parque de Ginebra comenzamos a llamarla Fiesta de los Inocentes.
Te preguntarás... ¡escúchame amor! ¡escúchame! ¿te preguntarás cómo llegué a casa?
Te lo diré:
Cuando me sentí ya cansada de reír y bailar y, de oír tantos aplausos,como nunca antes en mi vida los había recibido con tanta espontaneidady simpatía, le dije a unas mujeres llamadas Pilar Torres, la MechasOtoya y María Teresa, que, a propósito, me dijeron que trabajaban comocientíficas investigadoras en un centro agrícola del Cañaduzal, queMartina y yo queríamos regresar a casa.
Al instante, seisparejas de los latinoamericanos ahí presentes, en forma alegre y aúndisfrutando con la música, nos acompañaron despacio a casa.
Las mujeres charlábamos y nos reíamos, los hombres hablaban con losniños. Ellas, las mujeres jóvenes, hacían muchas preguntas de nuestrossistemas políticos, sociales, económicos y de mi relación personalcontigo; eran muchas preguntas sin pena, ni amargura, como si hubieraen ellas una insaciable sed de conocimiento.
Al rato, caminandoen medio de todas estas conversaciones, no sé por qué y a estas horasde mi vida como mujer, a mis setenta y cinco años, en forma totalempecé a sentir en todo mi cuerpo unas ganas y deseos inaguantables deestar junto a ti.
Sí, mi amor, Freddy, mi tesoro, sentía unosdeseos irreprimibles de tocarte y sentirte junto a mí y que no tenía enmuchos, muchos años.
Me sentía una adolescente, con deseoshúmedos y ardorosa pasión. Quería que me tocaras, que me besaras, comoen aquellos años ya lejanos e inalcanzables para los dos, aquellos díasen que ¡me jurabas amor eterno! Cuando éramos jóvenes y bellos, cuandoéramos sólo los dos.
Quería que nuevamente te olvidaras detodo aquello que existe en el mundo, ser el Eje del Universo y volver aescuchar cuando tú me decías que yo era toda tu gloria.
Alllegar a nuestra casa, acompañada de todo este grupo y subiendo lasescaleras como podía, sentí otra vez nervios y pánico de lo que habíapensado y deseado en el camino, no pude contener mi nerviosas risas aldarme cuenta y aceptar que estaba húmeda en mi cuerpo, a mi edad y¡después de tantos largos años!
Más ganas me entraron deacariciar tu ser, de contar nuestras costillas marcadas por las huellasdel tiempo, de sentir mis flacas y fláccidas piernas, tocar y palpar tuvencido pecho, tus hombros ya cansados, tu inflexible espalda.
Quería y ahora quiero, que toques todo mi cuerpo, mis arrugas en barroseco por donde pasaron los alegres y esquivos riachuelos, las profundasgrietas de mi piel, como si fueran hoy alegres acordeones tropicales.
Que muy lento y con todo nuestro tiempo, me beses toda. Sí, quiero que me beses suave, dulcemente.
Que acaricies mis largos y descolgados senos con sus tristes ymarchitos pezones, como si fueran ellos esta noche y ahora dos fértilesoasis en un árido desierto, donde se alimentó la belleza de nuestroshijos.
Quería que juntos esta noche, tú y yo, nos llenáramos íntegros de amor en un triste mundo moderno donde éste ya no existe.
Y así los dos en uno...
-Sí mi amor, ¡los dos!, ¡sólo los dos!
-Y, en un interminable beso fuéramos felices una vez más al final de la noche...
Elex juez ojizarco, igual, al juez que bailaba anoche endemoniado lalambada con la mulata brasilera, en el Parque de la Esperanza, selevantó con alegría y nos dijo después de servir más Café de laColombie:
-Espero que ustedes comprendan el porqué estoy tancansado, y soltó una carcajada de loco, igual a la de su querida esposaCharlotte la noche anterior.
Yo reí maravillado. Pierre sin másalternativa, lo hizo igualmente. El director de esta oficina, otra vezy con una sonrisa de admiración dijo:
-¡Qué locos tan alegres son ustedes los latinoamericanos!
Pensé unos segundos y le respondí tranquilamente:
-Sí señor juez, tiene toda la razón, pero esa es, quizás, la únicaalternativa o medio de sobrevivir que nos dejan los sistemas económicosimpuestos por nuestros políticos; algunos de nosotros llegamos a ser,después de muchas hambres y súplicas, Locos-Geniales; los demás, sólologramos convertirnos en ¡locos de mierda! Todos ¡soltamos una sonora carcajada!
Conel último Café de la Colombie, disfrutamos otra vez los chocolatinessuizos, comentamos todo lo vivido en el tribunal, el elefante, el circode la corrupción con sus enanitos, los cuarenta payasos ladrones con sumezquino domador y la sensacional fiesta, que creó dramas y pasionesamorosas como la historia de este hombre.
Al salir los tresde la oficina, unas personas amables me preguntaron qué había pasadocon mi mula Policarpa y mi perra Tamara. Con una sonrisa y mi mayorgratitud respondí que gracias a la Sociedad Protectora de Animales y alos deseos altruistas de sus activistas, sublimados en ayudar, como erael hecho de haber enviado a mis amados animales a mi país de origen, yono tendría ninguna preocupación por ellos y por lo mismo, estabaaltamente agradecido.
Firmé unos autógrafos y me despedí del ex juez, intercambiamos direcciones con promesa de enviarnos algunas postales.
ConPierre y otros policías, nos dirigimos a la sala de espera. En variasoportunidades, fuimos interrumpidos por personas y niños, que con todacuriosidad, venían a pedir autógrafos, a saludar o cambiar palabrasconmigo. Querían tener la firma, las risas y alegrías de la fiesta parael futuro ¡en un caso de emergencia extrema!
Un niño, vino conun balón de fútbol, creía en su ingenuidad que yo era un famosofutbolista. Su madre en la distancia gritó en alemán, pensando así queyo no comprendería:
-¡Carsen!, ¿Qué haces? ¡Deja ese loco! Esees el loco que salió ayer en la televisión con una mula hambrienta yuna perra pulgosa en el tribunal, ¿No recuerdas?
El niño intrigado ycon su mirada trató de encontrar una respuesta en mí, a lo dicho por sumadre. Yo, picándole el ojo, lo miré como la mula arisca y fiel, y lemandé el mensaje, de los dos tipos de locos que existen en el mundo.¿Qué sería de este mundo sin los artistas y sin los locos esos?
Alpasar por la aduana, algunos funcionarios me miraron con sonrisaspecadoras, luego entregué mi pasaporte verde, aquel bien conocido en elmundo, a una desconfiada oficial de migración, joven y bella, que tomómi pasaporte, miró la foto y me miró. No pudo esconder una sonrisa alreconocer quién era ese personaje frente a ella; sonó el teléfono de supuesto de control, y al voltearse toda coqueta a contestarlo, dejóescapar un gesto corto y un gemido ¡Ay, ay! de dolor intenso.
Ella,con su gesto, aceptó ante Pierre y los que me escoltaban, que le dolíatodo el cuerpo, desde la cabeza hasta las uñas; que tenía un dolor quedulcemente la atormentaba ¡por delante y por detrás! todo causado conintenso placer en la noche anterior, inmediatamente después de laFiesta de Los Inocentes, cuando Ginebra por primera vez ¡se alzó labata!
La bella mujer recordó en ese instante el hombre aquel queconoció en el coro de música sacra en la iglesia luterana y que eradescendiente de Otón. El primero que la besaba y acariciaba de esaforma loca y tan ardiente, que la hizo pensar varias veces que esteexótico elemento era muy singular, ya que al besarla largamente en suselva rubia y peluda, la hizo pensar que este hombre pudiera respirar¡por las orejas!
-Era el único, ¡divino! ¡Qué hombre aquél!- dijo con sus mirada.
Tímidamente,apenas le pregunté mientras ella miraba profesionalmente las hojas delpasaporte y verificaba en el computador la información con lascentrales de inteligencia:
-Perdone “señorita”, ¿está usted muy adolorida?
Ella,con mirada y sonrisa llena de complicidad erótica y con un suspiro queal soltarlo, casi me permite sentir también los orgasmos de la nochepasada, me entregó el pasaporte verde.
Estaba a un paso ya demontar en el avión, puse mi morral en el piso, me aseguré tocando en elbolsillo, el dinero prestado por los suizos, miré a los alrededores ytendí la mano a Charbonell; nos deseamos suerte.
Me tocó también decir adiós a los otros policías, éstos con uniforme, que me escoltaban hasta la puerta del avión.
Caminéel pasillo metálico y saludé a la bella azafata, luego ¡casi medesmayo! allí estaban los malnacidos gringos con sus cámaras filmandomi entrada al avión. Por un segundo quise preguntarles por miscarguitas de café y el racimito de bananas, pero me guardé las ganasesperando en el futuro una oportunidad más apropiada, ¡Ya verán!
Mesenté por primera vez en la vida en primera clase. Al hacerlo, loshombres comenzaron a toser y ajustarse el nudo de sus corbatas, sepusieron morados por la impaciencia de tenerme a su lado y reconocerme;miraban acelerados los relojes.
Me observaban sospechoso.
Al sentarme, noté fascinado que no tocaba el piso del avión, ya que elasiento tan grandote, donde estaba sentado, no me lo permitía. Con mispies inquietos en el aire me concentré, respiré profundo y pedí un finowhisky doble, igual al que tomaban los otros; me lo tomé de un sólogolpe.
Ellos extrañados me miraron.
Sin importarme,me acomodé por fin en el asiento y pedí el otro; este lo tomé muylentamente, igual que los demás personajes que estaban a mi lado.
Mientrasme quedaba dormido fui dejando todo lo vivido en Ginebra, en mí llevabael conocimiento de una fantástica e inolvidable experiencia de esteviaje que cambiaría el resto de mis días por vivir.
En París todo fue normal, sin problema alguno.
Esa ciudad la conocía bien, su gente, su historia, todo me era familiar.
Tranquilamentetomé un taxi y con el argelino que lo conducía supe de la cantidadcalculada de un millón de conejos que viven dentro del aeropuerto en sus zonas verdes y jardines reproduciéndose velozmente y cruzandoa toda hora la pista de aterrizaje. ¡Con la que se alimentaría todo unpequeño pueblo en Argelia!, según el gentil conductor.
Escogí unpequeño hotel cerca del metro Odeón, que es el barrio donde pasé losaños de juventud cuando era estudiante y así no molestar a mis amigosque me habían ofrecido su posada.
Dentro del cómodo y tranquilohotel de la calle Monsieur Le Prince, una calle pequeñita con elMorván, el Mónaco y el Dantón, en la esquina del Boulevard SaintGermain, los cafés donde me reunía siempre con los conocidos. Me metíen la ducha y luego dormí delicioso, quizás cómo jamás lo había hecho.
Desperté ya en la noche, llamé feliz a mi esposa en Montreal y le conté todo.
-¡Ya sabía! -contestó despreocupada- Lo vi en las noticias de la TV. Esas cosas sólo te pasan a ti. ¡Cuídate!
Fue todo lo que dijo.
Nosenviamos besos por el teléfono, le avisé que al día siguiente llegaríaa las siete de la noche, hora del Canadá. Colgué el teléfono, miré lahabitación, encaleté bien el dinero y con un poco en mi bolsillo, salía caminar. Fui al Danton, como muchísimas veces lo hice en el pasado.Parado en la barra me tomé un vino, un Balon Rouge, luego salí y empecéa caminar tranquilo hacia el Odeón sintiéndome el tan buscado por loscientíficos holandeses y tan esperado en las plazas y mercados delmundo, un tulipán negro.
Ya de esta forma, el tulipán negro caminó muchas horas... Se perdió en las sombras y la oscuridad de las calles de París.
Esperaba con la aurora un nuevo amanecer en mi vida y la de todos aquellos que lean este relato.
Canadáme esperaba con su ilimitada soledad y vientos nórdicos, inmensamenteiguales en tamaño a la extensión del territorio y al duro fríoanunciando el otoño.
Mi esposa, mis pocos amigoslatinoamericanos en esta ciudad y uno que otro anglosajón, escucharontodo el relato de lo sucedido en la Suiza.
Feliz de estar encompañía de mi bella mujer me incorporé a la rutina de levantarme,hacer el desayuno para los dos y luego caminar unos veinte minutos enmedio de prados y jardines muy lindos con los manzanos a mano derecha,entrar al mismo edificio donde había estado haciendo mi maestría enSociología, saludar a la anciana recepcionista, avanzar por los mismoscorredores donde durante los tiempos pasados únicamente escuché “Goodmorning”, “Hello”, “Good morning”, “Hello” en las mismas voces y lasmismas caras y en algunas oportunidades con expresión diferente en elrostro, dependiendo a quien fueron dirigidos los papeles o documentosque nerviosamente llevaban en sus manos y con afanes y angustiasproporcionales a la jerarquía de los hombres que esperaban los papeleso documentos.
Fuera del contacto limitado con el profesorencargado de mi tesis y de algunos colegas, donde nuestrasconversaciones se limitaban estrictamente al plano académico, mi vida oel interactuar socialmente con otra gente era mínimo.
Estandoen esta vida académica y feliz al lado de mi esposa, con el únicoobjetivo de terminar mis estudios, un día al final del mes de noviembreme dirigí al lugar del correo, abrí la casilla y encontré una carta consello de entrega inmediata, que resultó ser una verdadera sorpresa.
Volvía sentir cosas que en una ocasión me causaron tristeza y mucho dolor.Con cuidado observé la estampilla y supe de dónde venía, me asusté ysalí rápido del edificio.
En los jardines busqué una banca y mesenté a leer la carta, la abrí cuidadosamente con el filo delcuchillito de la navajita suiza, la leí y sentí terror de la historianarrada en ella, ¡era imposible!
No me cabía en la imaginaciónque fuera verdad todo aquello contado en esa carta; al instante salítrotando por los prados verdes con sus manzanos. Llegué al bloque deedificios para estudiantes extranjeros y casados, abrí la puerta de miapartamento, saludé a mi esposa y corrí a la cocina y me serví unrefresco, me senté, respiré profundo y volví a leer el mensaje de lacarta.
Mi esposa, preocupada me preguntó: -¿Cato, qué te pasa?
-No le contesté. Guardé silencio. Ella lo aceptó.
Sí, mi amiga Catalina Limberg, quedé tan impresionado con la carta que te la adjunto para que la leas lentamente:
Continua...
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Carlos Echeverry Ramírez (Colombia)
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