El último Viaje en venta en la Argentina en librocity.com, Librerías Santafe, Cúspide



Queridos amigos y lectores de diversos lugares del Mundo.

Les quiero mostrar la caratula usada en la Argentina por la Fundación y Editorial Ross de Rosario para el libro que ya se encuentra en las diferentes Librerías de Buenos Aires, Rosario y Cordoba para su compra.

Su valor es de $25 dolares USA con el correo certificado en incluido desde la argentina.

Un abrazo a todoas y todos.
Metta metta.
Carlos Echeverry Ramírez

En toronto a las 12 del día hoy lunes 12 de septiembre del 2011.
www.carlosecheverryramirez.org

Loa Ancianos--Fragmento(18) El último Viaje-Carlos Echevery Ramirez

Los ancianos-El último Viaje-Fragmento (18) Carlos Echeverry Ramírez

El último Viaje
ISBN: 0-9683701-01

Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO y WIPO
Fragmento (18)

Escrito en toronto el 28 de diciembre del año 1996
-----------------------------

En la privacidad de la oficina y con atmósfera relajada, el hombre dijo:

-Jóvenes, usted señor Cato, les quiero comentar lo siguiente:

 “Hoy mi cansancio es mayor que en muchos años anteriores y muchísimo más que cuando estuve en la guerra”.
 Anoche estando acostado tranquilo, quizás como siempre, después que miesposa Charlotte se fue a acompañar a Martina y su fiel perro, a lacaminata habitual, hora en que el can hace sus necesidades y Martinarecoge en bolsa plástica la mierda, yo me quedé leyendo tranquilo,acompañado de un Cherry semiseco y las melodías del violonchelo dePablo Casals.  Cansado, por el duro trabajo del día anterior, dejé ellibro sobre la mesa, fui a mi habitación y al entrar en ella puse eltermostato en dieciocho grados, desnudo me metí debajo de las cobijas;allí en la comodidad de la cama y después de poner mi postiza dentaduraen su medio adecuado y colocar mis anteojos encima de la pequeña mesade noche, apagué la luz de la lámpara de leer y dormí sin problema.
Nosé cuántas horas habían pasado, cuando en el silencio y oscuridad de lanoche escuché ruidos muy extraños al exterior de la alcoba, exactamenteen las escaleras; eran unas risas escandalosas y palabras desconocidaspor mí. Yo, un hombre que habla el latín, me asusté y sorprendido mesenté a esperar el fin de lo que escuchaba, sin tratar de hacer juicioalguno.

Consciente estaba de que Charlotte, mi querida esposa,no había llegado, ya que varias veces toqué el lado de la cama dondeduerme y no la encontré, lo cual me causó mucha angustia; así, lentamente, los sonidos terminaron de subir las escaleras y finalmenteentraron en la habitación...

Observé, cauto y desconfiado,entrar una sombra amorfa, un bulto grande moviéndose con dificultad;con mis cansados ojos de anciano no podía tampoco distinguir qué era,sólo escuchaba las risotadas escandalosas, las palabras enredadas y unfuerte y marcado olor a alcohol.

Nervioso, dudé de mis actos ypensamientos, creí momentáneamente que era una mujer de vida alegre ynumerosos clientes que se había equivocado de casa y aposento; comopude, a tientas de ciego y en la negrura de la noche busqué mis gafas,para poder prender la pequeña lámpara. Después de hacerlo y para migran sorpresa encontré a ¡Charlotte!

Sin creerlo ni aceptar, laencontré tirada al extremo de la cama, ¡Mon Dieu! ¡mi esposa! ¡Labióloga!, la directora por treinta años del famoso coro de música sacraen la conocida iglesia luterana de Ginebra, la mujer maravillosa,¡Quelle horror!, la madre de mis cuatro hijos estaba ahí, tirada alextremo de la cama, ¡completamente borracha! hablando en un idiomaincomprensible, riéndose y actuando, como nunca antes en nuestraapacible vida y después de cuarenta años de casados, a estas horas denuestro matrimonio y en el cenit de nuestras vidas.
Traté deencontrar la causa de este inusual estado en ella, después de tantosaños compartidos, desde aquellos en los que yo iba o ella venía alpequeño jardín al frente de la facultad a esperar que terminarannuestras labores académicas en la universidad. No supe qué pensar.

 Estimados señores, y usted señor Cato, no sé qué decirles o cómo expresar lo que sentí en ese momento.

Recuerdoque tuve un inmenso vacío, una ahogadora tristeza, solté una irónicarisa, un débil entusiasmo y una rabia pasajera, y también todo aquelloque puede un hombre de mis conocimientos y jerarquía experimentar, enesos segundos al ver a su querida esposa en esas lamentables, terriblese inaceptables condiciones. Horrorizado de ver a mi Charlotte en esasituación, con voz angustiada, sintiendo una punzada fortísima en midébil corazón y dolor en mi brazo izquierdo, le pregunté:
 
-Charlotte, mon amour, mon Dieu, ¿Qué te han hecho?
Atónito y horrorizado, la observaba.

 Ellapoco a poco organizó sus desvariados pensamientos en medio de risasdesconocidas, con ternura abrasadora y en una voz jamás escuchada entodos nuestros largos años de nuestra feliz relación, me dijo:

 -”Freddy,mi amor, ¡mi tesoro!, ¿Recuerdas anoche cuando vino Martina con superro a que la acompañara a caminar?...  Muy bien, las dos nos fuimosconversando, mientras el can buscaba un lugar verde dónde hacer susnecesidades. Conversábamos  de muchas cosas, de ti, de Teodoro; charlábamos acerca de nuestros hijos, de sus alegrías y frustraciones,de las duras dificultades que enfrentan aún con todos sus títulosacadémicos para encontrar un trabajo estable y bien remunerado;dialogábamos de nuestras cosas de mujeres y que muchas veces o casisiempre son muy diferentes a las que los hombres hablan entre ellos;analizábamos también con impaciencia lo poco que podemos hacer o que senos permite por ustedes para mejorar el mundo; tristementecomprendíamos lo mínimo que es aceptado y con escasa alegría recibidopor los hombres para hacer más solidario el bien común. Caminando lasdos solas, apartábamos con nuestros bastones las hojas caídas, queanuncian el fin del verano, acompañadas mentalmente, por aquello quehemos creado, es decir nuestros hijos. Martina iba muy preocupada y yo,meditabunda, llevaba en mí algo que no te he dicho en los últimos años:sentía una creciente ansiedad de ver lo trágico que sucede en el mundofuera de nuestros vecinos, en otros países y regiones.  Llevabatristeza y frustración, de ver lo poco que puedo hacer para cambiar loque escucho en todos los lugares que tú, como hombre, no frecuentas, noescuchas, no entiendes, no quieres aceptar ni escuchar y que quizásjamás comprenderás.
 
Martinay yo sorpresivamente, escuchamos a lo lejos, en el Parque de laEsperanza, unos rumores de tambores como africanos, unas guitarras,unas trompetas, flautas, lutes de Persia, bandoneones, maracas de SurAmérica, acordeones, trompetas, tiples, guitarrones y unos violinesgitanos de Hungría y Rumania.  Nosotras, como bien tú sabes, somoscuriosas y  dueñas de una intuición, que ustedes no tienen; ansiosasapresuramos el paso y fuimos a ver qué era esa música tan bella, esasmelodías con una sensualidad envolvente que ahora escuchábamos en elmismo parque al que íbamos tú y yo, cuando éramos jóvenes y nossentábamos a conversar del futuro, de nuestros sueños e ilusiones.¿Recuerdas mi amor, mi tesoro?
 
       ¡Freddy, escúchame! ¡Escúchame!
 
Alllegar al parque, Freddy, mi amor, encontramos unas mujeres y hombresextranjeros de pelo azabache con ropas llenas de colores, con todos susniños cantando al son de la música y bailando en una armonía, en unágape que jamás yo había presenciado en Europa.
 
Fuera denosotras, estaban muchas parejas conocidas, había varios ex colegas yex alumnos tuyos de la universidad, las parejas y los vecinos nosquedamos quietos y perplejos presenciando esa reunión, una fiesta llenade amor y de fraternidad.
 
Martina y yo, dosmujeres ya viejas y feas, como dos ancianas esperando sólo la muerte,sorpresivamente nos encontramos, igual que los otros, en la mitad deese pequeño carnaval. 

Las mujeres y hombres tenían unosdientes hermosos color nieve, una piel canela y cabellos oscuros comolas noches del invierno, sus músculos tenían una simetría excelente,pequeños cuerpos en volumen pero de una definición muscular sin igual. Algunos tenían una personalidad, una alegría y dinamismo como el aguaen nuestros riachuelos cuando baja las montañas en la primavera. Martina y yo fascinadas con esas risas melodiosas mirábamos todo.
 
Allínos ofrecieron vino y con todo el respeto del mundo nos invitaron abailar; sí, a compartir con ellos la alegría.  Martina bailaba. Yotambién extasiada miraba cómo ellos bailaban conmigo sin importarles milentitud, mi torpeza al llevar el ritmo, mis arrugas de mujer vieja yfea. Todos nos aplaudían sin parar; esta gente desconocida por nosotrosúnicamente quería que Martina y yo, como seres, disfrutáramos la vida yla alegría creada por estos músicos que vinieron al festival.
 
¡Hubierasvisto a Martina bailando! Cómo se reía, ¡parecía una loca! Igual a esagente, a esas mujeres y hombres locos del parque llamados injustamenteasí por nosotros los suizos. 

 Qué ternura nacía en las miradas de sus hijos, en los melancólicos ojos y en sus risas apacibles.
 
    Freddy, mi amor, espero comprendas, ahora por qué estoy tan contenta y¡por qué decidí tomarme unos vinos de más!  Simplemente compartí conesos locos la fiesta, que en ese parque de Ginebra comenzamos a llamarla Fiesta de los Inocentes.
 
Te preguntarás... ¡escúchame amor! ¡escúchame! ¿te preguntarás cómo llegué a casa?
 Te lo diré:

  Cuando me sentí ya cansada de reír y bailar y, de oír tantos aplausos,como nunca antes en mi vida los había recibido con tanta espontaneidady simpatía, le dije a unas mujeres llamadas Pilar Torres, la MechasOtoya y María Teresa, que, a propósito, me dijeron que trabajaban comocientíficas investigadoras en un centro agrícola del Cañaduzal, queMartina y yo queríamos regresar a casa. 

Al instante, seisparejas de los latinoamericanos ahí presentes, en forma alegre y aúndisfrutando con la música, nos acompañaron despacio a casa.

  Las mujeres charlábamos y nos reíamos, los hombres hablaban con losniños. Ellas, las mujeres jóvenes, hacían muchas preguntas de nuestrossistemas políticos, sociales, económicos y de mi relación personalcontigo; eran muchas preguntas sin pena, ni amargura, como si hubieraen ellas una insaciable sed de conocimiento.

 Al rato, caminandoen medio de todas estas conversaciones, no sé por qué y a estas horasde mi vida como mujer, a mis setenta y cinco años, en forma totalempecé a sentir en todo mi cuerpo unas ganas y deseos inaguantables deestar junto a ti.
 
  Sí, mi amor, Freddy, mi tesoro, sentía unosdeseos irreprimibles de tocarte y sentirte junto a mí y que no tenía enmuchos, muchos años.
 
   Me sentía una adolescente, con deseoshúmedos y ardorosa pasión. Quería que me tocaras, que me besaras, comoen aquellos años ya lejanos e inalcanzables para los dos, aquellos díasen que ¡me jurabas amor eterno! Cuando éramos jóvenes y bellos, cuandoéramos sólo los dos.
 
  Quería que nuevamente te olvidaras detodo aquello que existe en el mundo, ser el Eje del Universo y volver aescuchar cuando tú me decías que yo era toda tu gloria.
 
Alllegar a nuestra casa, acompañada de todo este grupo y subiendo lasescaleras como podía, sentí otra vez nervios y pánico de lo que habíapensado y deseado en el camino, no pude contener mi nerviosas risas aldarme cuenta y aceptar que estaba húmeda en mi cuerpo, a mi edad y¡después de tantos largos años! 

Más ganas me entraron deacariciar tu ser, de contar nuestras costillas marcadas por las huellasdel tiempo, de sentir mis flacas y fláccidas piernas, tocar y palpar tuvencido pecho, tus hombros ya cansados, tu inflexible espalda.

Quería y ahora quiero, que toques todo mi cuerpo, mis arrugas en barroseco por donde pasaron los alegres y esquivos riachuelos, las profundasgrietas de mi piel, como si fueran hoy alegres acordeones tropicales.

   Que muy lento y con todo nuestro tiempo, me beses toda. Sí, quiero que me beses suave, dulcemente.

Que acaricies mis largos y descolgados senos con sus tristes ymarchitos pezones, como si fueran ellos esta noche y ahora dos fértilesoasis en un árido desierto, donde se alimentó la belleza de nuestroshijos.

Quería que juntos esta noche, tú y yo, nos llenáramos íntegros de amor en un triste mundo moderno donde éste ya no existe.
Y así los dos en uno...

    -Sí mi amor, ¡los dos!, ¡sólo los dos!

-Y, en un interminable beso fuéramos felices una vez más al final de la noche...



 Elex juez ojizarco, igual, al juez que bailaba anoche endemoniado lalambada con la mulata brasilera, en el  Parque de la Esperanza, selevantó con alegría y nos dijo después de servir más Café de laColombie:
-Espero que ustedes comprendan el porqué estoy tancansado, y soltó una carcajada de loco, igual a la de su querida esposaCharlotte la noche anterior.

Yo reí maravillado. Pierre sin másalternativa, lo hizo igualmente. El director de esta oficina, otra vezy con una sonrisa de admiración  dijo:  
-¡Qué locos tan alegres son ustedes los latinoamericanos!
Pensé unos segundos y le respondí tranquilamente:
  -Sí señor juez, tiene toda la razón, pero esa es, quizás, la únicaalternativa o medio de sobrevivir que nos dejan los sistemas económicosimpuestos por nuestros políticos; algunos de nosotros llegamos a ser,después de muchas hambres y súplicas, Locos-Geniales; los demás, sólologramos convertirnos en ¡locos de mierda! Todos ¡soltamos una sonora carcajada!
 
Conel último Café de la Colombie, disfrutamos otra vez los chocolatinessuizos, comentamos todo lo vivido en el tribunal, el elefante, el circode la corrupción con sus enanitos, los cuarenta payasos ladrones con sumezquino domador y la sensacional fiesta, que creó dramas y pasionesamorosas como la historia de este hombre.


Al salir los tresde la oficina, unas personas  amables me preguntaron qué había pasadocon mi mula Policarpa y mi perra Tamara. Con una sonrisa y mi mayorgratitud respondí que gracias a la Sociedad Protectora de Animales y alos deseos altruistas de sus activistas, sublimados en ayudar, como erael hecho de haber enviado a mis amados animales a mi país de origen, yono tendría ninguna preocupación por ellos y por lo mismo, estabaaltamente agradecido.

Firmé unos autógrafos y me despedí del ex juez, intercambiamos direcciones con promesa de enviarnos algunas postales.

 ConPierre y otros policías, nos dirigimos a la sala de espera. En variasoportunidades, fuimos interrumpidos por personas y niños, que con todacuriosidad, venían a pedir autógrafos, a saludar o cambiar palabrasconmigo. Querían tener la firma, las risas y alegrías de la fiesta parael futuro ¡en un caso de emergencia extrema!

Un niño, vino conun balón de fútbol, creía en su ingenuidad que yo era un famosofutbolista.  Su madre en la distancia gritó en alemán, pensando así queyo no comprendería:

-¡Carsen!, ¿Qué haces? ¡Deja ese loco! Esees el loco que salió ayer en la televisión con una mula hambrienta yuna perra pulgosa en el tribunal, ¿No recuerdas?
El niño intrigado ycon su mirada trató de encontrar una respuesta en mí, a lo dicho por sumadre. Yo, picándole el ojo, lo miré como la mula arisca y fiel, y lemandé el mensaje, de los dos tipos de locos que existen en el mundo.¿Qué sería de este mundo sin los artistas y sin los locos esos?

Alpasar por la aduana, algunos funcionarios me miraron con sonrisaspecadoras, luego entregué mi pasaporte verde, aquel bien conocido en elmundo, a una desconfiada oficial de migración, joven y bella, que tomómi pasaporte, miró la foto y me miró. No pudo esconder una sonrisa alreconocer quién era ese personaje frente a ella; sonó el teléfono de supuesto de control, y al voltearse toda coqueta a contestarlo, dejóescapar un gesto corto y un gemido ¡Ay, ay! de dolor intenso.
Ella,con su gesto, aceptó ante Pierre y los que me escoltaban, que le dolíatodo el cuerpo, desde la cabeza hasta las uñas; que tenía un dolor quedulcemente la atormentaba ¡por delante y por detrás! todo causado conintenso placer en la noche anterior, inmediatamente después de laFiesta de Los Inocentes, cuando Ginebra por primera vez ¡se alzó labata!

La bella mujer recordó en ese instante el hombre aquel queconoció en el coro de música sacra en la iglesia luterana y que eradescendiente de Otón. El primero que la besaba y acariciaba de esaforma loca y tan ardiente, que la hizo pensar varias veces que esteexótico elemento era muy singular, ya que al besarla largamente en suselva rubia y peluda, la hizo pensar que este hombre pudiera respirar¡por las orejas!
-Era el único, ¡divino! ¡Qué hombre aquél!- dijo con sus mirada.

Tímidamente,apenas le pregunté mientras ella miraba profesionalmente las hojas delpasaporte y verificaba en el computador la información con lascentrales de inteligencia:
-Perdone “señorita”, ¿está usted muy adolorida?
Ella,con mirada y sonrisa llena de complicidad erótica y con un suspiro queal soltarlo, casi me permite sentir también los orgasmos de la nochepasada, me entregó el pasaporte verde.
 Estaba a un paso ya demontar en el avión, puse mi morral en el piso, me aseguré tocando en elbolsillo, el dinero prestado por los suizos, miré a los alrededores ytendí la mano a Charbonell; nos deseamos suerte.

  Me tocó también decir adiós a los otros policías, éstos con uniforme, que me escoltaban hasta la puerta del avión.  
 
Caminéel pasillo metálico y saludé a la bella azafata, luego ¡casi medesmayo! allí estaban los malnacidos gringos con sus cámaras filmandomi entrada al avión.  Por un segundo quise preguntarles por miscarguitas de café y el racimito de bananas, pero me guardé las ganasesperando en el futuro una oportunidad más apropiada, ¡Ya verán!

 Mesenté por primera vez en la vida en primera clase. Al hacerlo, loshombres comenzaron a toser y ajustarse el nudo de sus corbatas, sepusieron morados por la impaciencia de tenerme a su lado y reconocerme;miraban acelerados los relojes. 
    
Me observaban sospechoso.

  Al sentarme, noté fascinado que no tocaba el piso del avión, ya que elasiento tan grandote, donde estaba sentado, no me lo permitía. Con mispies inquietos en el aire me concentré, respiré profundo y pedí un finowhisky doble, igual al que tomaban los otros; me lo tomé de un sólogolpe. 

  Ellos extrañados me miraron. 

Sin importarme,me acomodé por fin en el asiento y pedí el otro; este lo tomé muylentamente, igual que los demás personajes que estaban a mi lado.
 
 Mientrasme quedaba dormido fui dejando todo lo vivido en Ginebra, en mí llevabael conocimiento de una fantástica e inolvidable experiencia de esteviaje que cambiaría el resto de mis días por vivir.



 
  En París todo fue normal, sin problema alguno.

Esa ciudad la conocía bien, su gente, su historia, todo me era familiar. 

Tranquilamentetomé un taxi y con el argelino que lo conducía supe de la cantidadcalculada de un millón de  conejos que viven dentro del  aeropuerto en  sus  zonas verdes y jardines reproduciéndose  velozmente y cruzandoa toda hora la pista de aterrizaje. ¡Con la que se alimentaría todo unpequeño pueblo en Argelia!, según el gentil conductor.

Escogí unpequeño hotel cerca del metro Odeón, que es el barrio donde pasé losaños de juventud cuando era estudiante y así no molestar a mis amigosque me habían ofrecido su posada.

Dentro del cómodo y tranquilohotel de la calle Monsieur Le Prince, una calle pequeñita con elMorván, el Mónaco y el Dantón, en la esquina del Boulevard SaintGermain, los cafés donde me reunía siempre con los conocidos. Me metíen la ducha y luego dormí delicioso, quizás cómo jamás lo había hecho.

 Desperté ya en la noche, llamé feliz a mi esposa en Montreal y le conté todo.
-¡Ya sabía! -contestó despreocupada- Lo vi en las noticias de la TV. Esas cosas sólo te pasan a ti. ¡Cuídate!
Fue todo lo que dijo.
Nosenviamos besos por el teléfono, le avisé que al día siguiente llegaríaa las siete de la noche, hora del Canadá. Colgué el teléfono, miré lahabitación, encaleté bien el dinero y con un poco en mi bolsillo, salía caminar. Fui al Danton, como muchísimas veces lo hice en el pasado.Parado en la barra me tomé un vino, un Balon Rouge, luego salí y empecéa caminar tranquilo hacia el Odeón sintiéndome el tan buscado por loscientíficos holandeses y tan esperado en las plazas y mercados delmundo, un tulipán negro.
Ya de esta forma, el tulipán negro caminó muchas horas... Se perdió en las sombras y la oscuridad de las calles de París.
Esperaba con la aurora un nuevo amanecer en mi vida y la de todos aquellos que lean este relato.


 Canadáme esperaba con su ilimitada soledad y vientos nórdicos, inmensamenteiguales en tamaño a la extensión del territorio y al duro fríoanunciando el otoño.

   Mi esposa, mis pocos amigoslatinoamericanos en esta ciudad y uno que otro anglosajón, escucharontodo el relato de lo sucedido en la Suiza.

 Feliz de estar encompañía de mi bella mujer me incorporé a la rutina de levantarme,hacer el desayuno para los dos y luego caminar unos veinte minutos enmedio de prados y jardines muy lindos con los manzanos a mano derecha,entrar al mismo edificio donde había estado haciendo mi maestría enSociología, saludar a  la anciana recepcionista, avanzar por los mismoscorredores donde durante los tiempos pasados únicamente escuché “Goodmorning”, “Hello”, “Good morning”, “Hello” en las mismas voces y lasmismas caras y en algunas oportunidades con expresión diferente en elrostro, dependiendo a quien fueron dirigidos los papeles o documentosque nerviosamente llevaban en sus manos y con afanes y angustiasproporcionales a la jerarquía de los hombres que esperaban los papeleso documentos.

Fuera del contacto limitado con el profesorencargado de mi tesis y de algunos colegas, donde nuestrasconversaciones se limitaban estrictamente al plano académico, mi vida oel interactuar socialmente con otra gente era mínimo.

 Estandoen esta vida académica y feliz al lado de mi esposa, con el únicoobjetivo de terminar mis estudios, un día al final del mes de noviembreme dirigí al lugar del correo, abrí la casilla y encontré una carta consello de entrega inmediata, que resultó ser una verdadera sorpresa.

Volvía sentir cosas que en una ocasión me causaron tristeza y mucho dolor.Con cuidado observé la estampilla y supe de dónde venía, me asusté ysalí rápido del edificio.

En los jardines busqué una banca y mesenté a leer la carta, la abrí cuidadosamente con el filo delcuchillito de la navajita suiza, la leí y sentí terror de la historianarrada en ella, ¡era imposible!

No me cabía en la imaginaciónque fuera verdad todo aquello contado en esa carta; al instante salítrotando por los prados verdes con sus manzanos. Llegué al bloque deedificios para estudiantes extranjeros y casados, abrí la puerta de miapartamento, saludé a mi esposa y corrí a la cocina y me serví unrefresco, me senté, respiré profundo y volví a leer el mensaje de lacarta. 

Mi esposa, preocupada me preguntó: -¿Cato, qué te pasa?
-No le contesté. Guardé silencio. Ella lo aceptó.
 Sí, mi amiga Catalina Limberg, quedé tan impresionado con la carta que te la adjunto para que la leas lentamente:


Continua...

---------------------------

Reservados Todos los Derechos de Autor ante CIPO Y WIPO

Carlos Echeverry Ramírez (Colombia)

fitofeliz@hotmail.com

www.carlosecheverryramirez.org
  

Bajas pasiones






Bajas Pasiones--- Fragmento(9)--Cuento del libro: Compartiendo Alboradas

Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO y WIPO

Carlos Echeverry Ramírez-(Colombia-Canada)
---------------------------------------------------
Bajas Pasiones. Fragmento (9)

El orificio de la cerradura volvió una vez más a permitirtranquilamente a la Tata observar con anonimato lo único que le eraaceptado en la vida real, ser dueña del mundo exterior por unossegundos o minutos y sólo a través de una cerradura.

La Tata aloír ruidos nuevamente en el pasillo se puso muy atenta y con oído deperra en guardia escuchó cuando el chino Yin le decía a la negra Irina,en el largo pasillo que comunica a las muchísimas habitaciones:

-¡Hoy le cortaré la cabeza al Caliche!

Tata miró aterrada alchino Yin cuando le mostraba a la negra el inmenso cuchillo mataganadoy de doble filo que había comprado para ese fin.

Son las sietede la noche y el Tito está en las conocidas Ramblas de Barcelona.Tratando heroicamente de vender su novelita, algunos relatos y otrossencillos poemas.

La Tata observando la hora contuvo larespiración y escuchó en reprimido silencio y lista para explotarcuando la negra Irina contestó:
-Ese hombre del Caliche hace días anda detrás de las nalgas de tu mujer, no dejes que jueguen con tu honor.

Ellasintió en su cuerpo el frío asesino del arma acerada y vio cuando elchino Yin lentamente guardaba el cuchillo mataganado en el bolsillo desu gabán, después de ese instante quiso cerrar para siempre sus yacansados ojos y en un silencio final se sintió morir.

Y… ensorpresa, unos segundos después, llena de descomunal ira, fuerza yenergía, los abrió al máximo que pudo y como un felino hambriento y enataque se lanzó a la improvisada cuna donde se encontraba la únicarazón para existir en este mundo: Su pequeño hijo. Criatura que apenascomenzaba a caminar.

Lo abrazó a su cuerpo protegiéndolo con todas sus fuerzas y lloró, lloró, y lloró.

Llorósola y desconsolada eternos instantes, igual que las incontables ydignas mujeres del mundo en muchísimas ocasiones y siempre en silencioe impotentes a la violencia maldita del hombre moderno, y del hombre através de su historia.

Angustiada y con un desesperoinmensurable, y sin saber cómo parar ese nuevo llanto desconocido,sintió más miedo y temor por su amado y ausente Tito.

Loco genial -como le decían en la tierra del Doroteo Arango-. Y respirando profundo se dijo:
-¡Ese ya sobrevivió las mil batallas de amor y ciento tres desbaratadas camas flojas en París!
-Ysi logró sobrevivir, años más tarde, en la selva asesina de cemento enNew York, no creo que aquí en Barcelona, le pueda pasar algo.

Extrañamenteen esos desesperados y angustiosos instantes sintió una punzada en sucorazón al recordar la forma cuando su tía Eva, en Guadalajara, sehabía desnucado golpeándose el cráneo al caer en la tina. Después dehaber pisado el húmedo jabón.

Con más fuerza que nunca siguióllorando y abrazando desconsolada a su hijo y en la misma y permanenteangustia existencial de todos los pasados días en su vida.

Paraaceptar al final de esos largos segundos y de una vez para siempre… Ypor el resto de sus larguísimos años que le faltan por vivir que:
Nada es seguro en este mundo. Todo es incierto. Nada es eterno. Que somos frágiles “como la llama al viento”.

Igualque su querida y extrañada abuelita, sin saber por qué; y por ladesbordante emoción que sintió con su hijo cuando escuchó, por fin, losesperados y conocidos silbidos del Tito cuando llegaba. Emoción yalegría que la satisfacía y llenaba plenamente, que la hacía feliz enlo más profundo de su ser.

El Tito llegaba silbando, muycontento, para compartir una noche más y como siempre …lleno deentusiasmo, energía y de pura vida.

A dormir y continuar con ella… y como todas las santas noches, aquellas bellas melodías del llamado Amor Miserable.

En el mismo destartalado, viejo, ruidoso, frío, oxidado, ordinario, metálico, horrible. Y… por último:
¡Infeliz y vergonzoso catre!


Carlos Echeverry Ramírez
Barcelona, España.
Diciembre 28 de 1998.

Reservados Todos los Derechos de Autor ante CIPO y WIPO

www.carlosecheverryramirez.org

fitofeliz@hotmail.com

7.830 visitantes en este relato en solo cinco dias..

El dia de la Entrega...Carlos Echeverry Ramirez--Colombia

Reservados todos los derechos de autor ante CIPO Y WIPO
Carlos Echeverry Ramirez-Colombia


Enlace a los 7830 visitantes en cinco días. Hacer copy -paste por favor..

http://knol.google.com/k/carlos-echeverry-ramirz/-/x7h8rcij6dgs/0#

Imágen con Todos los derechos reservados y propiedad intelectual ante CIPO Y WIPO de:
Ph.D Caroline Constabel limberg- Alemania


Carlos echevery Ramirez (Colombia-Canada)
Es Miembro activo de la Union de Escritores de Canada.
Reservados todos los derechos de Autor ante CIPO y WIPO.

El día de la entrega

Del libro : Compartiendo Alboradas

ISBN: 0-9683701-1-X



Ese día amaneció lloviendo y me levanté con el pie izquierdo.

Meditandounos instantes en la misión encomendada para ese entonces y planificadadesde hacía un año, me toqué la cabeza pensando en ese imposible y mirétodos los diferentes rincones de la habitación en la pensión deCartagena.

Observé detalladamente la torre del reloj debajo dela cual cruzó Simón Bolívar con su ejército y a su izquierda en lacorta distancia el mar Caribe. Luego me fui a la ducha con toda lacalma.

De mi mente no podía sacar la cara del hombre que era elobjetivo. Esa persona la había estudiado muchísimas veces y había leídomucho sobre ella, todas sus cosas las conocía y todas sus rutinas lastenía claramente identificadas y después de todo lo planificado ypensado sólo existía ese día para la misión encomendada. No podíafallar.

El objetivo de la misión era el hombre más cuidado deLatinoamérica. Quizás el segundo o tercero más custodiado en el mundo.Muchísimos anillos especializados de seguridad a su alrededor, yo sinembargo, y no dejándome ver por ellos durante las últimas semanas,estaría a solo unos metros de su cuerpo cuando él ingresara al Centrode Convenciones de la ciudad de Cartagena.

Así había pasado losúltimos días desde que llegué a la ciudad, haciendo inteligencia ymirando los lugares estratégicos donde se centraría el fuerte de susanillos de seguridad y estudiando muy detenidamente las vías de salidaen caso de fracasar en la misión o algún imprevisto que salieracontrario a lo ya establecido. No podía fallar ese día.

El díaseñalado llegó, y el hombre como objetivo nunca apareció en las horasde la mañana. Ya cansado de esperar me fui a descansar al hotel. Saludéal recepcionista y respondió amablemente. Observé que ese día estaba debuen genio, -normalmente parecía que hubiera desayunado con alacranesel tipo ese- luego entré rápido en mi habitación y estando acostadoempecé a meditar sobre todas las cosas vividas en esa pequeña ciudadconvertida en el prostíbulo más grande de Latinoamérica con su miseriade los barrios marginales, el Nelson Mandela, el hambre y terror en losrostros de sus niños y la indiferencia e ignominia del gobierno haciaellos.

Mientras tanto la vida nuestra continuaba, la tarde ibapasando y las horas con sus largos y eternos minutos en un calorinsoportable y la escasa brisa marina avanzaban lentamente.

Enla ciudad del corralito de piedra nadie sabía a qué horas llegaría elhombre anunciado o qué medio de transporte utilizaría para llegar alCentro de Convenciones.

Sólo se escuchaban las voces perdidas enel silencio y la desesperanza de las negras vendedoras de frutas y dehombres sin futuro con los pedazos de loterías nunca ganados en susmanos.

Unos rumores decían que el hombre aquel tan importante yconocido por todos llegaría por la parte trasera del Centro deConvenciones en una lancha rápida. Otros decían que en helicópterodesde el aeropuerto, y otros que en su cuerpo de limousine blindada.

Todoera pura especulación entre el pueblo ansioso por ver al hombredistinguido y entretenidos todos con la fantasía de la música decarnaval y los juegos pirotécnicos, el ron gratuito, el whisky, lasbellas y costosas putas como las más baratas –de a dólar mi señor, queaquí hay para todos- con los elegantes ladrones de cuello blanco y losmaricones con su reina -la Rufina-, y uno que otro ingenuo, honesto ydesplazado campesino, para mirar todo el espectáculo montado para y porlos corruptos del poder y el dinero.



En los caros yexclusivos hoteles el whisky y la coca eran las delicias preferidas porsus clientes pederastas y psicópatas de los monos ojizarcos comosiempre con acento gringo y sin faltar nunca sus mediocres, lacayos yserviles de algunos de los gobernantes nuestros.

Mientras en losbarrios pobres continuaba igual que siempre y segundo a segundo lamiseria, el terror colectivo y las balas que eran también, y en esascircunstancias, el obligado y merecido pan de cada día. Ta- ta- ta -ta-ta, hps…

Para esos miserables pobres... ¡y no por miserablessino por pobres!, y finalmente el obligado y siempre impotente llantode las dignas mujeres, los ancianos y niños ante la cotidiana violenciay barbarie.



En otro lugar y al mismo tiempo muycontento, enguayabado y sin preocupación alguna el avaro cura Germándaba la comunión a los escasos y solapados crédulos en la capillapróxima de la Santa Guerra y el sacristán maricón le picaba el ojo alhijo de la desplazada campesina Rosario.



En mi iluminadahabitación entraba la suave brisa y el rumor de las olas del mar Caribey con sorpresa inesperada también llegaba la paisita Tatiana tratandode imitar con el cuerpo y con la risa sus 20 años atrás cuando fuereina de la cuadra en el barrio Buenos Aires, gran modelo, damaacompañante, gran diva y con su larga experiencia en las lidesamatorias y en las duras e interminables batallas de sexo bendecido ysantificado en colchones de plumas.

Un Viernes Santo y todaempericada y en un acelere no extraño conoció un conde italiano en lazona rosa de Cartagena y después de tres culiadas a lo paisa, y conescapulario en mano, lo enamoró en un abrir y cerrar de ojos como a unternero recién nacido y así de cabestro, suavecito papacito… y con lapuntica nada más mi papi, ay mi nene...

El conde aquél se la llevó a Italia para que fuera una de las más distinguidas señoras de la alta sociedad milanesa.

Deesa manera, y con ese gran pasado, la paisa Tatiana entró a mihabitación de la pensión en Cartagena, igual y como en sus veinte añosentraba toda sensual, voluptuosa y costosa, en las diferenteshabitaciones y suites de los hoteles más caros y elegantes de lasiempre moribunda Colombia y hablándome toda alborotada me dice la muyloca:

-¡Ay Cato de mi alma perdida!, estoy en embarazo.

-¡No jodás, imposible! Háblame en serio… dime la verdad.

-¡Sí, sí te lo juro!

-Pero… no sé si el hijo es de Nandito.

(El jefe paraco de la zona).

-O si es de Pepe.

(El jefe guerrillero de la otra montaña después de Turbaco).

La paisa Tatiana alternaba con los dos hombres según fueran los días de descanso de cada uno.

Cuando escuché esas palabras tan difíciles de asimilar para cualquier hombre le pregunté:

-Tatiana… y ¿cómo putas y carajos te pudo pasar eso?

-¿No sabes de quién es?

-Qué cosa tan berraca -pensé en mis adentros-, increíble.

Ellasentada muy tranquila y con su risa a flor de labio en el borde de lacama y fumando un cigarrillo lentamente mientras tomaba cervezarespondió con su acentico paisa, de allá arribita del Pablo Tobón Uribeen Medellín:

-¡Ay Cato de mi alma, si supiera de quién es ya tendría a ese varón aquí al ladito mío, todo amarrado como si fuera un novillo!

-Pero, sabes una cosa, mi Cato querido…

Voy a esperar a que nazca, para saber a quién se parece.

A ver qué cara tiene ese chino.

Y así muy tranquilita me los sigo culiando a los dos. ¡Huy! qué rico. Qué rico…

Mi Cato querido, porque si no, me quedo sin la platica, del uno y sin la platica del otro.

Yosolté la carcajada, ¡que mujeres estas!, y... simultáneamente empecé aescuchar los sonidos de los malditos helicópteros de la guerra venir enla distancia.

Esos sonidos me indicaban claramente que el hombreesperado llegaría en unos minutos. Y el miedo y terror crecían en mí alescuchar esos sonidos de muerte acercarse más y más.

Por lomismo le di un beso de despedida a Tatiana creyendo que era el últimoque le daba, y le dije que regresaría más tarde. Que lamentaba, pero…que me tenía que ir. Que tenía un compromiso urgente qué cumplir.

Alsalir de la pensión llevaba en mis manos todo. Sí, todo. Los pocos yprecisos implementos para la intención de ese día. Al fin y al cabo elobjetivo era el hombre más conocido en Colombia y protegido también.

Alcaminar la corta distancia desde el hotel hasta el Centro deConvenciones, que son unos 120 metros, el calor era insoportable, lasambulancias y los carros de seguridad con su imparable ulular desirenas hacían invivibles y eternos los instantes, los segundos yminutos que faltaban para que llegara el hombre conocido y tan esperado.

Alllegar al Centro me paré muy tranquilo en el lugar ya señalado al ladode la entrada de su puerta principal y por donde pasaría el personaje.

Sí,allí a un metro. Los agentes de seguridad y los militares armadosestaban listos para asesinar en cualquier décima de segundo todo aquelque quisiera atentar contra su hombre.

Pero en ese lugar, allado de la puerta de entrada no había sino unas pocas personas haciendola fila para entrar al banco que queda dentro del mismo edificio delCentro de Convenciones. Y Allí estaba yo, uno más entre oficiales de laPolicía, el Ejército y algunos del cuerpo de seguridad observandodetenidamente todo el maremagno formado para proteger este hombre.

Tratandode estar calmado noté que el pulso se me había alterado al extremo quepodía ser visto en la distancia por alguien especializado.

Pocoa poco y respirando pausadamente y controlando mis latidos del corazónlogré regularizarlo al ritmo que lo necesitaba. Logré tambiénnormalizar la respiración y me quedé como una estatua.

Peroqueriendo estar mentalmente lo más lejos de ese lugar, estaba ya en eseinstante a unos escasos 50 centímetros de la puerta de ingreso alCentro por donde entraría el hombre más importante.

Tuve muchomiedo y al mismo tiempo una extraña tranquilidad y no sé por qué mesentí muy solo también. Y en un instante tomé conciencia de que estabarealmente sin nadie en este mundo. Ínfimo frente a todo y además loúnico que tenía lo tenía en mis manos y era el futuro de mi vida.

Penséen mi padre muriendo lentamente debido al exceso de cigarrillo yescucho su dificultad al respirar en los amaneceres allá en el Valledel Cauca.

Pienso una vez más en mi familia, en la Soledad, enJairo mi tío, en la monja Ángela, en mis escasos y escogidos amigos, enmi hijo en la distancia, en mi última y bella mujer, quizás… conotro... y todo es silencio a mi alrededor. Sólo se escucha la suavebrisa del mar Caribe y el sonido a lo lejos de los perversos y asesinoshelicópteros para la guerra.

Todo parece quedarse estático porel calor, la gente común haciendo cola para entrar al banco ni seinmuta por preguntar quién es el que viene y quién es el esperado.

Nosotros lo sabemos en Colombia y latinoamérica.

Todos lo sabemos, pero parece no importar, ni preocuparle a nadie.

Todoen el fondo es sólo silencio y al extremo de la calle un niño felizcorre con su perro llamado Tao, un anciano indigente me observaindiferente y unas palomas se mueven repentinamente de los techosaledaños cuando los francotiradores de seguridad cambian y aseguran laposición.

Sin embargo por cosas que trae el destino y esassorpresas que da la vida, y que aún muchos meses después no lo entiendoy sigo sin creerlo, y mucha gente igualmente que conoce esta historia,en un santiamén tengo yo frente a mí al personaje señalado y tanesperado por todos.

El hombre aquél, el más odiado por millones y venerado por otros pocos como un santo, como si hiciera milagros.

Alhombre considerado objetivo militar por miles de combatientes allí lotenía de papayita, sí, de papayita… frente… frente a mí.

Él y yo solos. Los dos, sin nadie alrededor.

Así fue, aunque no lo crean. Así fue… en un instante estábamos los dos solos frente a frente y, frente al mundo también.

Lomiré a los ojos, él me miró igual, y tendiendo su mano a la mía sentísu cuerpo al tocar la mano. Pero… su mano no tenía calor, su mano erafría como la de un muerto. Sus angustiados ojos y el rostro delatabanun cansancio nunca antes visto por mí en otro hombre y en losmuchísimos países donde he vivido.

Aterrado y sorprendido con el personaje al frente le entregué el material que llevaba en mis manos.

Lo tomó con sus dos manos y lo miró asustado en silencio. Me miró resignado y queriendo mucha paz.

Me observó como si él no fuera de este mundo y con un miedo y terror inmenso en la expresión de su mirada.

Sospechoque lloraba por dentro en esos instantes que estaba ahí. Y más aparentetranquilidad mostró en su rostro cuando leyó por primera vez frente amí esas palabras de bienvenida que yo le daba en la ciudad de Cartagenaal entregarle:

El último viaje

Sólo unos escasos 20segundos habían pasado en estas acciones descritas anteriormente,cuando él leyó el título abrió el libro y vio mi dedicatoria para él mevolvió a dar la mano.

-Gracias, muchas gracias.

Fueron sus palabras entrecortadas.

Luegocaminó rápidamente unos pasos y dio su mano a un campesino, y empezórápidamente a saludar la gente que hacía línea para entrar al banco.

Enesos instantes observando todo, y asegurándome que todo esto era real,sentí que me empujan contra la pared del Centro y me inmovilizan delcuello y las manos.

Preguntan mi nombre en gritos mientras quegigantescas manos no me permiten respirar, y …sólo haciendo una fuerzaimposible para levantar mis libros con mi nombre en ellos, mientras elpersonaje termina de saludar a varios de los presentes y su cuerpo deseguridad y escoltas lo protegen jalándolo al interior del edificio, melogro identificar ante los cuerpos de seguridad y escoltas para no serasesinado en el mismo momento.

Antes de ser entrado el hombre escogido volvió a mirarme y sonrió en la distancia.

Caminandoa unos 10 metros de distancia, ya dentro del Centro de Convenciones,logré mirar que leía la solapa del libro con mi información y mientrasél hacía eso el campesino con rasgos indígenas, a quien segundos antesel hombre manifiesto le dio la mano después de mí, se me arrimahumildemente y pregunta temeroso:

-Señor, perdóneme la pregunta, ¿puedo?

Sí, ¿qué necesita?

-Me puede decir por favor, por favor y perdone usted.

-¿Quién es ese doctorcito tan amable que saluda a todo el mundo?

-Dios mío… Dios mío. ¿Dónde estás?, dije en silencio.

Y aterrado me quedé al escuchar esa frase y solté una carcajada de alegría en medio de la angustia que vivía esos instantes.

Muy motivado y sonriendo le respondí:

Señor…

Ese Doctorcito es:

El Presidente de la República de Colombia.

-¿Ese es?

Me preguntó con calma el campesino.

¡Sí, ese es! -Le respondí-.

-Con razón es tan amable. El doctorcito ese.

Y miró con incredulidad total y asustado la puerta por donde había entrado el Presidente de Colombia al Centro de Convenciones.

Fue todo lo que dijo el campesino.

Y se fue caminando tranquilo entre la multitud sin prisa alguna de regreso a su vereda en la región del bajo Sinú.

Yo mientras tanto volví a ser rodeado de militares y de policías.

Porextrañas cosas y sin yo saberlo a los ocho días el Presidente deColombia regresó acompañado de Lula da Silva a la cumbre mundial delcafé y al bajarse de la limousine las primeras palabras que pronunciócuando llegó al Centro de Convenciones fueron:

“Último viaje”

Ysonrió en la distancia cuando me vio otra vez en el mismo lugar y dondeocho días antes le había entregado el libro mío con ese título de Elúltimo viaje, unos segundos más tarde los cuerpos de seguridad deBrasil permitieron que me acercara lo suficiente para ser capaz deentregar el libro a Lula da Silva.

Entró el Doctorcito -comodecía el ingenuo campesino del Sinú- y después de responder algunaspreguntas a los cuerpos de seguridad y a la policía sobre el contenidode mi libro y dónde vivía y número de cédula etc. ¡Imagínense!, salícaminando con dirección al hotel y a la izquierda observé otra vez latorre del reloj y la hora y recordé que por allí pasó Simón Bolívar yreí mirando a los alrededores -pensando qué diría el Libertador de todola barbarie que hemos hecho después de su muerte- y seguí caminando ala pensión frente al Parque Centenario, muy feliz y contento de lalabor realizada ese día.

Con mi amigo Hernán Suárez, la bella yvoluptuosa paisa, la Tatiana, la Isabel y el Cucaracho, y un combo deconocidos nos zampamos unas botellas de ron oyendo la gran músicacubana y riéndonos sobre todo lo vivido ese día. Y repito mil veces aquien no crea esta historia… que le pregunte al Doctorcito -según elcampesino- qué fue lo que sintió cuando leyó el título de mi libro conesas palabras que decían “El último viaje” y que le daban la bienvenidaen la ciudad de Cartagena.

Toronto junio 22 del 2004

©Carlos Echeverry Ramírez

Colombia

www.carlosecheverryramirez.org

fitofeliz@hotmail.com

El último Viaje

El último Viaje-(2) Carlos Echeverry Ramirez-Colombia

Toronto....

Ciudad llenade gente linda, de gente bella, pero también, ciudad de esquizofrénicossueltos, los cuales deambulan por grandes oficinas, los que puedentrabajar, o de igual manera, por sus calles y centros comerciales,caminan los que no tienen trabajo.

Ya establecido en la ciudadde Toronto me tocó vivir completamente solo y empezar una nueva vida,ya sin esposa. Cosa casi imposible, después de estar acostumbrado adeterminadas rutinas. Poco a poco fui conociendo algunas personas y,así, olvidando el dolor de haber perdido hasta las ganas de vivir.

Una noche en mi apartamento, y sentado en el sofá, recuerdo cómo enviéuna carta por internet a uno de esos famosos chat en los cuales lasgentes se aman y se besan apasionadamente en una semana, y ¡todo enforma virtual!, o sea que por mamar gallo, o en broma, mandé esemensaje a través del internet, sin esperar respuesta, pero si la había,tenía que ser por el correo normal.

Nada impersonal.

Enel mensaje que envié, invitaba a una mujer del mundo a compartir untiempo juntos, y hacer vida normal de pareja en un país suramericano,en un pueblo pequeño a la orilla del mar Caribe.

Un pueblo dondeuno pueda llevar a su hijo a la escuela en bicicleta, y donde losburros y chivos sean parte de cada día. Invitaba a una mujer acompartir en un lugar sencillo, lo que podemos llamar

- la soledad -

Yonunca pensé, después de haber enviado el mensaje los primeros días dediciembre, que éste tuviera tanta acogida entre las personas que loleyeron. Por cierto, el hombre que entregaba el correo, un día muyintrigado me preguntó -¿qué era lo que pasaba con ese recibimientoexagerado de correo?- y en son de broma dijo: -se está pareciendo alPapá Noel-

Me llegaron cartas de muchas regiones del mundo,recibí mensajes de diferentes mujeres y de distintos grupos étnicos.Algunas cartas traían incluso fotos de mujeres de diferente tipo y raza.

Una de ellas me llamó muchísimo la atención.

Era rara y muy extraña. En la carta una mujer decía que tenía un doctorado en Biología.

Que era bastante alta, un metro con ochenta, y que tocaba elviolonchelo tres horas diarias y, como cosa interesante, añadía que lefascinaba hacerlo completamente desnuda.

¿Cómo es la cosa?, ...a ver ...a ver.

Me llamo Catalina Limberg C., decía en la carta.

Además,en la foto, era fácil observar que la mujer tenía unos ojos muy azules,expresivos y bellos, cuerpo sensual pero... se veía triste y ausente.

La mujer contaba que le fascinaban las orquídeas del trópico, tejerropa para el invierno, hacer tortas de chocolate los fines de semana, yhacer largas caminatas con los perros en el bosque cercano a su casa.

Leyendoel mensaje encontré muchísimas otras cosas que me llenaron decuriosidad. Muy intrigado esa noche seguí leyendo la extraña y largacarta, que me llevó adentro de mi vida pasada y, más que todo, arecordar cosas que no me gustan. Cosas que pocos hombres han logradosobrevivir, que nunca cuentan y si lo hacen quedan marcados parasiempre.

La carta de Catalina Limberg C. traía esta pregunta:
¿Cato,me fascina la idea que tienes del viaje a un pueblo del Caribe.Comparto algunos objetivos de él, pero quiero saber si en todos tusviajes a Europa has tenido la oportunidad de visitar mi país, Suiza?

Esanoche en que leí la carta de Catalina y que era por casualidad un 24 dediciembre y día del Galileo, aquel Ser en quien muchos no creyeron,escuchando la armoniosa música de Pablo Casals con su violoncheloacompañando la soledad, me preguntaba, -¿qué significa Suiza?-, quepara nosotros, el hombre común, representa el lugar donde se guardatodo el oro, el dinero y las riquezas del mundo y donde tienen su sede,casi todas las instituciones creadas por los hombres y sus respectivosgobiernos, para diseñar e imponer sistemas que le permitan a los otroshombres vivir una vida digna, según ellos; y si se puede, en verdadera democracia.
Serví un vaso de agua de manantial y me senté frente a la computadora y, por internet, empecé a relatarle a mi escogida amiga,Catalina Limberg C., los recuerdos de mi corta estadía en Suiza.


Continua...

Carlos Echeverry Ramírez (Colombia)
En Toronto diciembre 28 del 2006

Reservados todos los derechos de Autor ante CIPO y WIPO
www.carlosecheverryramirez.org
fitofeliz@hotmail.com

ALICE . ---------Carlos Echeverry Ramirez











Alregresar de argentina a finales del mes de mayo del año 2008 empezarona suceder hechos que eran desconocidos para todos los residentes en eledificio donde vivo.

Primero fueron los llantos esporádicos y con frecuencia no determinada de una mujer al amanecer.
Llantos imparables que en estos momentos pienso ¿si yo era el único que los escuchaba? o si los otros vecinos también.

Esellanto me aterraba. y no me dejaba dormir y cuando lograba conciliar elsueño del llanto de la mujer en las noches, en otros días y horasdiferentes del amanecer eran otros los llantos de un bebe, que más mehacían sentir la fragilidad del ser humano y de la soledad de laspersonas o de la impotencia ante ciertas circunstancias.

Y lopeor para mi en esas noches y amaneceres y, en esos momentos y lo másangustiante de todo, era la imposibilidad de poder ubicar, de dondevenían, o provenían los llantos para poder ir y tratar de calmar esedolor o ese sufrimiento.

Asi continuaron los meses y los llantos se fueron distanciando en la medida del tiempo.

Sin embargo una noche cerca de las 10 escuché en la puerta de mi vecinodel frente unos golpes muy violentos que me hicieron pensar que lanoche traía algo inesperado y no conocido en el edificio donde vivo.¿carajo que esta pasando? recuerdo que me pregunte asustado.

Y sin temor alguno abrí la puerta y encontré una mujer cercana a los cuarenta años.

Extremadamente bella, cabello negro tirando a rojizo, muy delgada,---quizás demasiado-- con unos ojos azules y una característica yaconocida y muy definida en ellos. Y en ese tipo de mirada por mi enotros ojos que conocí en otro ser humano y en meses ya lejanos de mivida..

Es decir una mirada fría sin expresión alguna en ella.

Alabrir mi puerta y encontrarla en le corredor frente a la puerta delvecino desconocido la miré cauto, sorprendiéndome su belleza y su mirada.

Ella me observó breves segundos con mirada inexpresiva…ojos vidriosos.
 No cruce palabra con ella. La miréy me entré de nuevo al apartamento.

La extraña mujer suspendió los fuertes golpes a la puerta con sus pies…

Yadentro de mi apartamento y después de los hechos narrados, puse lamúsica del “todas las mañanas del mundo” del film de Cirano de Bergerac(Gerard Depardue) traté de dormir –no pude-- y al cabo de unas doshoras sorprendido de la violencia de esta chica hacia la puerta, meditéunos momentos sobre su acto irracional y decidí volver a mirar alexterior de mi apartamento y la puerta del vecino para saber ¿que habíapasado con la mujer y en la puerta del vecino que solo vi unas dosveces?.---ya que solo unos meses antes se había cambiado a este lugar--.

Misusto y sorpresa fue mayúscula al encontrar en el piso del corredor ala mujer durmiendo allí y usando como almohada su pequeño morral y suspertenencias a pesar de las bajas temperaturas de la noche..

No supe que hacer.

Sinconocerla y habiendo escuchado la violencia sobre la puerta delapartamento y para evitar problemas volví a entrar en mi lugar.

Recuerdo que me fue casi imposible de dormir esa noche pensando en lamujer durmiendo en ese piso frió y sin una manta ni nada.

Mepreguntaba esa noche si el chico ¿quizás no estaba? o ¿que problemaexistiría para que no abriera la puerta a esa chica? y otra cantidad decosas se me vinieron a la mente en esos momentos y en esas me pasé lanoche.

A la mañana siguiente cuando salí para la biblioteca dela universidad a una conferencia que tenía que dictar sobre algunostemas de mi primer libro titulado “el último viaje”, La mujer ya noestaba acostada en el helado piso y corredor del edificio.

.Ycaminando al metro me hice varias preguntas. ¿Qué habrá pasado conella? ¿Entró al apartamento? ¿Se fue? ¿Se perdonarían sus errores demeses pasados? Y así en esas preguntas que me hice me fui a laconferencia.

Los meses fueron pasando y la vida continuo con susrutinas habituales y era siempre la misma historia cada dos o tressemanas…los llantos de la mujer al anochecer y los llantos del bebe alamanecer y las respectivas visitas de la mujer de ojos azules yextremadamente delgada con patadas y puños a la puerta y tratar poder entraren el apartamento del vecino desconocido…

Nunca más volví amirar o abrir la puerta para observar la mujer violenta…pero una mañanay como cosa no extraña, me llegó de la argentina un regalo, --un sobregrande-- por el correo.

Lo reconocí de inmediato y me reírecordando momentos felices y recordé todo lo vivido en tiempos pasadosy felices en la tierra de Gardel ….allá en le litoral santafesino y conla inolvidable última noche en Buenos Aires….cerré la casilla delcorreo y subí al apartamento y observando detenidamente el regalo taninesperado y lindo….alguien tocó la puerta de miapartamento…precisamente ese dia en que me llegó el regalo tan lindo deargentina.

Abrí la puerta de mi apartamento y era  !! la Policía !!.

Muy amables y profesionales como siempre son en Canadá..

Salude al agente y escuché su pregunta.

¿Escuchó algo raro anoche en el corredor? Aquí donde su vecino al frente. Preguntó.

Mientras me señalaba la puerta diagonal a la mía…

Yole respondí : Si anoche al llegar a las 23 horas aproximadamente estabauna mujer durmiendo frente a la puerta de ese apartamento y como era yahabitual algunas noches los últimos meses por parte de ella..

Esaera una mujer muy bella que siempre que venía agarraba la puerta apatadas y golpes y luego a veces entraba y otras veces no y dormía enel corredor.

Nunca cruce palabra alguna desde mi regreso hace unos meses de argentina le dije..

Fue todo lo que hablé.

¿No escucho nada raro?

Sicerca de las dos de la mañana escuche a lo lejos que una parejadiscutía en forma muy agresiva pero no puedo ubicar de que apartamentoeran los gritos ni la discusión o sobre que discutían..

¿Por qué? ¿Que pasó? Pregunté asustado.

La mujer amaneció muerta hoy en la mañana dentro del apartamento de su vecino..

Fue la respuesta del agente.
Me quedé frío …

Puse el regalo tan lindo que me había llegado esa misma mañana y me puse a pensar en la fragilidad de todo.

Al pasar los días se conocierón las causas de su muerte por los medicos forenses.

La mujer había muerto por: Sobredosis de Heroína..

Ycomo cosa extraña en el corredor esa mañana del levantamiento delcadáver quedó al exterior una silla y hoy me pregunto ¿si en ella sesentaba a tomar café esa bella mujer?,si se sentó en ella a reír, apensar y si:

¿Ella también escuchó las muchas veces el llanto de aquella mujer y de ese Bebe que tantas noches yo escuché?

Carlos Echeverry Ramirez-Collombia-

En Toronto febrero 10 del 2009
fitofeliz@hotmail.com
www.carlosecheverryramirez.org

Carlos Echeverry Ramirez (colombia)

Crónicas de Barcelona (l) Fragmento
Reservados todos los Derechos de Autor
Ante CIPO Y WIPO
©Carlos Echeverry Ramírez- (Colombia)
Es miembro de la Union de Escritores de Canada
Crónicas de Barcelona
ISBN: 0-9683701-2-8


En la presencia de: Alberto Echeverry García quien murió hoy 23 de noviembre hace cinco años...Mi padre

-----------------------------------------------------------------------


CuandoGorka ese día del mes de noviembre bajaba lentamente los veinteescalones contándolos uno a uno para llegar al sótano de la ClínicaSanta María no sabía a dónde iba ni qué lo estaba esperando al final.

Nuncahabía vivido algo parecido en su intensa vida y mucho menos en lostantos lugares de diferentes países del mundo donde había logradosobrevivir.

Cuando descendía los escalones del sótano deledificio se sintió más solo que nunca en este mundo. Podía escuchar muybien su respiración y los latidos de su corazón a punto de estallar.

Lasindicaciones del hombre pequeñito, que parecía un duende o un hombre deotro mundo, que lo recibió con amplia risa cuando llegó y sus palabrasque aún hoy en día caminando por la Plaza Cataluña en Barcelona escuchacomo un eco: señor... camine al fondo, luego gire a la izquierda y alfinal del corredor, a la derecha, baje las escaleras que se encuentranallí y luego encontrará una puerta que permanece abierta de día y denoche.

Y Gorka preguntó ingenuamente: ¿por qué la puertasiempre está abierta? Y el hombre le respondió con tímida sonrisa, sininmutarse y sin cambio alguno en la expresión de su rostro, y comoacostumbrado a esas palabras le dijo: allí está la muerte y siempre nosestá esperando.

Gorka callado lo miró incrédulo al escucharesas palabras, y respondió impávido y aterrado con palabrasentrecortadas: gracias señor, gracias. Se quedó unos segundos pensativoyéndose con la mente al lugar donde vino a este mundo hace 43 años, enun pueblo caluroso en el Valle del Cauca, con un médico que llegó a lacasa de su padre a la una de la tarde y se bajó con toda la parsimoniadel automóvil Opel, de color verde oliva, un hombre llamado, por cosasdel extraño destino, Baltasar de los Ríos, quien golpeó tres veces enla puerta sin prisa alguna.

Este médico calvo usaba anteojosredondos, camisa blanca de manga larga, pantalón kaki, maletín ycorbatín negros; entró saludando parco por tartamudes de un susto en lainfancia y sacó los instrumentos necesarios, los organizó sobre laimprovisada mesa y ayudó a la joven mujer a dar el último empujón finalpara que Gorka empezara su vida y la misión encomendada en este mundo yllegara con un llanto que aún hoy en día no termina después de 43 años.

Caminaba los largos y silenciosos espacios de la Clínica parallegar a las escaleras que lo llevarían al sótano del edificio donde lapuerta siempre estaba abierta y lo esperaba la muerte.

Descendiendolentamente las escaleras pensaba cómo reaccionaría frente a lodesconocido. Así, poco a poco, contando los escalones en medio de lasemioscuridad y del frío que lo invadía llegó al final de la escalera yallí estaba el cadáver de su único amigo y de su gran héroe después detodo lo vivido y conocido en este mundo.
Frente a él estaba su padre, solo en grimas, sin nadie más en este mundo dentro de una bolsa plástica de color azul.

Cuando lo vio le impactó lo pequeño que estaba su cuerpo.

Parecía el cadáver de un niño. Dudó por un momento que fuera el cuerpode ese gran hombre que había sido su padre... observó detenidamentetodo a su alrededor y vio el cierre metálico de la tula plástica queiba de la cabeza a los pies y sin pensarlo dos veces lo abriólentamente.


Le miró la expresión de la cara, la posición delas manos sobre el pecho, lo tocó y todavía estaba tibio. Le organizóel cabello con ternura, y sonrió al recordar el último corte punk quele había hecho dos semanas antes y que ahora lo acompañaría en su viajea la eternidad.

El cabello blanco estaba aún brillante y Gorkamiraba en la expresión de su padre una paz serena y profunda igual queel silencio eterno de las majestuosas montañas y los fértiles vallesque con él recorrió cuando era niño.

Escuchaba, mientras loobservaba, sin afán alguno los sonidos de las lluvias y los truenos, elruido de las cañadas y las aguas al caer entre rocas bajando de lasmontañas, sentía el canto de los pájaros que él le enseñó a distinguire imitar en las auroras, sintió el olor a tierra mojada; se volvió aquemar en ese instante los pies con el calor de la arena del océanoPacífico cuando él lo llevó a conocer el mar, el canto del nuevoamanecer y de todos los pájaros de sus selvas estaban allí a su lado yninguna lágrima salió de sus ojos mientras lo abrazaba por última vez.


Seacercó a él y lo abrazó de nuevo como tantas veces y... le dijo casi ensecreto como aquellos sonidos al amanecer traídos con la nueva brisa:Papá, no te preocupes, tus últimas palabras están guardadas en mimemoria, tu ejemplo de hombre intachable será mi mejor compañero, yrecordaré en cada segundo de mi vida lo que hace sólo unas horas medecías: Hijo, de mí dirán todo lo que quieran, podrán hablar lo quequieran, pero nunca podrán decir que fui un hombre corrupto.

Que vendí mi conciencia por esos malditos dólares.

Nunca podrán decir que fui un contrabandista de armas, de repuestos, delicor, cigarrillos, que fui un prestamista o agiotista, que fui unavaro, un tahúr y mucho menos podrán decir que fui testaferro demafiosos o políticos ladrones y corruptos que tanta desgracia todosellos le han traído a nuestros pueblos.

Continua ...



Carlos Echeverry Ramirez (Colombia)
www.carlosecheverryramirez.org
fitofeliz@hotmail.com

Carlos Echeverry Ramirez



Para Catico y Martina

Nuestros perros ladran...

 

 

Al bajar de la montaña y mirando el valle jamás penséque esas cosas pudieran pasarme.

 

-¡Llovió por estos lados!, dijo  Catalina, bajando el volumen de la música. Yal observar que la carretera estaba húmeda disminuí la velocidad del MercedesBenz.

 

Sorpresivamente al frente del automóvil frenópeligrosamente un jeep con pasajeros. Reaccioné de inmediato y traté de pararmi carro. Pero el  Mercedes se deslizósobre el asfalto y mientras lo hacía una joven mujer salió del borde de lacarretera para montarse en el jeep.

 

En décimas de segundos y tratando de eludir elaccidente y para no matar a la mujer tiré hacia la izquierda el viejo auto y loestrellé contra el jeep en el lado izquierdo trasero con el lado delanteroderecho del automóvil. Siendo la farola lo único grave del accidente entre losdos vehículos.

 

La mujer que estaba subiendo al jeep perdió laestabilidad en el tremendo susto y cayó a un lado de la carretera.

 

En otro lugar arriba en la montaña, y a unos veintemetros de altura y del lugar de los hechos narrados, en un improvisado rancho ydesde una de sus rústicas ventanas -de donde cuelgan geranios en tarritosmetálicos- Juan, el esposo de María, segundos antes al despedirse le habíaenviado con su mirada y con un gesto cariñoso un último beso y un adiós.

 

María iba muy feliz al hospital para el control de sucuarto mes de embarazo. Llevaba varios días haciendo planes para el futuro desu bebé, acariciando su barriguita diariamente y diciéndose en compañía de lafresca brisa de los atardeceres mientras esperaba cotidianamente que su esposoregresara de la fábrica donde trabajaba como obrero especializado.

 

-Hijo mío, cuando crezcas tienes que ser un líder.

 

-¡O lo que sea!, quiero que seas un hombre bueno ysiempre ayudes a la comunidad.

 

-¡Siempre, serás un hombre de paz!

 

De esta forma María se entretenía en las horas conlos rojos y amables atardeceres, cuidando las plantas de legumbres y bellasflores de su jardín.

 

Cuando se sentía bien se iba con otras mujeres amigasy vecinas a trabajar la agricultura en el Jardín Comunitario que la gente de lavereda, después de mucho esfuerzo, habían logrado establecer.

 

En el momento del accidente, y desde la distancia,angustiado la vi caer sobre la hierba a un lado de la carretera. Recuerdo quereaccionó levantándose de inmediato.

 

Nítidamente observé entre las imágenes sus ojosbuscándome con la mirada suplicante mientras escuchaba aterrorizado los gritosde la gente que iba en el jeep.

 

Me bajé del auto como un loco y corrí hacia ella.

 

La abracé, y le pregunté si estaba bien.

 

Me miró en forma extraña y con dificultad para estarde pie.

 

Después, poco a poco, me fue hablando angustiada ymuy despacio -por su dificultad para respirar- mientras yo iba sintiendo unatristeza nunca experimentada en mi vida. Miraba con pánico cómo ella,desorientada y con terror, trataba inútilmente de proteger su vientre con lasmanos. Para terminar diciéndome estas palabras:

 

-¡Tengo mucho dolor aquí!

 

En ese momento comprendí que estaba en embarazo.

 

De repente, y sin darme cuenta de nada, llegarondecenas de personas. Entre ellas un grupo de hombres armados los cuales meencañonaron y olieron mi aliento.

 

Querían saber ellos si el conductor del auto estababorracho.

 

Se calmaron. No era la irresponsabilidad de unconductor ebrio.

 

Las aspas del radiador, que enfrían el motor delautomóvil, habían quedado golpeándolo causando un sonido repetitivo queaumentaba la angustia que sentían en el lugar del accidente todas las personasque presenciaban los dramáticos hechos.

 

Catalina, mi esposa, asustadísima y temblando, comopudo y en medio de su trauma por el accidente no sé cómo logró apagar el autopara acabar con ese sonido infernal de las aspas del motor golpeando elradiador.

 

Juan, el esposo de María, con sus amigos y vecinos dela invasión y rodeándome con cuchillos, machetes y armas de fuego, nos dijeronque debíamos trasladarla rápidamente al hospital.

 

Entre todos los hombres corrimos el radiador ypusimos en marcha el automóvil. Tres de ellos venían con nosotros para evitar,según ellos, que escapáramos del lugar del accidente.

 

Al llegar lo más rápido posible a un pequeñohospital, y el más cercano al sitio de los hechos, un médico la examinó, y nosdijo a todos que aparentemente no había golpe alguno en el feto y que tampocoexistía sangrado. Sin embargo la remitió al Hospital Central del Seguro Social,para que estuviera en observación intensiva bajo el cuidado de un especialista.

 

En el hospital del Seguro Social, y con todo sucorrupto sistema administrativo y operativo que lo acompaña, nadie la queríarecibir.

 

Sin embargo por intermedio de mi primo, el cirujanoplástico, más la presión de toda la gente armada que nos acompañaba logramosque la ingresaran en la sala de urgencias lo más rápido posible.

 

María en el hospital, y con calma impresionante,miraba la angustia y el caos de todo este mundo a su alrededor.

 

Yo sigo sin encontrar palabras para describir lo quesentía en esos interminables y angustiosos minutos que estuve con ella y con suesposo esperando desesperados que ella fuera atendida.

 

Al llegar la noche, y después de que María quedó enestricta observación y cuidados intensivos, fuimos con Juan a la casa dondevivíamos Catalina y yo en el barrio Versalles, de la ciudad de Cali, y nossentamos en nuestra amplia y cómoda sala. Sincerándonos el uno al otro le pedía Juan que por favor entendiera que lo sucedido había sido un accidente y quenunca fue mi intención causar daño a su mujer con el automóvil.

 

Que ella y su bebé no corrían peligro alguno.

 

Al día siguiente y en la noche, después de haberestado en la mañana con María en el hospital, en nuestra casa los perrosladraron en forma extraña.

 

Miré desconfiado por el orificio de la puerta y erael esposo de María. Cuando abrí la puerta, repentinamente y aterrorizado mesentí empujado al interior de mi casa por varios hombres armados.

 

Segundos más tarde supe que lo que querían eranegociar conmigo el daño causado a María en el infortunado accidente.

 

No sé por qué, pero no sentía miedo alguno. Muytranquilo los invité a la sala de mi casa y saqué una botella de ron, lesofrecí un trago, el cual tomaron gustosamente. En ningún momento brindamos pornada.

 

Catalina no estaba en casa. Alfredo salió minutos mástarde de su habitación y se puso pálido cuando vio los siete hombres armados con caras de asesinos, y conautomáticas y metralletas Uzis en la sala de la casa muy tranquilos bebiendoron.

 

Saludando atemorizado, el pobre alemán, se sentó enmedio de todos los hombres.

 

Así, únicamente en la compañía de Alfredo frente aestos hombres, sólo me quedaba preguntar:

 

-¿Qué quieren?

 

El jefe de los hombres armados respondió:

 

¡Dólares!

 

-¿Cuánto dinero quieren?

 

Y, con todo el cinismo del caso me pidieron una cifraextraordinaria. Cantidad que no tenía y la cual, si hubiera pedido la ayuda demis padres, jamás hubiéramos podido reunirla.

 

 Después deotros tragos de ron y tratando de calmar la tensa situación, y mirándonos losunos a los otros con perpetua desconfianza, logré bajar la suma que ellospedían a una modesta suma y que estaba de acuerdo a mis ingresos.

 

Quedando en que yo al día siguiente les entregaría lopedido.

 

 

El día martes Juan, el esposo de María, regresó conel líder del grupo armado a recoger el dinero.

 

Habiendo llegado dos horas antes del banco ycumpliéndoles con mi palabra entregué la suma indicada.

 

El jefe del grupo poniendo la metralleta Uzi sobre lamesa y, con toda la parsimonia del caso, contó uno por uno los dólares y sefueron sin decir palabra.

 

Absorto me quedé mirando a Catalina en silenciocuando los hombres se fueron. No pensé en nada mientras me acostaba en una delas hamacas multicolores. Acostado allí de inmediato me invadió una tristeza ydepresión indescriptibles al recordar a María en el hospital contándome sussueños para con su futuro bebé.

 

Mientras tanto María, en el hospital, arreglaba laspocas y sencillas pertenencias en una pequeña maleta prestada a la carrera porla vecina a su mamá y que le había llevado el día anterior para meter suscositas personales.

 

Muy resignada iba colocando las prendas una por una yen la misma forma que empacó meticulosamente las dos únicas muditas de ropa quetuvo en aquel entonces para pasar su feliz luna de miel.

 

Suspirando se decía:

 

-¡Ah tan cortica! ¡Sólo un fin de semana!

 

Y con nostalgia en la sonrisa recordó cómo fueron losdías cuando, también por primera vez, conoció:

 

No el miedo ni un hombre, sino el mar Pacífico.

 

Y los recuerdos le trajeron a la memoria la música dela canción de:

 

“Bello puerto del mar, mi Buenaventura”.

 

-¡Ay mi Dios, ayúdame!

 

Decía mientras seguía inconscientemente acariciandosu vientre y terminando de empacar sus escasas pertenencias.

 

Su señora madre regresó al rato para recogerla ysalir del hospital.

 

Y luego tomar un bus con dirección a la montaña.

 

A la carretera con dirección al mar. A su ranchoalegre en la invasión; y donde estaba aquel lugar siempre rodeado y lleno deflores, con el bambú y las paredes blanqueadas a punta de cal iluminando a todahora los pisos de tierra siempre limpios.

 

Los días siguientes después de este accidente para mífueron una pesadilla total. Poco a poco iban volviendo a su rutina normal losdías cuando a las tres semanas y todavía con el trauma psicológico del accidentey de haber visto y conocido cómo fácilmente la vida se nos va de las manos ymás aún, o peor, la vida de otra persona por algo tan simple como lo que mesucedió a mí con el automóvil; nuestros perros ladraron otra vez.

 

Y me di cuenta, inmediatamente, que eran los hombresarmados. Abrí la puerta de mi casa y eran los mismos siete hombres y Juan quelos acompañaba.

 

Estaban allí otra vez para contarme que María habíaperdido el feto de su feliz embarazo a causa del accidente.

 

Me desplomé en el sofá al escuchar la noticia, mellevé las manos a la cabeza y les pregunté angustiado:

 

-¿Ahora qué quieren?

 

-¡Mátenme si quieren!

 

Escuché que le quitaron el seguro al arma asesina, yel hombre con voz envalentonada me grita:

 

-¡Queremos más dólares!

 

En esta ocasión querían la suma pedida la primeravez.

 

No teniendo más alternativa que recurrir a mi viejofui a su casa muy angustiado. Mi padre muy preocupado por lo sucedido y ladesesperante situación fue al banco, hizo un préstamo y regresó con el dinero.

 

Al día siguiente los hombres armados volvieron y enesta oportunidad sin decir palabra de sobra contaron alegremente los dólares. Yse fueron tranquilamente, sin prisa alguna y sin mirar atrás.

 

Seis meses después del accidente, y siempre, tratandode no recordar lo trágicamente sucedido, continuaba con mi rutina habitual dedictar clases de nueve a doce y de tres a seis de la tarde en nuestra Escuelade Diseño Industrial de Moda, en la ciudad de Cali cuando, aproximadamente, alas diez de la noche...

 

Y mientras escuchábamos Carmina Burana, los perrosvolvieron a ladrar en forma desconocida.

 

-¡Dios mío, otra vez los hombres armados!

 

Me dije, mientras caminaba la larga distancia de lasala, con sus hamacas, a la entrada de la casa.

 

Decidido y sin arma alguna abrí la puerta.

 

¡Qué gran sorpresa me llevé!

 

Allí estaba una anciana cuyo aspecto me era conocido.

 

Con cabello blanco, nariz aguileña, ojos grises ymirada inquisidora.

 

A pesar de lo tarde de la noche y de su mirada, lacual me puso muy nervioso, amablemente la saludé y le pregunté:

 

-¿Señora, en qué puedo ayudarla?

 

¡Muchísimo!, Señor Cato, contestó con voz segura.

 

-¿Me permite entrar en su casa?, dijo muy pausada.

 

Al escuchar mi nombre me asusté.

 

-¿Cómo lo sabe?, me pregunté.

 

Por cortesía y respeto a su edad le contesté:

 

-Bien pueda, pase usted señora.

 

-¿En qué le puedo servir?

 

Le pregunté como habitualmente lo hago con toda lagente que conocía bien.

 

Después de sentarse en la sala se ensimismó y poco apoco empezó a mirar bien y con atención todos los rincones de la casa llenos deflores y en forma especial las orquídeas y azucenas que colgaban del techo.

 

En forma muy digna y apenada fue jalando su sencillafalda y cubrió bien las esqueléticas rodillas de su ya extenuado cuerpo.

 

Le ofrecí un café, los perros más tranquilos dejaronde ladrar. Después me excusé y fui a la cocina y cuando regresé con el cafépreparado Catalina, mi esposa, que ya había salido de la habitación al escucharla algarabía de los perros, a esas horas no esperadas, estaba conversandorespetuosamente con la anciana. Con curiosidad y mientras ponía el azúcar en sucafé le pregunté:

 

-Señora, ¿en qué podemos ayudarla?

 

La anciana, ahora con orgullo y mirando fijamente, merespondió:

 

Quiero que conozca Señor Cato, que yo soy la mamá deMaría… La mujer que sufrió un accidente con usted.

 

Vengo a decirle lo siguiente:

 

El dinero que esos hombres armados le robaron

 

¡Jamás tuvo mi consentimiento!

 

Yo nunca supe de ello, ni María tampoco.

 

Nosotras dos, ¡No somos así!

 

Las únicas mujeres de la casa, ¡No hubiéramosaceptado ese chantaje!

 

¡Porque un accidente es un accidente!

 

Y usted no tuvo la culpa de lo que pasó ese día.

 

Esas son cosas que trae la vida y hay que tomarlas yaceptarlas así.

 

La anciana respirando profundo tomó otro sorbo decafé, despacio y con la mirada penetrante recorrió lentamente toda la casa, susrincones y sus plantas epífitas, mientras yo intrigado la observaba.

 

Finalmente suspirando y con una larga exclamacióndijo:

 

¡Ah… Señor Cato!, para ese tipo de accidentes losricos nunca pierden. Para eso tienen sus compañías de seguros.

 

-Perdón señora, yo no soy un hombre rico, ni creo quealgún día llegue a serlo, no me interesa.

 

La señora de forma extraña empezó a decir unas frasesincoherentes que me dejaron aterrado.

 

-Y que midiosito santo no me castigue por maldecir.

 

Yo nunca he querido ni he aceptado la moral de esedemonio maldito llamado en estos tiempos modernos ¡el dólar!

 

Ese dólar maldito que tanto daño ha causado anuestros pueblos con esa cultura de Satanás. Dólar del diablo, dólar maldito,maldito sea.

 

Yo sólo venía a pedirle algo muy especial y sencilloa ustedes dos.

 

Y no sé si usted pueda y quiera.

 

Pero... como nosotros, ¡no tenemos una máquina decoser!

 

Pensamos María y yo que usted, entre sus amigos ricosy conocidos, quizás me puedan ayudar a conseguir una maquinita de coser a unprecio cómodo.

 

Señor Cato, y ¿por qué no?, y ¡mejor!

 

¡Que me la vendan para pagarla a placitos! ¡Así no ledebo favores a nadie!

 

-Yo me quedé aterrado y estupefacto con lo escuchadoy sugerido por la digna anciana de ojos grises.

 

Mientras salía de la grave perturbación de revivirtodo lo pasado en esa amarga y dolorosa experiencia del accidente y el terrorque sentí cada segundo que estuve recogiendo a María en el lugar del accidentey luego en el hospital y después con los hombres armados listos para asesinarmerespiré profundo dos veces, me fui al baño para orinar y después al regresar meserví un trago de whisky doble.

 

Así, impávido, y todavía sin creer lo escuchado, lepregunté a la señora anciana -dígame señora, ¿María cómo está?

 

Después de un contagioso y largo silencio, mientrasla anciana se concentraba mirando todo a su alrededor, las niñas de sus ojos sele escapaban entusiasmadas, contentas y llenas de alegre vida otra vez y, talvez, como en los años felices de su remota infancia en un pueblo de esos deloriente de la Antioquia grande.

 

La digna anciana con sus huesudas manos se arreglaba,de nuevo, el largo de la falda, para respondernos pausadamente y muy serena,dando fabulosos brincos entusiasmados en la expresión de sus ojos, ahora, deniña pura.

 

-María está muy feliz.

 

-¡Es todo lo que les puedo decir!

 

Y se quedó de nuevo unos interminables segundos ensilencio esta vez mirando al Tao, mi perro favorito.

 

-¡Sí, Sí, María está ¡muy feliz! ¡Muy feliz!

 

Sorpresivamente dijo: -Señor Cato y usted señoraCatalina, me duele mucho lo que les tengo que contar, pero... Si supieran cómorecuerdo aquella noche...

 

Y la señora se quedó en silencio ensimismada otra vezy yo más sorprendido  cada instante quepasaba con esta anciana extraña. Por lo mismo y sin pena alguna y al escucharlo narrado, le pregunte:

 

-¿Cuál noche? Haber Señora por favor... cuéntenos.

 

-Esa noche aquella, larga e inolvidable noche, en quemi querida hijita perdió su bebé.

 

Era una noche bella de luna llena, y qué bien que larecuerdo.

 

Era una noche muy extraña también, porque ese día lascigarras cantaron como locas y en todas las horas de la tarde.

 

Ese día y como cosa extraña me sentía muy sola. Lanoche y los vientos de ese amanecer eran tibios y húmedos, normalmente sonfríos y secos, también había bello trinar de pájaros y en la aurora laatmósfera olía a mango dulce y recuerdo muy bien, como si fuera hoy, cuandoMaría me despertó.

 

-¡Mamá, Mamá!, esas palabras y lamentos de un llamadode hija a la media noche y como si esas voces angustiadas y lamentos queparecían eternos en esos instantes fueran nacidos de esa misma oscuridad, ycomo la brisa que me acariciaba me causaron una angustia enorme y un pánico ymiedo que nunca había sentido.

 

La anciana para de hablar. Catalina y yo la mirábamoscon el Alfredo, todos aterrados con el relato, ella miraba de vez en cuando lasazucenas y orquídeas que cuelgan del techo de la sala.

Hace una pausa, nos mira y luego continúa el relato.

 

-Sí, a las tres de la mañana, más o menos, escuché:

 

¡Mamá! ¡mamá, por amor a Dios, por favor ayúdeme!

 

Asustada corrí donde ella, llegué donde estaba, y lavi entre las sombras y en la penumbra de la noche con la tenue luz de la lunaque entraba por la ventanita del cuarto.

 

Allí la encontré tratando de levantarse de la cama yapretándose desesperada el vientre con las dos manos.

 

Yo con mi experiencia de todos estos años vividos ycon siete hijos muy bien paridos pensé...

 

¡Ay! ¡Mi pobre hija va a perder el bebé! Y más corríhacia ella.

 

Después, apoyándose en mi brazo y con Juansosteniéndola por el otro, logramos salir del rancho caminando a través delpatio para llevarla a la letrina. Teníamos a la luna iluminándonos y quizáscomo único testigo.

 

-Mi vida, mi amor, tranquila aguanta, ya todo pasará.Le decía yo cariñosamente. Cuando de un momento a otro...

 

¡Ay Dios mío! ¡Dios mío!, se le vino el fetico enmedio de una gran hemorragia, ella, muy valiente, valiente y no sé cómo hizo,lo alcanzó a agarrar antes que cayera al piso.

 

La anciana levantándose de la silla camina un poco ynos explica todo lo sucedido esa noche por medio de gestos con las manos yangustiosos cambios de expresiones en la cara.

 

-Ella, María, mi hija, mi primera hija, lo alcanzó acoger entre sus piernas con sus delicadas manos y segundos más tarde, llorandoa gritos al infinito en medio del dolor que sentía me dijo con sus palabrasentrecortadas y convertidas en la dulce brisa de aquella apacible noche:

 

-¡Mamita! ¡Mamita!, tráeme ya y rápido el trapito desatín blanco y la toallita tricolor que tengo en el nochero.

 

Yo, una anciana ya...

 

¡Míreme! mírenme todos, Señor Cato y Señora Catalina,me llené de ¡dolor, sí de dolor, de dolor!, y llorando, llorando con un dolorde madre desconocido para mí hasta ese día y hasta ese entonces de todos mislargos días de esta amarga vida, y sintiendo el dolor infinito de mi hija,regresé corriendo rapidito con la luz de la luna al rancho.

 

Adentro prendí la única vela que nos quedaba.

 

Y sacando el trapito de satín blanco y la toallita ycon ellos en mis manos, estas manos, que usted puede mirar bien, ya cansadas dedar ejemplo de trabajo a todo el mundo, regresé a la carrera otra vez, donde mihija María estaba y llevaba también en la totuma un poco de agua fresca conazúcar.

 

Al llegar me senté junto a ella y se recostó junto amí, luego se lo di a beber con mis propias manos.

 

Llorando desconsolada mi pobre hija tomó el trapitoblanco y la toallita, luego despacito, muy despacito, envolvió con toda suternura y amor infinito el fetico ensangrentado con ellos.

 

Lo abrazó largos segundos junto a su pecho mientraslloraba desconsolada y miraba desafiante hacia la luna.

 

-La señora nos clava la mirada de sus ojos grises, yme dice:

 

No sé, de dónde, Señor Cato, hoy en día todavía mepregunto:

 

¿De dónde?, y con esa hemorragia que tenía y quemostraba la sangre en la batola de dormir mi hija.

 

Yo me pregunto a mis años de ¿dónde sacó la fuerza?¿De dónde sacó esas fuerzas increíbles para caminar como una leona herida todaesa distancia, que hay desde el rancho… hasta el Jardín Comunitario?

 

Allá en ese lugar apacible del Jardín Comunitario,con sus propias manos y las uñas llenas de sangre, cavó con una de ellas unhueco en la tierra de unos veinte centímetros de profundidad; mientras sosteníaen la otra, su fetico ensangrentado envuelto en el trapito blanco y la toallitatricolor.

 

Ella, mi hija, esa leona herida, con movimientosllenos de ternura y dolor sin límites, fue llevando lentamente el feto a supecho por última vez en su vida.

 

Allí, en su pecho, con los pezones bellos, crecidos ytristes; esperándolo inútilmente para siempre, y observándolo todo, comotestigos mudos e impotentes de su dolor ante el mundo. Allá, en el JardínComunitario, ella, mi María, lo abrazó largos instantes con todas sus fuerzas,y luego dando un envolvente e interminable grito celestial a todo este mundoinvadido por la maldita violencia lo empezó a depositar muy despacito, muydespacito en la muy negra y siempre fértil tierra de estas majestuosas montañasy valles de la cruel y triste Colombia, mientras gritaba enfurecida a la luna yal universo su desgracia y su dolor.

 

Con el fetico ya puesto en la tierra lo empezó atapar lentamente con sus manos mientras lo observaba y lo guardaba para siempreen su alma, mientras poco a poco la imagen desaparecía de este mundo por latierra que ella iba poniendo encima.

 

De esta forma lo cubrió poco a poco con la negranoche y siempre grata tierra. Mientras seguía llorando desconsolada y mirandoahora como mujer y más desafiante que nunca, a su alrededor, a la luna y altriste mundo.

 

Yo la dejé por unos minutos y cuando regresé con másagua con azúcar en la mismita totuma me decía en medio de imparables sollozos-que me hicieron pensar que mi María se me había vuelto loca-.

 

-¡Mamá!, ¡Mamá!

 

¡Ya veraz cuando crezca!,

 

 

¡Será un hombre bueno y siempre útil a la comunidad!

 

¡Será un hombre que ayude a todo el mundo!, ¡sinegoísmos!

 

¡Será un hombre de Paz!

 

Abrazándola muy duro, y con todas mis fuerzas y sinencontrar la ternura y el amor suficientes en este infeliz y desgraciado mundopara calmar su dolor logré sacar de la inmensa rabia, frustración y odio quesentía en esos instantes para escasamente también decirle en medio de mi llantoy llena de nuevo coraje:

 

-¡Mija, mi vida!, tus lágrimas ya humedecieron parasiempre la tierra que el hombre nuevo en Colombia y Latinoamérica necesita paracrecer.

 

-¡Vamos, vida mía!, ¡vamos a dormir!

 

-Te lo suplico, María ¡ven mi vida!

 

No me respondía, era sólo sollozos.

 

La levantamos, y a rastras la llevamos a través delpatio hasta el rancho y la pusimos lentamente en la cama.

 

Estando acostadas las dos y abrazándola con todas misfuerzas volvió a tomar un poco más de agua con azúcar en la vieja totuma y enpocos segundos estando abrazadas y cogidas de la mano, mientras Juan nosobservaba asustado, se quedó dormida.

 

No puedo contar o describir qué sentía en esos momentos.

 

Minutos más tarde, después de haberme acostado y enla soledad de mi cuartucho, pensaba en lo duro que es la vejez para las mujerescuando estamos ya viejas, con artritis en las manos, muecas, llenas de arrugasy feas. Y peor aún, cuando somos pobres y creemos que no hemos hecho nada devalor en este mundo. Cuando sobramos en todas partes, cuando estorbamos entodos los lugares y rincones que ni toser nos dejan o podemos. Y que sentimosque ya no somos útiles o nos hacen sentir inútiles para todo, que ya ancianassomos un fracaso al final de nuestras vidas, que ni para pagar un entierro desegunda y en cementerio de pobres tenemos.

 

Por todo eso anterior, me entró un no sé qué. Undesespero, un acelere, una sensación extraña, una angustia desconocida y sinpensarlo dos veces me fui directo a la cocina del rancho. No me importaba laoscuridad de ese momento, nada me importaba, y allí con la poca luz que entrabapor la ventanita del cuarto encontré por fin el cabito de la vela que aún nosquedaba.

 

Estaba desesperada porque los cerillos se habíanhumedecido. Trataba y trataba de prender uno, ya llegando al final de la caja,¡por fin un cerillo prendió!

 

Y luego con la luz del cabito de la vela me puse abuscar, a ver..., sí, a ver... si la suerte me acompañaba y -midiosito santo-,si al menos encontrara uno.

 

Después de algunos minutos de buscar entre todos lostarros ya vacíos por falta de granos, encontré uno. Un frijolito.

 

El único que nos quedaba. ¡Bendito sea mi Dios!

 

Cuidadosamente lo puse en mis cansadas manos yapretándolo duro para que no se me fuera a perder salí corriendo llena deentusiasmo al Jardín Comunitario.

 

En el jardín miré a la luna e increpándola por losucedido a María, y llena de extraña amargura y sentimiento que no sé qué era,hice un hueco en la tierra.

 

Creo que lo hice quizás con odio y no sé por qué,pero me sentí también llena de fe y de firme esperanza en el porvenir sembrandoel frijolito en la mismita tierra, al lado donde María, ¡mi hija!, ¡mi vida!,mi leona herida enterró su fetico bien humedecido con el llanto.

 

En la fértil tierra del Jardín Comunitario para queel frijolito creciera para siempre acompañado del dolor infinito que ellasintió esa noche.

 

Señor Cato y Señora Catalina, sólo vine esta noche adecirles, que siento una emoción que no sentía desde hace ¡muchos y muchosaños!

 

María está en embarazo otra vez y hoy, seis mesesdespués que sembré esa planta de fríjol en aquel jardín, ¡esa planta esgigantesca y divina!

 

Todos los compañeros, vecinos, los ancianos, mujeres,hombres y todos los niños del Jardín Comunitario cogemos nuestros frijoles deella.

 

Y… lo más extraño… ¡parece un milagro! Y aunquemuchos no lo crean por siglos, ¡es que esa planta! ¡siempre!, ¡siempre tienefrijoles!

 

¡Y siempre tendrá para todas aquellas familias quetengan hambre! 

 

 --------------------------------------------------------------------

Barcelona - España

 

Octubre 7 de 1998

 

©1998-2008CarlosEcheverry Ramírez

 

COLOMBIA

 

www.carlosecheverryramirez.org

 

fitofeliz@hotmail.com


Sentimientos Encontrados--Autor: Carlos Echeverry Ramiréz

 


Reservados todos los derechos de Autor ante CIPO  Y WIPO


www.carlosecheverryramirez.org


Sentimientosencontrados

 

 

Martina estaba sola leyendo un libro enla recepción.

Costumbre que tenía para guardar ladistancia con gente desconocida en los lugares conocidos.

La observé en silencio y me puse ameditar unos instantes en las últimas noches de nuestros mejores años. Momentosy cosas que si me pusiera a explicar con detalles sus causas y efectos ennuestra intensa relación pasaría mucho tiempo sin poder llegar a describirlos.

Jamás pude olvidar tantas palabras deamor, tantas promesas perdidas en la distancia y más tarde el silencio que estoobliga.

Contento, por encontrarla, me fui acomprar una cerveza en la máquina que había en la recepción.

Me senté a mirar las otras personas queentraban y salían. Luego seguí observándola en silencio y sin que notara mipresencia. Su físico no había cambiado mucho. La expresión de su rostro eradistinta. Parecía triste. Muy ausente, o quizás como los otros seres en estemundo, desesperados, y buscando alguien con quién mitigar sus miedos y nuestrasausencias.

Al mirarla, después de tanto tiempo sinverla, pude observar que su cabello mostraba las primeras canas de una mujer enla crisis existencial de los treinta años.

Estaba más delgada y parecía también muypreocupada.

Pero, ¿qué preocupación podría tener?

Ella, hoy en día, vive con holguraeconómica porque su compañía, de biotecnología, es una de las líderes en elárea y además cuenta con una herencia que le permite vivir tranquilamente delas rentas.

¡Ah! y se me olvidaba… un esposo ideal.Según su querida Madre.

No queriendo especular más de su actualsituación y mucho menos sobre su apariencia física, acabando el cigarrillo y lacerveza, fui ansioso donde estaba sentada.

Me paré frente a ella y le hice con eldedo en mis labios el gesto de no hablar.

Allí, en uno de los salones de larecepción y con un ligero temblor en mis manos por el miedo que sentía deencontrarme de nuevo junto a ella y como si fuera un hombre completamentedesconocido frente a la extraordinaria mujer que había sido el gran amor de mivida, y como uno de esos amores sentidos en los amaneceres o atardeceres, o entodos los momentos, y en los largos años que se comparten juntos, me paréfrente a ella trémulo y angustiado.

En silencio total nos miramos largos einterminables segundos. Desnudándonos el uno al otro con los ojos. Nosmirábamos las cansadas manos, nuestras risas lejanas, las nuevas y recientesarrugas y todo aquello que habíamos vivido y sobrevivido en los inolvidablesviajes que juntos habíamos hecho por diferentes regiones del mundo. Conociendoen ellos personajes de la alta y baja sociedad, y… con los más mezquinos serespara los cuales necesitaría mínimo otros veinte años para contar, si acasoexistía en ellos rasgo de alguna virtud.

En ese momento, después de tantos añossin vernos, estábamos el uno frente al otro, sentados en la recepción de unhotel, insinuándonos con las miradas las cosas que durante todos esos años deausencia jamás pudimos expresarnos con palabras.

Muy nervioso me senté junto a ella ylentamente tomé sus manos y sin hablarle le di un beso en la mejilla.

Sin poder decirle lo que estaba sintiendotan intensamente en esos segundos -que la quería besar toda y sentirlaíntegramente mía- que la quería besar como en aquél entonces. Cuando juntoscompartimos el mismo aposento y el mismo colchón viejo tirado en el suelo sin ningúnprejuicio ni preocupación alguna en nuestra sencilla habitación de la antiguacasa llena de flores naturales pendientes del techo y que llenaban de alegríatodos esos aposentos.

En esa casa y en el salón principal entrelas hamacas multicolores teníamos en el piso una caja de madera con formarectangular y angosta, que la mayor parte del tiempo estaba cubierta con unbello mantel blanco que fue tejido a mano durante nueve meses por mi querida yextrañada suegra.

Esa caja rectangular y angosta de fina maderaera algo fantástico y alucinante para mis amigos, cuando en esos tiempos y enesas noches de ágapes hasta el amanecer y después de habernos tomado variasbotellas de whisky y de ron empezaban ellos a indagarme, en medio de carcajadasy mirando entre sus borracheras bien paranoicas, por la rectangular y angostacaja de madera.

Para preguntarme en medio de las risas ycon incredulidad al amanecer:

¿Qué hacía yo con un lindísimo ataúdcubierto con un delicado mantel y sin ningún muerto dentro de él?

La respuesta que daba a mis amigos yconocidos que nos visitaban en forma permanente era la misma que en todas lasoportunidades respondía con Martina a los hombres, aquellos de la aduana. Quecon sus pesadas botas militares trabajan en los aeropuertos.

-Señor ¿usted qué trae ahí en esa caja?

Y yo por mamarles gallo a esos rutinariosy predecibles hombres que su única labor en este mundo consiste en mirar lasintimidades y suciedades de la gente, las bragas asquerosas, las medias con malolor, y la ropa sucia transportadas en una lujosa o en una infeliz maletacomprada a crédito o en una valija prestada por el vecino o también llevadas aveces en una desbaratada y humilde caja de cartón, si se viaja de África o deHispanoamérica.

Estando con nuestra rectangular y angostacaja, y que parecía un bello ataúd, al pasar frente a esos funcionarios queactúan según sea el personaje, y tomando la actitud apropiada si el pasajeroque llega es un hombre humilde y que con dificultad se puede expresar en sumismo idioma por el miedo, la intimidación y el terror que siente al tener quepasar por la tortura sicológica y sistemática de las preguntas inquisidoras deestos funcionarios uniformados, armados y sólo educados y entrenados pararecibir órdenes, sea la que sea… sin cuestionar alguna de ellas.

Nosotros en esos momentos conocíamos muybien algunas de sus actitudes fascistas, a veces con sólo mirar la expresión desu rostro y escuchar su forma de hablar podíamos saber qué nivel de educacióntenían. Conociendo lo anterior siempre les contestábamos muy serios y a vecescon sonrisa maliciosa cuando nos preguntaban, sin ellos tener siquiera elmínimo y básico respeto humano o un poco de cortesía para decir ¡Buenos días! Ysiempre hablan con voz altanera a quien consideran inferior, según ellos, peroponen voz de servil y arrastrado ser ante los superiores a ellos en jerarquía.

-¿Usted míster, qué trae en esa caja?

-¡Un muerto, sí un muerto!, -contestabayo.

Y nosotros pasmados del susto mientrasellos incrédulos trataban de encontrar ante esa inesperada respuesta unapregunta al origen de ese muerto transportado ingenuamente en la improvisadacaja.

Riéndonos al verlos ¡atónitos yasustados! Les decíamos abriendo con todo el respeto humano posible y la máximaparsimonia del caso, la caja de madera para que estos hombres observaran elmuerto detenidamente…

¡El bello violonchelo de Martina!

Entonces ahora… sentado con Martina en elAlbergue de la Plaza Real de Barcelona y después de tomarme una cerveza mequedo en silencio y empiezo a recordar cuando su querida madre, en uninolvidable día de febrero, vino a visitarnos en el trópico, en la ciudad de laSultana del Valle, en Colombia. Estábamos viviendo lo queuna pareja puede llamar un tiempo feliz, viviendo en la misma casa antigua ygrande, con paredes anchas y varias habitaciones por donde nuestros perrosjugaban todo el día. Los loros al amanecer con sus típicos sonidos despertabanal barrio y un mico llamado “Fausto”, que se volvía loco cuando veía las rubiasmujeres europeas que trabajaban en el Centro Internacional de AgriculturaTropical, y que venían a visitarnos cotidianamente. Felizmente también“vivíamos con el mismito colchón viejo de siempre” y que, años antes, mirespetado y querido padre me regaló como contribución a la difícil misión deser un esposo responsable y eficiente.

Mi querida suegra alemana al llegar porprimera vez al país del llamado Sagrado Corazón de Jesús no hizo el menorcomentario de las bombas cotidianas, las permanentes matanzas, ni de su genteque vive de carnaval en carnaval y de feria en feria y de reinado en reinado,que de pueblo en pueblo, ciudad y ciudad se celebran sin final, para olvidar deesta forma el caos y las masacres colectivas y constantes que se viven allí.

Mi querida suegra poniéndosele la pieldel color del ruibarbo, sólo exclamó en protesta y muy indignada al ver a suhija durmiendo en un colchón tirado en el piso:

Oh my GOD! ¡Peor que losmiserables gitanos!

-Martina, ¿cómo toleras dormir tirada enel piso y en un colchón viejo?

Martina sorprendida por las palabras desu madre me miró en la distancia y con sonrisa irónica le respondió:

Mutti!, no me importa.

-¡Así soy feliz! Aquí en Latinoamérica sevive segundo a segundo la vida y una aprende a que tiene una sola vida para viviry debemos disfrutarla al máximo.

Mi suegra al escuchar tan ilógicarespuesta, según ella, salió disparada sin decir nada donde sus muy sabiasamigas del club alemán. Como siempre, a tomar café colombiano con las famosastortas de chocolate. Cuando regresó del club alemán su cara había cambiado parasiempre y en los pocos días que le faltaban por vivir.

Nosotros sin dar trascendencia al caso oa lo dicho por ella continuamos felices nuestras relaciones en el viejocolchón.

Dos días más tarde mi querida suegraentró en una fantástica crisis maniático depresiva y me tocó montarla a lacarrera en un viejo y destartalado avión con la ayuda de varios amigos ymandándola llenita, llenita de diazepanes y alprozolanes a la pobre viejaalemana, para que se fuera de regreso a la patria del nuevo orden.

Jamás comprendió que en el trópicoalgunos personajes siempre hemos vivido en el desorden y de fiesta en fiesta.

Para mi suegra la Frau Kats eso fuedemasiado. Muchos años después y recordando ahora todos esos momentos conMartina y riéndonos a carcajadas de esas cosas y muchísimas más vividas juntos,le dije tembloroso: -¡Todavía te quiero Martina!

Se turbó, llevándose las manos a la caranerviosamente y lloró por unos segundos.

Terminando sus sollozos dijo tomándomelas manos y apretándolas fuertemente mientras me traía junto a ella y comosiempre lo hizo en los años felizmente compartidos.

-Cato, ¡Yo jamás, jamás te olvidaré!, entodos los segundos, y en cada minuto de mi vida siempre has estado en mí.

Te encuentro día a día y a cada segundoen la risa de los niños, en las orquídeas de mi laboratorio, en el caminarlento de los ancianos cogidos de la mano, en mis ilusiones, en el aire querespiro y… ¡en todo aquello, sí!

En todo aquello que dejamos por hacer.

Por eso hoy y en este momento soyconsciente que te amo más y más, y en cada momento que pasa de mi frustradaexistencia.

Escuchando sus palabras sentí rabia y mellené de melancolía al oír la frase aquélla:

¡Que dejamos por hacer!

Levantándome cogí su mano, y al sentirque el volumen de la música había aumentado al grado que me era imposibleescucharla le dije:

-Amor, Martina, vamos a otro lugar mástranquilo, como en aquellos tiempos.

Cogidos de la mano, y metiendo en ellastoda la fuerza de nuestro corazón fuimos a otro bar cercano.

Allí había poca gente. La música eraagradable y estaba a un buen volumen.

Yo muy conmovido y nervioso pedí lo desiempre, un whisky doble, ella pidió muy ansiosa un coñac.

No hablábamos, sólo nos mirábamos enmedio de tímidas sonrisas y nerviosos gestos mientras dejábamos pasar lossegundos o el imparable momento.

Sorpresivamente Martina se llenó de risasy en medio de unas sonoras carcajadas y sin pena alguna me dijo:

-¡Estás gordo, gordísimo, pareces unmarrano!

Apenado, y tratando de dar una excusa ami falta de disciplina en una dieta balanceada y con fibra le respondí:

-Amor, son los años y la malparida vejezque no vienen solos.

Cuando pararon las risas a mis excusaspor mis doce kilos sobrantes en el cuerpo, y después un largo silencio en elcual habíamos mirado todos los objetos que nos rodeaban en el lugar, mepreguntó en forma directa, sin duda alguna y con entusiasmo desconocido por míen ella.

-¿Serías capaz de volver atenerrelaciones sexuales conmigo?

Al escuchar tan tremenda pregunta ydespués –asustado medité unos segundos- tímidamente respondí:

-Amor, Martina, ¡me da mucho miedo!

-¿Qué pasaría si no es como en aquelentonces?

Por no decirle también que temblaba delpánico.

-Cato, ¡no olvides que ya no somos losdel aquel entonces!

Dijo con ternura.

-¡Por eso me da miedo! Respondí.

Trataba de disimular la angustia y elmiedo que me causaba encontrarme con ella y sacando valor, no sé de dónde, lehablé: Amor, el lugar donde vivo es una pensión llamada “La Gallega” es un lugarde bandidos, putas, ladrones, turistas baratos, pensionados pobres y es la másbarata de Barcelona. No queda lejos de aquí, está muy cerca, en la calle Ampley muy próxima a la plaza La Merced. Pero... no quiero ir allí contigo, porqueese lugar es una porquería y no existe privacidad alguna y tampoco creo que seael lugar adecuado para estar juntos después de estos años sin vernos.

Mirándome a los ojos, me respondió:

-¿Acaso, no hemos conocido la miseriahumana suficientemente como para pensar que sólo tú y yo existimos en estosmomentos y también en todos los años cuando hemos estado juntos? Qué nosimporta la otra gente y los lugares.

-Tienes razón, respondí.

No tenía más excusa.

Mientras las horas pasaban con nosotrosconversando animadamente y disfrutando de tragos de whisky y coñac, y enocasiones con algunas caricias y robados besos, decidimos irnos y sin ningúnprejuicio a la Pensión Gallega.

Nos fuimos caminando solos y en silencio.Como siempre, y recordando todo lo que habíamos hecho y también extrañando loque dejamos de hacer en nuestra pasada relación.

Caminábamos muy juntos y ausentes de losríos imparables de las gentes que venían a caminar en las Ramblas de Barcelona.

Estaba yo sintiendo la dulce brisa deCali y ella recordando las bellas noches con palmeras alegres que danzaban enla fresca brisa de Santa Verónica, cerca de Barranquilla, allá en la costaCaribe, donde siempre pasábamos nuestro tiempo libre.

Al final de una media hora de apaciblecaminata llegamos a la Pensión Gallega.

Pensión de mierda llena ésta de miseriahumana, empezando por la dueña y sus pillos administradores.

Subimos al tercer piso y abrí la puertacon la llave más grande que he tenido en mi vida. Parecía la llave para abriruna iglesia, o un convento; no una simple puerta como era la de la míserahabitación.

Al entrar me metí en la ducha, Martina seacostó en la cama igual que siempre.

Al salir puse la música de Pablo Casalscon sus fugas para violonchelo, bajé la intensidad de la luz, prendí una vela ydestapé una botella de vino blanco. Le serví una copa y brindamos por elfuturo.

-¿Qué éramos?, me pregunté con curiosidaden algunos instantes mientras me duchaba.

Con su mirada me indicaba que estábamosmuy felices; yo estaba muy nervioso, igual que ella; sin embargo tratábamos dedisimularlo y de aceptar que encontrarse con la persona con la cual se conviviópor años y años causa una angustia que a cualquiera lo dejaría propenso a uninfarto, fácil, facilito…

Después de tomarse la primera copa devino me dijo: -Cato, mi amor, sírveme otra copa que me voy a duchar.

Se desnudó delante de mí como siempre.

¡Y… casi, casi, me da el infarto del quehablaba al ver semejante hembra, -tremenda mujer tan bella al frente mío- otravez y después de tantos años!

Martina entró al baño como de costumbre,se duchó y salió desnuda con su cabello recogido atrás con la toalla. Pude vertoda su belleza, su estatura de un metro con ochenta y, ¡yo feliz con misescasos ciento sesenta centímetros!

Sus redondas caderas, la firmeza de subusto, sus bellos pezones; toda, toda… la miré, y pensé: ¡bellísima!

Estaba divina, se veía fresca, yvolviendo a ella la ternura que siempre me brindaba en aquellos años, su risase llenó de espontaneidad.

Volvía a ser ella. Yo me sentía feliz.

Me llenaba de alegría el escuchar surisa, sentirla contenta, y saber que su amor por mí había sido sólo desplazadopor unas adversas circunstancias del destino.

Nos fuimos a la cama como en aquelentonces.

¡Sin desespero y sin acelere!

Luego hicimos el amor muy lentamente ysin angustias.

Como si la última vez hubiera sido unospocos días antes.

Nos mordíamos suavemente y al final, duroy mutuamente por largos segundos, tanteando e imitando las fieras. Y de estaforma asegurar la presencia del otro ser y de amarrarlo y retenerlo parasiempre, para no dejarlo partir jamás a su lejana existencia de este efímeromundo.

Tratábamos en esos instantes de hacer loúnico que nunca pudimos hacer. Perpetuarnos en esta tierra, ser juntos un solocuerpo, una sola sangre, y ser por un solo instante lo que siempre soñamosdurante los pasados años.

“Ser el llanto y los gritos de un reciénnacido al amanecer”.

Entonces… muy al final de la noche,cuando ya Martina dormía profundamente, lo contrario a mí, -que jamás duermobien-, durmiendo las noches, imitando los gallos de pelea ¡Con un ojo abierto!,escuché en el estrecho corredor que llevaba a las míseras habitaciones de laPensión unos ruidos muy extraños. Unos sonidos que a esa hora inmediatamente mehicieron recordar los sonidos que producen las botas militares cuando van confusiles buscando a alguien.

Parando la oreja, también como los gallosde pelea, escuché que el piso de madera crujía, me paralicé del terror pensandoque era por mí que venían.

A cada segundo, y por el angosto corredorque comunicaba las habitaciones, los escuchaba venir más y más cercanos.

Martina dormía plácidamente y yoaterrorizado no sabía qué hacer o qué pensar.

Muy rápido y levantándome de la camasigilosamente y sin prender la luz de la habitación miré sin perder una décimade segundo cómo podría encontrar un medio de escape a mis alrededores.

La ventana abierta de mi habitación sólome permitía mirar en la penumbra de la noche, y desde una altura de tres pisos,el duro cemento gris del patio y una muerte asegurada.

-¡Qué voy hacer, no tengo alternativa!

Las botas con los hombres armados seacercaban a nuestra habitación y la ventana más cercana al mirar por elexterior de la mía era la del vecino y estaba cerrada.

-¡Dios mío ayúdame! ¿Qué hago?

En medio del ruido de las botas militaresacercándose más y más a cada segundo logré escuchar la voz de Martina, que conternura infinita decía:

-¿Cato, mi amor, qué te pasa?

-Duerme tranquila, ¡duerme mi amor!

Escuchando las pesadas botas de loshombres armados venir hacia nosotros y parando sus pasos, frente a lahabitación nuestra, no alcanzaba a distinguir ninguna voz conocida.

Los hombres armados hablan entre ellosalgunos segundos al frente de la habitación y lloro del miedo en silencio,mientras se siguen escuchando los radios en mensajes cifrados.

Segundos más tarde empieza de nuevo lamarcha de los hombres hacía las otras habitaciones al final del pasillo.

Sintiendo mi corazón latir a explotar,Martina despierta otra vez preguntándome:

-¿Mi amor, qué te pasa?

Le contesto, casi sin poder hablar, al notener saliva en mi boca por el pánico que siento.

-¡Amor, no sé, ¡no sé! Son hombresarmados.

-Y… ¡buscan a alguien en la pensión!

Después, con el sonido de las botashaciéndose más leve y alejándose por el estrecho pasillo que comunicaba lashabitaciones y llegando al final del corredor, empezamos a escuchar unos gritosdesgarradores.

¡Dios mío!, No sabía qué hacer con losgritos que rompían el silencio impenetrable de la vecindad, y desgarraban ahorala media noche, la intimidad de todos los hogares y personas alrededor.

Aquellos conmovedores alaridos jamás loshe podido olvidar…

¡Alá! ¡Alá!  ¡Alá  ¡Alá!

Eran gritos muy potentes y de un hombremuy fuerte. Creo que podía imaginar su físico y su titánica lucha hasta elúltimo segundo de la vida, viéndose cercano a la muerte y resistiendo laintensa tortura que recibía.

Su voz se escuchaba en todo el edificio ycasas vecinas. No me equivocaba en el tipo de hombre que imaginaba en medio delterror y pánico que sentía al escuchar sus desgarradores gritos.

En sus palabras de auxilio decía:¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! Y suplicando llamaba: ¡Policía!, ¡Policía!

¡Alá!¡Alá! ¡Alá, ¡Alá!

¡Auxilio!¡Auxilio!

En sollozos suplicaba que llamaran laGuardia civil, la llamaba desesperado y sin encontrar respuesta ni eco a sussúplicas.

¡Guardia civil, Guardia civil, por favor!

¡Policía auxilio!

Y en quejumbrosos lamentos les decía¡Hijos de Puta! ¡Cabrones de mierda!

Ahora que les necesito… ¿por qué novienen?

¿Dónde están?, ¡Yo he pagado misimpuestos como todos!

¿Por qué no vienen?

Su voz fuerte y profunda al finalúnicamente encontró eco en aquel que siempre se ha considerado a través de lahistoria de la humanidad, "El únicodigno de llamarse el amigo del hombre".

-Los perros del vecindario no ladraron-

Esa extraña noche los perros no ladraroncomo de costumbre. Aullaban como sus antepasados lejanos, los lobos. Y pidiendouna nueva justicia moderna y de acuerdo a las circunstancias de cada hombre.

El hombre desesperado en sus gritospidiendo auxilio se cansó y sus gemidos agónicos empezaron a ser más débiles.Simultáneamente los aullidos de los perros iban siendo más fuertes, y luego...no se escuchó nada. Fuera de su voz. Ninguna voz, ninguna…nada,  ni siquiera un leve sonido, el canto de unave, y tampoco la brisa del bello amanecer.

Todo el vecindario estaba bien escondidoy guardado en la comodidad del triste y cobarde silencio.

Nosotros, dentro de la habitación,abrazados en el terror y ante la impotencia de la situación, nos quedamosacompañados por los sonidos de nuestra respiración y escuchando en losedificios vecinos los nuevos aullidos desesperados de los otros canes queanunciaban la muerte de un ser humano.

Uno más y uno menos de este miserablemundo.

Recuerdo muy bien que sus últimaspalabras en agónicos sollozos eran:

¡Alá! ¡Alá! ¡Alá! ¡Alá! ¡Alá ! ¡Alá!¡Alá!

Y por último, todos los inquilinos de laPensión Gallega escuchamos sin creer y paralizados por el terror que se sienteal oír algo semejante, la forma bruta, despiadada y salvaje, como caíapesadamente un bulto sobre el duro y frío cemento del patio.

No pude en ese instante, por el pánicoque sentía, calcular la altura de la cual fue arrojado.

Lo escuché cuando cayó y en silenciolloré, sin decirle nada a Martina ni mover un dedo de mi aterrorizado cuerpo.

La tortura terminó ¡Lo mataron! ¡Hijos deputa, lo mataron!

Era todo lo que me decía en silencio.

-¡Que descanse en Paz!

-Gracias Dios mío. Me dije, dándometrémulo la bendición.

Creo que Martina al escuchar lo mismo,cuando cayó el pesado cuerpo, sintió la muerte de ese desgraciado hombre yguardó un obligado silencio por el pánico y terror que sentía.

Luego en sollozos, y en medio de laangustia y resignación que ya sentía Martina al saber que nosotros, quizás,seríamos las próximas víctimas, nos quedamos abrazados, sin soltarnos unminuto, hasta los primeros rayos de sol en el amanecer.

Así pasaron los minutos y las horas delresto de la noche, sin palabras, sentados, abrazados y en el extremo cansancioque produce el miedo y el pánico de sentir la muerte y escucharla impotentesegundos más tarde caer con todo su trascendental peso sin ley y pena alguna yabrazada de la ignominia de los Estados, llenos de hombres, políticos corruptosy ladrones.

En la mañana cuando observé los primerosrayos del sol bajé muy asustado al patio. Bajé decidido a mirar e investigarqué había pasado en la Pensión y en horas anteriores.

¡Dios mío, ¿cómo es posible?! Me decía alir bajando los escalones. Había sido una noche de terror indescriptible paratodos los allí presentes en la Pensión y los modestos habitantes del barrio.

Al llegar al patio encontré de súbito elsiniestro bulto.

Estaba tirado en el piso húmedo y frío, ycon unas manchas grandes de color marrón.

Pensé que era sangre coagulada.

Viendo estupefacto el bulto, ¡Dios mío!Ese es el cadáver del hombre asesinado, metido en ese bulto y sin piedad algunapor los hombres armados.

Para mi gran sorpresa, que todavía mesespasados de esa trágica noche no lo puedo creer aún, el siniestro bulto teníaimpresas en él las letras bien grandes con los bellos colores de mi felizinfancia, colores aquellos del amarillo, azul y rojo de:

Café de la Colombie.

Y… sobre el bulto y esas letras estabasentado muy tranquilo y feliz tomándose un delicioso y fresco café y fumandocigarrillos Camel un señor llamado: Mohamed Sidi.

Atacado de la risa, riéndose a carcajadasde todo el mundo y de la gente asustada y escandalizada que lo rodeabacompungida.

Creyendo esta gente ingenuamente que todoel drama y terror demoníaco había sido una cosa real y patética; por lossucesos ya conocidos y escuchados por nosotros a través de la horrible eindescriptible noche vivida en la simple pensión y sólo unas horas antes.

Mohamed Sidi, un increíble hombrecito deunos 76 años y no más de 160 centímetros de estatura, famoso y conocido en elbarrio como pintor de brocha gorda de la Pensión y de tres más que tiene laavara y pícara Gallega.

Estaba contándoles muy divertido mientrastomaba café y le regalaba a diestra y siniestra a todos los confundidos,asustados y algunos aterrorizados clientes anglosajones de esta mísera pensión,como eran los gringos drogadictos y pederastas, los alemanes, suecos,holandeses, canadienses  y... a mí comoúnico colombiano, o sudaca del... que eso tan horrible e inaceptable en un paíscivilizado, y  que pasó ayer en la nocheera algo rutinario para él. Nos lo decía mientras sonriendo contaba a todos loasustados turistas y huéspedes, algunos de ellos puritanos pervertidos y súperclientes y grandes adictos fijos del prozac y los famosos diazepanes, y losotros conocidos ansiolíticos y antidepresivos, recomendados por aquelloscomerciantes y algunos de ellos charlatanes de la salud mental y conocidosponenombres o marcas en sus clientes, como si fueran artículos más de consumo; los médicos siquiatras, que… ese acto deterror, de la invivible noche pasada, lo hacía todos los primeros viernes, cadatres meses.

Lo hago, decía el señor Mohamed, paradespertar las emociones ya muertas o muy reprimidas y completamente olvidadasen algunos turistas nórdicos y anglosajones.

Repitiéndolo cada tres meses pararecordarles a los vecinos catalanes y españoles y más aún, para no dejarlesolvidar jamás a mis vecinos de barrio y de apartamentos próximos que losárabes, los moros, nosotros, la gente odiada en toda Europa y el mundo, hemosestado en España por ocho siglos; y que llegamos hasta las cercanías de París,a una ciudad llamada Poitiers. Que estamos presentes y estaremos en laarquitectura, el lenguaje, el comercio, la música, y el muy consumidodesesperadamente por la juventud europea y española: el hachís.

En nuestra deliciosa comida y en la muynecesitada mano de obra y mal pagada siempre que proporcionamos a todos los empresarioscatalanes, españoles y europeos.

Y hoy, más que nunca antes, estamospresentes en la vida cotidiana de esta Europa y del tercer milenio que comenzó.

Luego don Mohamed con tremenda indolenciase levantó del bulto lleno de arena mientras se reía de los asustados presentespara despedirse diciéndonos a todos los incrédulos, muertos del terror ydesvelados clientes de la pensión, cuando se alejaba con otro delicioso café deColombia:

Have one nice day, all you bastards!

Yo subí corriendo a la habitación dondeme esperaba en pánico y llorando aún la Martina.

Ahora iba donde ella, no aterrorizadosino sorprendido con la historia de este árabe. Y, su despedida tan tranquilade todos los concurrentes con:

All you bastards!

Ya en la habitación, incrédulo y atacadotambién de la risa por esta increíble, pero real historia, le conté a Martinatoda la versión de este individuo.

Martina, después de escucharla, seensimismó unos largos instantes, luego, cariñosamente dijo:

-¡Típico árabe!

Se llenó de risa, me miró en paz. Luego,caminó tranquila y se metió en la ducha.

Para salir igual que la noche anterior,desnuda y majestuosa con su imponente belleza.

Al salir de la ducha podía notar en ellael pánico y el cansancio de lo vivido la noche anterior.

Miraba detenidamente la hermosura de suser y la sensualidad de su cuerpo, cuando la escuché ahora muy tranquila ysegura de sí misma y después de un largo silencio decir:

-CATO, ¡Mi amor, mi vida, quiero un buencafé y que sea de Colombia!

Y, ¡vámonos, vámonos ya!

Y, ¡cuanto antes!, el hombre árabe tienetoda la razón. Estamos rodeados en el mundo de hombres corruptos y mediocres ymuchísimo más aquí, en esta llamada:

Culta civilización europea.

Vámonos a hacer lo que dejamos por haceren nuestra pasada relación.

 

Vámonos al lugar aquél, donde los niñosaún en medio de sus risas y la pobreza material que los rodea hacen la pescacon cometas y donde, en las cálidas y sencillas noches se escuchan losacordeones, las arpas, los tiples, bandoneones, guitarras, tamboras y maracastocadas por los abuelos y siempre acompañados con las olas y alegres brisas delmar Caribe.

 

 

Allí esta el futuro de Latinoamérica

Cato, mi Amor, mi vida, ¡vámonos rápido!

 

Y… no olvidespor favor, ¡no olvides! la rectangular, muy angosta, y fina caja con el…¡violonchelo!

 

Barcelona,España,  20 de julio de 1998

ÓCarlos Echeverry Ramírez

Colombia-Canada

fitofeliz@hotmail.com

Argentina-Empezó el proceso..

Fragmento de El último Viaje



                                 [el+viaje+ultimo.JPG]


ISBN: 0-9683701-0-1

Reservados todos los derechos de Autor ante CIPO y WIPO


De repente todo quedo en silencio. ¡Si! En silencio.

Todo era silencio.

Ysólo se oía el dramático llanto de un recién nacido.

 Este bebé veníacolgado, amarrado a la espalda de una Mujer Divina, muy pequeñita ydescalza, vestida toda de rojo y con el cabello negro ensoñadoramarrado con un bello trapo de colores. Una indígena Hispanoamericana.

Alescuchar todos los presentes en la sala, el llanto en el dominantesilencio, milenariamente sentido únicamente por ella y su étnia, conunos movimientos armoniosos, exactos en el tiempo y sin mirar a sualrededor, ausente de todas las miradas que reprochaban injustamente elllanto del niño; con todo su cuidado y su amor infinito bajó al bebé desu espalda.

La indígena, manipuló al recién nacido armoniosamentepara ponerlo al frente de su pecho y sostenerlo en sus brazos; luego,lentamente debajo de su poncho rojo con delgadas líneas verticales decolores amarillo, azul y blanco. Verde, azul, morado, anaranjado ynegro entramados bajo la tenue luz que entraba en la sala por lasventanas, corrió muy despacio con su mano derecha, la suave tela de suatuendo en el lado izquierdo y sacando con plena alegría su teta rosadaante todo el Mundo y con un bello pezón grande de color lila, la colocóen la ávida boca del bebé.

La sala impávida y aterrada observabafascinada cómo el bebé se callaba y alimentaba.

Ahora feliz lacriatura.

Sonó el mazo del juez otra vez.
Y empezó el proceso!

Carlos Echeverry Ramiréz (Colombia)

Para catico, Martina y la Argentina con la mirada diafana y transparente...

www.carlosecheverryramirez.org

fitofeliz@hotmail.com

Reservados todos los derechos de autor ante CIPO y WIPO

Los perros ladran..Carlos Echeverry Ramiréz


Reservados Todos los Derechos de Autor ante Cipo y Wipo

Para ella la argentina con la mirada diafana y transparente... Y qué solo espera Felíz un nuevo latir de corazón en su Ser.

Nuestros perros ladran
ISBN:0-9683701-1-X
Carlos Echeverry Ramirez
(Colombia)



Nuestros perros ladran otra vez


Al bajar de la montaña y mirando el valle jamás pensé que esas cosas pudieran pasarme.
-¡Lloviópor estos lados!, dijo Catalina, bajando el volumen de la música. Y alobservar que la carretera estaba húmeda disminuí la velocidad delMercedes Benz.
Sorpresivamente al frente del automóvil frenópeligrosamente un jeep con pasajeros. Reaccioné de inmediato y traté deparar mi carro. Pero el Mercedes se deslizó sobre el asfalto y mientraslo hacía una joven mujer salió del borde de la carretera para montarseen el jeep.

En décimas de segundos y tratando de eludir elaccidente y para no matar a la mujer tiré hacia la izquierda el viejoauto y lo estrellé contra el jeep en el lado izquierdo trasero con ellado delantero derecho del automóvil. Siendo la farola lo único gravedel accidente entre los dos vehículos.
La mujer que estaba subiendo al jeep perdió la estabilidad en el tremendo susto y cayó a un lado de la carretera.

Enotro lugar arriba en la montaña, y a unos veinte metros de altura y dellugar de los hechos narrados, en un improvisado rancho y desde una desus rústicas ventanas -de donde cuelgan geranios en tarritos metálicos-Juan, el esposo de María, segundos antes al despedirse le había enviadocon su mirada y con un gesto cariñoso un último beso y un adiós.

Maríaiba muy feliz al hospital para el control de su cuarto mes de embarazo.Llevaba varios días haciendo planes para el futuro de su bebé,acariciando su barriguita diariamente y diciéndose en compañía de lafresca brisa de los atardeceres mientras esperaba cotidianamente que suesposo regresara de la fábrica donde trabajaba como obreroespecializado.

-Hijo mío, cuando crezcas tienes que ser un líder.

-¡O lo que sea!, quiero que seas un hombre bueno y siempre ayudes a la comunidad.
-¡Siempre, serás un hombre de paz!

Deesta forma María se entretenía en las horas con los rojos y amablesatardeceres, cuidando las plantas de legumbres y bellas flores de sujardín.
Cuando se sentía bien se iba con otras mujeres amigas yvecinas a trabajar la agricultura en el Jardín Comunitario que la gentede la vereda, después de mucho esfuerzo, habían logrado establecer.

Enel momento del accidente, y desde la distancia, angustiado la vi caersobre la hierba a un lado de la carretera. Recuerdo que reaccionólevantándose de inmediato.
Nítidamente observé entre las imágenessus ojos buscándome con la mirada suplicante mientras escuchabaaterrorizado los gritos de la gente que iba en el jeep.
Me bajé del auto como un loco y corrí hacia ella.

La abracé, y le pregunté si estaba bien.
Me miró en forma extraña y con dificultad para estar de pie.
Después,poco a poco, me fue hablando angustiada y muy despacio -por sudificultad para respirar- mientras yo iba sintiendo una tristeza nuncaexperimentada en mi vida. Miraba con pánico cómo ella, desorientada ycon terror, trataba inútilmente de proteger su vientre con las manos.Para terminar diciéndome estas palabras:
-¡Tengo mucho dolor aquí!

En ese momento comprendí que estaba en embarazo.
Derepente, y sin darme cuenta de nada, llegaron decenas de personas.Entre ellas un grupo de hombres armados los cuales me encañonaron yolieron mi aliento.
Querían saber ellos si el conductor del auto estaba borracho.
Se calmaron. No era la irresponsabilidad de un conductor ebrio.

Lasaspas del radiador, que enfrían el motor del automóvil, habían quedadogolpeándolo causando un sonido repetitivo que aumentaba la angustia quesentían en el lugar del accidente todas las personas que presenciabanlos dramáticos hechos.

Catalina, mi esposa, asustadísima ytemblando, como pudo y en medio de su trauma por el accidente no sécómo logró apagar el auto para acabar con ese sonido infernal de lasaspas del motor golpeando el radiador.

Juan, el esposo de María,con sus amigos y vecinos de la invasión y rodeándome con cuchillos,machetes y armas de fuego, nos dijeron que debíamos trasladarlarápidamente al hospital.

Entre todos los hombres corrimos elradiador y pusimos en marcha el automóvil. Tres de ellos venían connosotros para evitar, según ellos, que escapáramos del lugar delaccidente.

Al llegar lo más rápido posible a un pequeñohospital, y el más cercano al sitio de los hechos, un médico laexaminó, y nos dijo a todos que aparentemente no había golpe alguno enel feto y que tampoco existía sangrado. Sin embargo la remitió alHospital Central del Seguro Social, para que estuviera en observaciónintensiva bajo el cuidado de un especialista.

En el hospital delSeguro Social, y con todo su corrupto sistema administrativo yoperativo que lo acompaña, nadie la quería recibir.

Sin embargopor intermedio de mi primo, el cirujano plástico, más la presión detoda la gente armada que nos acompañaba logramos que la ingresaran enla sala de urgencias lo más rápido posible.

María en el hospital, y con calma impresionante, miraba la angustia y el caos de todo este mundo a su alrededor.
Yosigo sin encontrar palabras para describir lo que sentía en esosinterminables y angustiosos minutos que estuve con ella y con su esposoesperando desesperados que ella fuera atendida.

Al llegar lanoche, y después de que María quedó en estricta observación y cuidadosintensivos, fuimos con Juan a la casa donde vivíamos Catalina y yo enel barrio Versalles, de la ciudad de Cali, y nos sentamos en nuestraamplia y cómoda sala. Sincerándonos el uno al otro le pedí a Juan quepor favor entendiera que lo sucedido había sido un accidente y quenunca fue mi intención causar daño a su mujer con el automóvil.

Que ella y su bebé no corrían peligro alguno.

Aldía siguiente y en la noche, después de haber estado en la mañana conMaría en el hospital, en nuestra casa los perros ladraron en formaextraña.
Miré desconfiado por el orificio de la puerta y era elesposo de María. Cuando abrí la puerta, repentinamente y aterrorizadome sentí empujado al interior de mi casa por varios hombres armados.
Segundos más tarde supe que lo que querían era negociar conmigo el daño causado a María en el infortunado accidente.

Nosé por qué, pero no sentía miedo alguno. Muy tranquilo los invité a lasala de mi casa y saqué una botella de ron, les ofrecí un trago, elcual tomaron gustosamente. En ningún momento brindamos por nada.
Catalinano estaba en casa. Alfredo salió minutos más tarde de su habitación yse puso pálido cuando vio los siete hombres armados con caras deasesinos, y con automáticas y metralletas Uzis en la sala de la casamuy tranquilos bebiendo ron.
Saludando atemorizado, el pobre alemán, se sentó en medio de todos los hombres.
Así, únicamente en la compañía de Alfredo frente a estos hombres, sólo me quedaba preguntar:
-¿Qué quieren?
El jefe de los hombres armados respondió:
¡Dólares!
-¿Cuánto dinero quieren?
Y,con todo el cinismo del caso me pidieron una cifra extraordinaria.Cantidad que no tenía y la cual, si hubiera pedido la ayuda de mispadres, jamás hubiéramos podido reunirla.

Después de otrostragos de ron y tratando de calmar la tensa situación, y mirándonos losunos a los otros con perpetua desconfianza, logré bajar la suma queellos pedían a una modesta suma y que estaba de acuerdo a mis ingresos.

Quedando en que yo al día siguiente les entregaría lo pedido.
El día martes Juan, el esposo de María, regresó con el líder del grupo armado a recoger el dinero.
Habiendo llegado dos horas antes del banco y cumpliéndoles con mi palabra entregué la suma indicada.

Eljefe del grupo poniendo la metralleta Uzi sobre la mesa y, con toda laparsimonia del caso, contó uno por uno los dólares y se fueron sindecir palabra.

Absorto me quedé mirando a Catalina en silenciocuando los hombres se fueron. No pensé en nada mientras me acostaba enuna de las hamacas multicolores. Acostado allí de inmediato me invadióuna tristeza y depresión indescriptibles al recordar a María en elhospital contándome sus sueños para con su futuro bebé.

Mientrastanto María, en el hospital, arreglaba las pocas y sencillaspertenencias en una pequeña maleta prestada a la carrera por la vecinaa su mamá y que le había llevado el día anterior para meter sus cositaspersonales.
Muy resignada iba colocando las prendas una por una yen la misma forma que empacó meticulosamente las dos únicas muditas deropa que tuvo en aquel entonces para pasar su feliz luna de miel.
Suspirando se decía:
-¡Ah tan cortica! ¡Sólo un fin de semana!
Y con nostalgia en la sonrisa recordó cómo fueron los días cuando, también por primera vez, conoció:
No el miedo ni un hombre, sino el mar Pacífico.
Y los recuerdos le trajeron a la memoria la música de la canción de:
“Bello puerto del mar, mi Buenaventura”.
-¡Ay mi Dios, ayúdame!
Decía mientras seguía inconscientemente acariciando su vientre y terminando de empacar sus escasas pertenencias.

Su señora madre regresó al rato para recogerla y salir del hospital.
Y luego tomar un bus con dirección a la montaña.
Ala carretera con dirección al mar. A su rancho alegre en la invasión; ydonde estaba aquel lugar siempre rodeado y lleno de flores, con elbambú y las paredes blanqueadas a punta de cal iluminando a toda horalos pisos de tierra siempre limpios.

Los días siguientes despuésde este accidente para mí fueron una pesadilla total. Poco a poco ibanvolviendo a su rutina normal los días cuando a las tres semanas ytodavía con el trauma psicológico del accidente y de haber visto yconocido cómo fácilmente la vida se nos va de las manos y más aún, opeor, la vida de otra persona por algo tan simple como lo que mesucedió a mí con el automóvil; nuestros perros ladraron otra vez.
Yme di cuenta, inmediatamente, que eran los hombres armados. Abrí lapuerta de mi casa y eran los mismos siete hombres y Juan que losacompañaba.

Estaban allí otra vez para contarme que María había perdido el feto de su feliz embarazo a causa del accidente.
Me desplomé en el sofá al escuchar la noticia, me llevé las manos a la cabeza y les pregunté angustiado:
-¿Ahora qué quieren?
-¡Mátenme si quieren!
Escuché que le quitaron el seguro al arma asesina, y el hombre con voz envalentonada me grita:
-¡Queremos más dólares!
En esta ocasión querían la suma pedida la primera vez.

Noteniendo más alternativa que recurrir a mi viejo fui a su casa muyangustiado. Mi padre muy preocupado por lo sucedido y la desesperantesituación fue al banco, hizo un préstamo y regresó con el dinero.

Aldía siguiente los hombres armados volvieron y en esta oportunidad sindecir palabra de sobra contaron alegremente los dólares. Y se fuerontranquilamente, sin prisa alguna y sin mirar atrás.

Seis mesesdespués del accidente, y siempre, tratando de no recordar lotrágicamente sucedido, continuaba con mi rutina habitual de dictarclases de nueve a doce y de tres a seis de la tarde en nuestra Escuelade Diseño Industrial de Moda, en la ciudad de Cali cuando,aproximadamente, a las diez de la noche...
Y mientras escuchábamos Carmina Burana, los perros volvieron a ladrar en forma desconocida.
-¡Dios mío, otra vez los hombres armados!
Me dije, mientras caminaba la larga distancia de la sala, con sus hamacas, a la entrada de la casa.
Decidido y sin arma alguna abrí la puerta.

¡Qué gran sorpresa me llevé!

Allí estaba una anciana cuyo aspecto me era conocido.
Con cabello blanco, nariz aguileña, ojos grises y mirada inquisidora.
A pesar de lo tarde de la noche y de su mirada, la cual me puso muy nervioso, amablemente la saludé y le pregunté:
-¿Señora, en qué puedo ayudarla?

¡Muchísimo!, Señor Cato, contestó con voz segura.

-¿Me permite entrar en su casa?, dijo muy pausada.
Al escuchar mi nombre me asusté.
-¿Cómo lo sabe?, me pregunté.
Por cortesía y respeto a su edad le contesté:
-Bien pueda, pase usted señora.

-¿En qué le puedo servir?

Le pregunté como habitualmente lo hago con toda la gente que conocía bien.

Despuésde sentarse en la sala se ensimismó y poco a poco empezó a mirar bien ycon atención todos los rincones de la casa llenos de flores y en formaespecial las orquídeas y azucenas que colgaban del techo.
En forma muy digna y apenada fue jalando su sencilla falda y cubrió bien las esqueléticas rodillas de su ya extenuado cuerpo.

Leofrecí un café, los perros más tranquilos dejaron de ladrar. Después meexcusé y fui a la cocina y cuando regresé con el café preparadoCatalina, mi esposa, que ya había salido de la habitación al escucharla algarabía de los perros, a esas horas no esperadas, estabaconversando respetuosamente con la anciana.

Con curiosidad y mientras ponía el azúcar en su café le pregunté:
-Señora, ¿en qué podemos ayudarla?

La anciana, ahora con orgullo y mirando fijamente, me respondió:
Quiero que conozca Señor Cato, que yo soy la mamá de María… La mujer que sufrió un accidente con usted.

Vengo a decirle lo siguiente:
El dinero que esos hombres armados le robaron
¡Jamás tuvo mi consentimiento!
Yo nunca supe de ello, ni María tampoco.
Nosotras dos, ¡No somos así!
Las únicas mujeres de la casa, ¡No hubiéramos aceptado ese chantaje!
¡Porque un accidente es un accidente!
Y usted no tuvo la culpa de lo que pasó ese día.

Esas son cosas que trae la vida y hay que tomarlas y aceptarlas así.

Laanciana respirando profundo tomó otro sorbo de café, despacio y con lamirada penetrante recorrió lentamente toda la casa, sus rincones y susplantas epífitas, mientras yo intrigado la observaba.

Finalmente suspirando y con una larga exclamación dijo:
¡Ah… Señor Cato!, para ese tipo de accidentes los ricos nunca pierden. Para eso tienen sus compañías de seguros.

-Perdón señora, yo no soy un hombre rico, ni creo que algún día llegue a serlo, no me interesa.

La señora de forma extraña empezó a decir unas frases incoherentes que me dejaron aterrado.

-Y que midiosito santo no me castigue por maldecir.

Yo nunca he querido ni he aceptado "la moral" de ese demonio Maldito llamado en estos tiempos modernos ¡El Dólar!

Ese Dólar Maldito que tanto daño ha causado a Nuestros Pueblos con esa Cultura de Satanás.

Dólar del Diablo, Dólar Maldito, Maldito Sea.

Yo sólo venía a pedirle algo muy especial y sencillo a ustedes dos.

Y no sé si usted pueda y quiera.

Pero... como nosotros, ¡no tenemos una máquina de coser!

PensamosMaría y yo que usted, entre sus amigos ricos y conocidos, quizás mepuedan ayudar a conseguir una maquinita de coser a un precio cómodo.
Señor Cato, y ¿por qué no?, y ¡mejor!
¡Que me la vendan para pagarla a placitos! ¡Así no le debo favores a nadie!
-Yo me quedé aterrado y estupefacto con lo escuchado y sugerido por la digna anciana de ojos grises.

Mientrassalía de la grave perturbación de revivir todo lo pasado en esa amargay dolorosa experiencia del accidente y el terror que sentí cada segundoque estuve recogiendo a María en el lugar del accidente y luego en elhospital y después con los hombres armados listos para asesinarmerespiré profundo dos veces, me fui al baño para orinar y después alregresar me serví un trago de whisky doble.

Así, impávido, y todavía sin creer lo escuchado, le pregunté a la señora anciana -dígame señora, ¿María cómo está?

Despuésde un contagioso y largo silencio, mientras la anciana se concentrabamirando todo a su alrededor, las niñas de sus ojos se le escapabanentusiasmadas, contentas y llenas de alegre vida otra vez y, tal vez,como en los años felices de su remota infancia en un pueblo de esos deloriente de la Antioquia grande.
La digna anciana con sus huesudasmanos se arreglaba, de nuevo, el largo de la falda, para respondernospausadamente y muy serena, dando fabulosos brincos entusiasmados en laexpresión de sus ojos, ahora, de niña pura.

-María está muy feliz.
-¡Es todo lo que les puedo decir!
Y se quedó de nuevo unos interminables segundos en silencio esta vez mirando al Tao, mi perro favorito.

-¡Sí, Sí, María está ¡muy feliz! ¡Muy feliz!

Sorpresivamentedijo: -Señor Cato y usted señora Catalina, me duele mucho lo que lestengo que contar, pero... Si supieran cómo recuerdo aquella noche...
Yla señora se quedó en silencio ensimismada otra vez y yo mássorprendido cada instante que pasaba con esta anciana extraña. Por lomismo y sin pena alguna y al escuchar lo narrado, le pregunte:
-¿Cuál noche? Haber Señora por favor... cuéntenos.

-Esa noche aquella, larga e inolvidable noche, en que mi querida hijita perdió su bebé.

Era una noche bella de luna llena, y qué bien que la recuerdo.

Era una noche muy extraña también, porque ese día las cigarras cantaron como locas y en todas las horas de la tarde.

Esedía y como cosa extraña me sentía muy sola. La noche y los vientos deese amanecer eran tibios y húmedos, normalmente son fríos y secos,también había bello trinar de pájaros y en la aurora la atmósfera olíaa mango dulce y recuerdo muy bien, como si fuera hoy, cuando María medespertó.

-¡Mamá, Mamá!, esas palabras y lamentos de un llamadode hija a la media noche y como si esas voces angustiadas y lamentosque parecían eternos en esos instantes fueran nacidos de esa mismaoscuridad, y como la brisa que me acariciaba me causaron una angustiaenorme y un pánico y miedo que nunca había sentido.

La ancianapara de hablar. Catalina y yo la mirábamos con el Alfredo, todosaterrados con el relato, ella miraba de vez en cuando las azucenas yorquídeas que cuelgan del techo de la sala.

Hace una pausa, nos mira y luego continúa el relato.

-Sí, a las tres de la mañana, más o menos, escuché:
¡Mamá! ¡mamá, por amor a Dios, por favor ayúdeme!

Asustadacorrí donde ella, llegué donde estaba, y la vi entre las sombras y enla penumbra de la noche con la tenue luz de la luna que entraba por laventanita del cuarto.

Allí la encontré tratando de levantarse de la cama y apretándose desesperada el vientre con las dos manos.

Yo con mi experiencia de todos estos años vividos y con siete hijos muy bien paridos pensé...

¡Ay! ¡Mi pobre hija va a perder el bebé! Y más corrí hacia ella.

Después,apoyándose en mi brazo y con Juan sosteniéndola por el otro, logramossalir del rancho caminando a través del patio para llevarla a laletrina. Teníamos a la luna iluminándonos y quizás como único testigo.

-Mi vida, mi amor, tranquila aguanta, ya todo pasará. Le decía yo cariñosamente. Cuando de un momento a otro...
¡AyDios mío! ¡Dios mío!, se le vino el fetico en medio de una granhemorragia, ella, muy valiente, valiente y no sé cómo hizo, lo alcanzóa agarrar antes que cayera al piso.

La anciana levantándose dela silla camina un poco y nos explica todo lo sucedido esa noche pormedio de gestos con las manos y angustiosos cambios de expresiones enla cara.
-Ella, María, mi hija, mi primera hija, lo alcanzó a cogerentre sus piernas con sus delicadas manos y segundos más tarde,llorando a gritos al infinito en medio del dolor que sentía me dijo consus palabras entrecortadas y convertidas en la dulce brisa de aquellaapacible noche:
-¡Mamita! ¡Mamita!, tráeme ya y rápido el trapito de satín blanco y la toallita tricolor que tengo en el nochero.

Yo, una anciana ya...
¡Míreme!mírenme todos, Señor Cato y Señora Catalina, me llené de ¡dolor, sí dedolor, de dolor!, y llorando, llorando con un dolor de madredesconocido para mí hasta ese día y hasta ese entonces de todos mislargos días de esta amarga vida, y sintiendo el dolor infinito de mihija, regresé corriendo rapidito con la luz de la luna al rancho.

Adentro prendí la única vela que nos quedaba.

Ysacando el trapito de satín blanco y la toallita y con ellos en mismanos, estas manos, que usted puede mirar bien, ya cansadas de darejemplo de trabajo a todo el mundo, regresé a la carrera otra vez,donde mi hija María estaba y llevaba también en la totuma un poco deagua fresca con azúcar.

Al llegar me senté junto a ella y se recostó junto a mí, luego se lo di a beber con mis propias manos.

Llorandodesconsolada mi pobre hija tomó el trapito blanco y la toallita, luegodespacito, muy despacito, envolvió con toda su ternura y amor infinitoel fetico ensangrentado con ellos.

Lo abrazó largos segundos junto a su pecho mientras lloraba desconsolada y miraba desafiante hacia la luna.

-La señora nos clava la mirada de sus ojos grises, y me dice:
No sé, de dónde, Señor Cato, hoy en día todavía me pregunto:
¿De dónde?, y con esa hemorragia que tenía y que mostraba la sangre en la batola de dormir mi hija.

Yome pregunto a mis años de ¿dónde sacó la fuerza? ¿De dónde sacó esasfuerzas increíbles para caminar como una leona herida toda esadistancia, que hay desde el rancho… hasta el Jardín Comunitario?

Alláen ese lugar apacible del Jardín Comunitario, con sus propias manos ylas uñas llenas de sangre, cavó con una de ellas un hueco en la tierrade unos veinte centímetros de profundidad; mientras sostenía en laotra, su fetico ensangrentado envuelto en el trapito blanco y latoallita tricolor.

Ella, mi hija, esa leona herida, conmovimientos llenos de ternura y dolor sin límites, fue llevandolentamente el feto a su pecho por última vez en su vida.

Allí,en su pecho, con los pezones bellos, crecidos y tristes; esperándoloinútilmente para siempre, y observándolo todo, como testigos mudos eimpotentes de su dolor ante el mundo. Allá, en el Jardín Comunitario,ella, mi María, lo abrazó largos instantes con todas sus fuerzas, yluego dando un envolvente e interminable grito celestial a todo estemundo invadido por la Maldita Violencia lo empezó a depositar muydespacito, muy despacito en la muy negra y siempre fértil tierra deestas majestuosas montañas y valles de la cruel y triste Colombia,mientras gritaba enfurecida a la luna y al universo su desgracia y sudolor.

Con el fetico ya puesto en la tierra lo empezó a taparlentamente con sus manos mientras lo observaba y lo guardaba parasiempre en su alma, mientras poco a poco la imagen desaparecía de estemundo por la tierra que ella iba poniendo encima.
De esta forma locubrió poco a poco con la negra noche y siempre grata tierra. Mientrasseguía llorando desconsolada y mirando ahora como mujer y másdesafiante que nunca, a su alrededor, a la luna y al triste mundo.

Yola dejé por unos minutos y cuando regresé con más agua con azúcar en lamismita totuma me decía en medio de imparables sollozos -que mehicieron pensar que mi María se me había vuelto loca-.

-¡Mamá!, ¡Mamá!

¡Ya veraz cuando crezca!

¡Será un hombre bueno y siempre útil a la comunidad!

¡Será un hombre que ayude a todo el mundo!, ¡sin egoísmos!

¡Será un HOMBRE DE PAZ!

Abrazándolamuy duro, y con todas mis fuerzas y sin encontrar la ternura y el amorsuficientes en este infeliz y desgraciado mundo para calmar su dolorlogré sacar de la inmensa rabia, frustración y odio que sentía en esosinstantes para escasamente también decirle en medio de mi llanto yllena de nuevo coraje:

-¡Mija, mi vida!, tus lágrimas yahumedecieron para siempre la tierra que el Hombre Nuevo en Colombia,Argentina y Latinoamérica necesita para crecer.

-¡Vamos, vida mía!, ¡vamos a dormir!

-Te lo suplico, María ¡ven mi vida!

No me respondía, era sólo sollozos.

La levantamos, y a rastras la llevamos a través del patio hasta el rancho y la pusimos lentamente en la cama.

Estandoacostadas las dos y abrazándola con todas mis fuerzas volvió a tomar unpoco más de agua con azúcar en la vieja totuma y en pocos segundosestando abrazadas y cogidas de la mano, mientras Juan nos observabaasustado, se quedó dormida.

No puedo contar o describir qué sentía en esos momentos.

Minutosmás tarde, después de haberme acostado y en la soledad de mi cuartucho,pensaba en lo duro que es la vejez para las mujeres cuando estamos yaviejas, con artritis en las manos, muecas, llenas de arrugas y feas.
Y peor aún, cuando somos pobres y creemos que no hemos hecho nada de valor en este mundo.

Cuandosobramos en todas partes, cuando estorbamos en todos los lugares yrincones que ni toser nos dejan o podemos. Y que sentimos que ya nosomos útiles o nos hacen sentir inútiles para todo, que ya ancianassomos un fracaso al final de nuestras vidas, que ni para pagar unentierro de segunda y en cementerio de pobres tenemos.

Portodo eso anterior, me entró un no sé qué. Un desespero, un acelere, unasensación extraña, una angustia desconocida y sin pensarlo dos veces mefui directo a la cocina del rancho.

No me importaba laoscuridad de ese momento, nada me importaba, y allí con la poca luz queentraba por la ventanita del cuarto encontré por fin el cabito de lavela que aún nos quedaba.

Estaba desesperada porque los cerillosse habían humedecido. Trataba y trataba de prender uno, ya llegando alfinal de la caja, ¡por fin un cerillo prendió!
Y luego con la luzdel cabito de la vela me puse a buscar, a ver..., sí, a ver... si lasuerte me acompañaba y -midiosito santo-, si al menos encontrara uno.
Después de algunos minutos de buscar entre todos los tarros ya vacíos por falta de granos, encontré uno.
Un frijolito.

El único que nos quedaba.

¡Bendito sea mi Dios!

Cuidadosamentelo puse en mis cansadas manos y apretándolo duro para que no se mefuera a perder salí corriendo llena de entusiasmo al Jardín Comunitario.

Enel jardín miré a la luna e increpándola por lo sucedido a María, yllena de extraña amargura y sentimiento que no sé qué era, hice unhueco en la tierra.

Creo que lo hice quizás con odio y no sé porqué, pero me sentí también llena de fe y de firme esperanza en elporvenir sembrando el frijolito en la mismita tierra, al lado dondeMaría, ¡mi hija!, ¡mi vida!, mi leona herida enterró su fetico bienhumedecido con el llanto.

En la fértil tierra del JardínComunitario para que el frijolito creciera para siempre acompañado deldolor infinito que ella sintió esa noche.

Señor Cato y SeñoraCatalina, sólo vine esta noche a decirles, que siento una emoción queno sentía desde hace ¡muchos y muchos años!

María está enembarazo otra vez y hoy, seis meses después que sembré esa planta defríjol en aquel jardín, ¡esa planta es gigantesca y divina!

Todoslos compañeros, vecinos, los ancianos, mujeres, hombres y todos losniños del Jardín Comunitario cogemos nuestros frijoles de ella.

Y…lo más extraño… ¡parece un milagro! Y aunque muchos no lo crean porsiglos, ¡es que esa planta! ¡siempre!, ¡siempre tiene frijoles!


¡Y siempre tendrá para todas aquellas familias que tengan hambre!

Barcelona – España
Octubre 7 de 1998
©Carlos Echeverry Ramírez (Colombia)
para: Catico , Martina, Tita y ICDL

"Juntos Los dos" . Carlos Echeverry Ramírez(Colombia)


Juntos los dos


---Carlos Echeverry Ramirez--ISBN 0-9683701-0-1


Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO Y WIPO

Para: Catico y Martina. Y la Argentina... de mirada diafana y transparente...



Juntos los dos

-Jóvenes, usted señor Cato, les quiero comentar lo siguiente:


“Hoy mi cansancio es mayor que en muchos años anteriores y muchísimo más que cuando estuve en la guerra”.

Anocheestando acostado tranquilo, quizás como siempre, después que mi esposaCharlotte se fue a acompañar a Martina y su fiel perro, a la caminatahabitual, hora en que el can hace sus necesidades y Martina recoge enbolsa plástica la mierda, yo me quedé leyendo tranquilo, acompañado deun Cherry semiseco y las melodías del violonchelo de Pablo Casals.

Cansado,por el duro trabajo del día anterior, dejé el libro sobre la mesa, fuia mi habitación y al entrar en ella puse el termostato en dieciochogrados, desnudo me metí debajo de las cobijas; allí en la comodidad dela cama y después de poner mi postiza dentadura en su medio adecuado ycolocar mis anteojos encima de la pequeña mesa de noche, apagué la luzde la lámpara de leer y dormí sin problema.

No sé cuantas horashabían pasado, cuando en el silencio y oscuridad de la noche, escuchéruidos muy extraños al exterior de la alcoba, exactamente en lasescaleras; eran unas risas escandalosas y palabras desconocidas por mí.Yo, un hombre que habla el latín, me asusté y sorprendido me senté aesperar el fin de lo que escuchaba, sin tratar de hacer juicio alguno.

Conscienteestaba de que Charlotte, mi querida esposa no había llegado, ya quevarias veces toqué el lado de la cama donde duerme y no la encontré, locual me causó mucha angustia; así, lentamente, los sonidos terminaronde subir las escaleras y finalmente entraron en la habitación...

Observé,cauto y desconfiado, entrar una sombra amorfa, un bulto grandemoviéndose con dificultad; con mis cansados ojos de anciano no podíatampoco distinguir qué era, sólo escuchaba las risotadas escandalosas,las palabras enredadas y un fuerte y marcado olor a alcohol.

Nervioso,dudé de mis actos y pensamientos, creí momentáneamente que era unamujer de vida alegre y numerosos clientes que se había equivocado decasa y aposento; como pude, a tientas de ciego y en la negrura de lanoche busqué mis gafas, para poder prender la pequeña lámpara. Despuésde hacerlo y para mi gran sorpresa encontré a ¡Charlotte!

Sincreerlo ni aceptar, la encontré tirada al extremo de la cama, ¡MonDieu! ¡mi esposa! ¡¡La bióloga!!, la directora por treinta años delfamoso coro de música sacra en la conocida iglesia luterana de Ginebra,la mujer maravillosa, ¡Quelle horror! , la madre de mis cuatro hijosestaba ahí, tirada al extremo de la cama, ¡¡completamente borracha!!hablando en un idioma incomprensible, riéndose y actuando, como nuncaantes en nuestra apacible vida y después de cuarenta años de casados, aestas horas de nuestro matrimonio y en el cenit de nuestras vidas.

Tratéde encontrar la causa de este inusual estado en ella, después de tantosaños compartidos, desde aquellos en los que yo iba o ella venía alpequeño jardín al frente de la facultad a esperar que terminarannuestras labores académicas en la universidad. No supe que pensar.

Estimados señores y usted señor Cato, no sé que decirles o como expresar lo que sentí en ese momento.

Recuerdoque tuve un inmenso vacío, una ahogadora tristeza, solté una irónicarisa, un débil entusiasmo y una rabia pasajera, y también todo aquelloque puede un hombre de mis conocimientos y jerarquía experimentar, enesos segundos al ver a su querida esposa en esas lamentables, terriblese inaceptables condiciones.

Horrorizado de ver a mi Charlotteen esa situación, con voz angustiada, sintiendo una punzada fortísimaen mi débil corazón y dolor en mi brazo izquierdo, le pregunté:

-Charlotte, mon amour, mon Dieu, ¿Qué te han hecho?

Atónito y horrorizado, la observaba.

Ellapoco a poco, organizó sus desvariados pensamientos en medio de risasdesconocidas, con ternura abrasadora y en una voz jamás escuchada entodos nuestros largos años de nuestra feliz relación, me dijo:
-”Freddy,mi amor, ¡mi tesoro!, ¿Recuerdas anoche cuando vino Martina con superro a que la acompañara a caminar?... Muy bien, las dos nos fuimosconversando, mientras el can buscaba un lugar verde donde hacer susnecesidades. Conversábamos de muchas cosas, de ti, de Teodoro;charlábamos acerca de nuestros hijos, de sus alegrías y frustraciones,de las duras dificultades que enfrentan aún con todos sus títulosacadémicos para encontrar un trabajo estable y bien remunerado;dialogábamos de nuestras cosas de mujeres y que muchas veces o casisiempre son muy diferentes a las que los hombres hablan entre ellos;analizábamos también con impaciencia lo poco que podemos hacer o que senos permite por ustedes para mejorar el mundo; tristementecomprendíamos lo mínimo que es aceptado y con escasa alegría recibidopor los hombres para hacer más solidario el bien común.

Caminandolas dos solas, apartábamos con nuestros bastones las hojas caídas, queanuncian el fin del verano, acompañadas mentalmente, por aquello quehemos creado, es decir nuestros hijos. Martina iba muy preocupada y yo,meditabunda, llevaba en mí algo que no te he dicho en los últimos años:sentía una creciente ansiedad de ver lo trágico que sucede en el mundofuera de nuestros vecinos, en otros países y regiones. Llevaba tristezay frustración, de ver lo poco que puedo hacer para cambiar lo queescucho en todos los lugares que tú, como hombre, no frecuentas, noescuchas, no entiendes, no quieres aceptar ni escuchar y que quizásjamás comprenderás.

Martina y yo sorpresivamente, escuchamos alo lejos, en el Parque de la Esperanza, unos rumores de tambores comoafricanos, unas guitarras, unas trompetas, flautas, lutes de Persia,bandoneones, maracas de Sur América, acordeones, trompetas, tiples,guitarrones y unos violines gitanos de Hungría y Rumania. Nosotras,como bien tú sabes, somos curiosas y dueñas de una intuición, queustedes no tienen; ansiosas apresuramos el paso y fuimos a ver qué eraesa música tan bella, esas melodías con una sensualidad envolvente queahora escuchábamos en el mismo parque al cual íbamos tú y yo, cuandoéramos jóvenes y nos sentábamos a conversar del futuro, de nuestrossueños e ilusiones. ¿Recuerdas mi amor, mi tesoro?

¡Freddy, escúchame! ¡Escúchame_!

Alllegar al parque, Freddy, mi amor, encontramos unas mujeres y hombresextranjeros de pelo azabache con ropas llenas de colores, con todos susniños cantando al son de la música y bailando en una armonía, en unágape que jamás yo había presenciado en Europa.

Fuera denosotras, estaban muchas parejas conocidas, había varios ex colegas yex alumnos tuyos de la Universidad, las parejas y los vecinos nosquedamos quietos y perplejos presenciando esa reunión, una fiesta llenade amor y de fraternidad.

Martina y yo, dos mujeres ya viejas yfeas, como dos ancianas esperando sólo la muerte, sorpresivamente nosencontramos, igual que los otros, en la mitad de ese pequeño carnaval.

Lasmujeres y hombres tenían unos dientes hermosos color nieve, una pielcanela y cabellos oscuros como las noches del invierno, sus músculostenían una simetría excelente, pequeños cuerpos en volumen pero de unadefinición muscular sin igual.

Algunos tenían unapersonalidad, una alegría y dinamismo como el agua en nuestrosriachuelos cuando baja las montañas en la primavera. Martina y yofascinadas con esas risas melodiosas mirábamos todo.

Allí, nosofrecieron vino y con todo el respeto del mundo nos invitaron a bailar;sí, a compartir con ellos la alegría. Martina bailaba. Yo tambiénextasiada miraba cómo ellos bailaban conmigo sin importarles milentitud, mi torpeza al llevar el ritmo, mis arrugas de mujer vieja yfea. Todos nos aplaudían sin parar; esta gente desconocida pornosotros, únicamente quería que Martina y yo, como seres, disfrutáramosla vida y la alegría creada por estos músicos que vinieron al festival.

¡Hubierasvisto a Martina bailando!. Cómo se reía, ¡parecía una loca! Igual a esagente, a esas mujeres y hombres locos del parque llamados injustamenteasí por nosotros los suizos. Qué ternura nacía en las miradas de sushijos, en los melancólicos ojos y en sus risas apacibles.

Freddy,mi amor, espero comprendas, ahora porqué estoy tan contenta y ¡porquédecidí tomarme unos vinos de más! Simplemente compartí con esos locosla fiesta, que en ese parque de Ginebra, comenzamos a llamar la Fiestade los Inocentes.

Te preguntarás... ¡escúchame amor! ¡escúchame! ¿te preguntarás cómo llegué a casa?

Te lo diré:
Cuandome sentí ya cansada de reír y bailar y, de oír tantos aplausos, comonunca antes en mi vida los había recibido con tanta espontaneidad ysimpatía, le dije a unas mujeres llamadas Pilar Torres, la Mechas Otoyay María Teresa, que, a propósito, me dijeron que trabajaban comocientíficas investigadoras en un centro agrícola del cañaduzal, queMartina y yo queríamos regresar a casa. Al instante, seis parejas delos latinoamericanos ahí presentes, en forma alegre y aún disfrutandocon la música, nos acompañaron despacio a casa.

Las mujerescharlábamos y nos reíamos, los hombres hablaban con los niños. Ellas,las mujeres jóvenes, hacían muchas preguntas de nuestros sistemaspolíticos, sociales, económicos y de mi relación personal contigo; eranmuchas preguntas sin pena, ni amargura, como si hubiera en ellas unainsaciable sed de conocimiento.
Al rato, caminando en medio de todasestas conversaciones, no sé porqué y a estas horas de mi vida comomujer, a mis setenta y cinco años, en forma total empecé a sentir entodo mi cuerpo unas ganas y deseos inaguantables de estar junto a ti.

Sí,mi amor, Freddy, mi tesoro, sentía unos deseos irreprimibles de tocartey sentirte junto a mí y que no tenía en muchos, muchos años.

Mesentía una adolescente, con deseos húmedos y ardorosa pasión. Queríaque me tocaras, que me besaras, como en aquellos años ya lejanos einalcanzables para los dos, aquellos días en que ¡me jurabas amoreterno!. Cuando éramos jóvenes y bellos, cuando éramos sólo los dos.

Queríaque nuevamente te olvidaras de todo aquello que existe en el mundo, serel Eje del Universo y volver a escuchar cuando tú me decías que yo eratoda tu gloria.

Al llegar a nuestra casa, acompañada de todoeste grupo y subiendo las escaleras como podía, sentí otra vez nerviosy pánico de lo que había pensado y deseado en el camino, no pudecontener mi nerviosas risas al darme cuenta y aceptar que estaba húmedaen mi cuerpo, a mi edad y ¡¡después de tantos largos años!!

Másganas me entraron de acariciar tu ser, de contar nuestras costillasmarcadas por las huellas del tiempo, de sentir mis flacas y fláccidaspiernas, tocar y palpar tu vencido pecho, tus hombros ya cansados, tuinflexible espalda. Quería y ahora quiero, que toques todo mi cuerpo,mis arrugas en barro seco por donde pasaron los alegres y esquivosriachuelos, las profundas grietas de mi piel, como si fueran hoyalegres acordeones tropicales.

Que muy lento y con todo nuestrotiempo, me beses toda. Sí, quiero que me beses suavemente, dulcemente.Que acaricies mis largos y descolgados senos con sus tristes ymarchitos pezones, como si fueran ellos esta noche y ahora dos fértilesoasis en un árido desierto, donde se alimentó la belleza de nuestroshijos. Quería que juntos esta noche, tú y yo, nos llenáramos íntegrosde amor en un triste mundo moderno donde éste ya no existe.

Y así los dos en uno...

-Sí mi amor, ¡los dos!, ¡sólo los dos!
-Y, en un interminable beso fuéramos felices una vez más al final de la noche...

en Toronto Diciembre 28 del 1996
CAER.
----------

Reservados todos los derechos de autor ante CIPO Y WIPO

Carlos Echeverry Ramírez(Colombia)

www.carlosecheverryramirez.org

Iris Dal lago..-Carlos Echeverry Ramirez

 

Iris Dal Lago (QEPD)

 

Quiero avisar a mis amigos y lectores que el dia 16 de julio a las 9 y 30 de la mañana falleció en Santafe, y provincia de Santa fé Argentina, la gran y extraordinaria Mujer llamada Iris Dal Lago.

 

Cientifíca y medica flebologa. Reconocida por su entrega ilimitada al juramento hipocratico, al humanismo y a la lucha constante por un Mundo mejor, más solidario  y mas Justo para todos aquellos de la republica de argentina y latinoamérica.

 

A sus descendientes, Rodolfo, Miguel, Carolina, Joaquin, rodolfo junior y la Martina para ellos y todos sus familiares mi más sentido pesame y acompaño su dolor ante la partida  de este extraordinario y maravilloso ser..

 

Su risa y su voz siempre me acompañará donde  me encuentre.

 

"Ven ven a  la argentina te encantará su gente,  todo te encantará"...f

 

ueron sus últimas palabras hacía mi.......Nunca la olvidaré fue siempre buena y noble conmigo.

 

Carlos Echeverry Ramirez(colombia)

Simon Bolivar

Simon Bolivar....

“Yo conocí a Bolívar una mañana larga, en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento, Padre, le dije, eres o no eres o quién eres..? Y mirando el Cuartel de la Montaña, dijo: Despierto cada cien años cuando despierta el pueblo"

Pablo Neruda

Crónicas de Barcelona--Colombia-Carlos Echeverry Ramirez

 

 

Crónicas de Barcelona (l) Fragmento

Reservados todos los Derechos de Autor

Ante CIPO Y WIPO

©Carlos Echeverry Ramírez- (Colombia-1955)

Es miembro de la Union de Escritores de Canada

Crónicas de Barcelona

ISBN: 0-9683701-2-8

 

Para:

 

Crónicas de Barcelona

-----------------------------------------------------------------------



Cuando Gorka Echavarría ese día del mes de noviembre bajaba lentamente los veinte escalones contándolos uno a uno para llegar al sótano de la Clínica Santa María no sabía a dónde iba ni qué lo estaba esperando al final.

Nunca había vivido algo parecido en su intensa vida y mucho menos en los tantos lugares de diferentes países del mundo donde había logrado sobrevivir.


Cuando descendía los escalones del sótano del edificio se sintió más solo que nunca en este mundo. Podía escuchar muy bien su respiración y los latidos de su corazón a punto de estallar. Las indicaciones del hombre pequeñito, que parecía un duende o un hombre de otro mundo, que lo recibió con amplia risa cuando llegó y sus palabras que aún hoy en día caminando por la Plaza Cataluña en Barcelona escucha como un eco: señor... camine al fondo, luego gire a la izquierda y al final del corredor, a la derecha, baje las escaleras que se encuentran allí y luego encontrará una puerta que permanece abierta de día y de noche. Y Gorka preguntó ingenuamente: ¿por qué la puerta siempre está abierta? Y el hombre le respondió con tímida sonrisa, sin inmutarse y sin cambio alguno en la expresión de su rostro, y como acostumbrado a esas palabras le dijo: allí está la muerte y siempre nos está esperando.

Gorka callado lo miró incrédulo al escuchar esas palabras, y respondió impávido y aterrado con palabras entrecortadas: gracias señor, gracias. Se quedó unos segundos pensativo yéndose con la mente al lugar donde vino a este mundo hace 43 años, en un pueblo caluroso en el Valle del Cauca, con un médico que llegó a la casa de su padre a la una de la tarde y se bajó con toda la parsimonia del automóvil Opel, de color verde oliva, un hombre llamado, por cosas del extraño destino, Baltasar de los Ríos, quien golpeó tres veces en la puerta sin prisa alguna. Este médico calvo usaba anteojos redondos, camisa blanca de manga larga, pantalón kaki, maletín y corbatín negros; entró saludando parco por tartamudes de un susto en la infancia y sacó los instrumentos necesarios, los organizó sobre la improvisada mesa y ayudó a la joven mujer a dar el último empujón final para que Gorka empezara su vida y la misión encomendada en este mundo y llegara con un llanto que aún hoy en día no termina después de 43 años.


Caminaba los largos y silenciosos espacios de la Clínica para llegar a las escaleras que lo llevarían al sótano del edificio donde la puerta siempre estaba abierta y lo esperaba la muerte.

Descendiendo lentamente las escaleras pensaba cómo reaccionaría frente a lo desconocido. Así, poco a poco, contando los escalones en medio de la semioscuridad y del frío que lo invadía llegó al final de la escalera y allí estaba el cadáver de su único amigo y de su gran héroe después de todo lo vivido y conocido en este mundo.

Frente a él estaba su padre, solo en grimas, sin nadie más en este mundo dentro de una bolsa plástica de color azul. Cuando lo vio le impactó lo pequeño que estaba su cuerpo. Parecía el cadáver de un niño. Dudó por un momento que fuera el cuerpo de ese gran hombre que había sido su padre... observó detenidamente todo a su alrededor y vio el cierre metálico de la tula plástica que iba de la cabeza a los pies y sin pensarlo dos veces lo abrió lentamente.

 Le miró la expresión de la cara, la posición de las manos sobre el pecho, lo tocó y todavía estaba tibio. Le organizó el cabello con ternura, y sonrió al recordar el último corte punk que le había hecho dos semanas antes y que ahora lo acompañaría en su viaje a la eternidad. El cabello blanco estaba aún brillante y Gorka miraba en la expresión de su padre una paz serena y profunda igual que el silencio eterno de las majestuosas montañas y los fértiles valles que con él recorrió cuando era niño.

Escuchaba, mientras lo observaba, sin afán alguno los sonidos de las lluvias y los truenos, el ruido de las cañadas y las aguas al caer entre rocas bajando de las montañas, sentía el canto de los pájaros que él le enseñó a distinguir e imitar en las auroras, sintió el olor a tierra mojada; se volvió a quemar en ese instante los pies con el calor de la arena del océano Pacífico cuando él lo llevó a conocer el mar, el canto del nuevo amanecer y de todos los pájaros de sus selvas estaban allí a su lado y ninguna lágrima salió de sus ojos mientras lo abrazaba por última vez.

Se acercó a él y lo abrazó de nuevo como tantas veces y... le dijo casi en secreto como aquellos sonidos al amanecer traídos con la nueva brisa: Papá, no te preocupes, tus últimas palabras están guardadas en mi memoria, tu ejemplo de hombre intachable será mi mejor compañero, y recordaré en cada segundo de mi vida lo que hace sólo unas horas me decías: Hijo, de mí dirán todo lo que quieran, podrán hablar lo que quieran, pero nunca podrán decir que fui un hombre corrupto.

 

 Que vendí mi conciencia por esos malditos dólares. Nunca podrán decir que fui un  Paramilitar, Guerrillero, contrabandista de armas, de repuestos, de licor, cigarrillos, que fui un prestamista o agiotista, que fui un avaro, un tahúr y mucho menos podrán decir que fui testaferro de mafiosos o políticos ladrones y corruptos que tanta desgracia todos ellos le han traído a nuestros pueblos.

 Hijo mío, cuanto antes vete de este país de mierda... te lo ruego ahora que mi muerte está muy próxima, no olvides nunca y escríbelo algún día que esto aquí, en este país, toda la vida lo han manejado las putas, los ladrones, los asesinos, los curas homosexuales  y pederastas , los camanduleros, los criminales, los militares y los políticos corruptos y ladrones de toda la gran puta vida, ¡país de mierda!

Hijo mío, andate muy lejos,  no vuelvas a esta tierra ingrata de ladrones y asesinos en sus instituciones donde los ancianos como yo que trabajamos toda una vida honradamente para hacer patria, sin olvidar a los niños y las otras mujeres ancianas se mueren de hambre y en la ignominia de todas las instituciones del gobierno y no tenemos ni siquiera el derecho a una vejez digna y mucho menos a una muerte tranquila.

Ya los ancianos como yo y los otros hombres no nos morimos por las malditas balas asesinas como matan a los jóvenes.  Sino del susto, del terror cotidiano y de la ilimitada tristeza de ver esta arrastrada e inmerecida vergüenza en lo que se convirtieron nuestras instituciones llenas de políticos corruptos y ladrones.

Hijo, cuando estés muy lejos busca a un anciano muy amigo mío, ese hombre es muy justo y sabio, él te ayudará siempre. Se llama Pierre, es catalán, y está en todas partes. En España es un gran poeta y él te ayudará a editar tu próxima novela.

 -Sí papá... así lo haré; le dio un beso en su mejilla como siempre se despedía de él y lo dejó descansar mientras traía lo necesario para esa noche, aunque ya se sabía que de esa noche no pasaría.

Unas lágrimas cayeron sobre su rostro y me reí abrazándolo como tantas veces a carcajadas nos reíamos viendo esta moribunda tierra llena de políticos ladrones y hombres asquerosos y mediocres en todas sus instituciones.

Esas fueron sus últimas palabras.

 Y mientras Gorka caminaba cruzando alegremente la Plaza Cataluña, en la ciudad de Barcelona, recordaba con alegría y orgullo las palabras de su padre y reía feliz, y siguió caminando alegre con dirección a la Pensión Tarrazon cerca de las ramblas y donde llevaba ya viviendo muy cómodo unos meses. Gorka miraba que la Navidad se aproximaba con su esperada nochebuena. Los vientos eran más fríos y los días pasaban sin encontrar el anciano Pierre que él tanto buscaba.

En las tardes se sentaba a tomar café con unos pocos amigos en las ramblas de Barcelona. Vivía en aquellos días en la calle del Hospital con el número 211 de la Pensión Tarrazon.

 En esa pensión le asignaron la habitación en el tercer piso. No supo por qué le dieron la habitación ahí, era la más grande y con baño privado. Nunca preguntó por qué se la destinaron. Y todos los días entraba en ella tranquilo, alegre, le interesaba solamente que pasaran los días y terminar el proyecto en España y editar su novela.

Con el correr de las semanas observó que la gente del barrio, las personas de los cafés vecinos y los de la recepción llamaban al tercer piso "El manicomio feliz". En este piso vivían turistas gringos y europeos, algunos pensionados, también “los locos” funcionales y productivos de la ciudad.

 No se sentía incómodo en lo más mínimo al estar compartiendo su vivienda con estas personas. ¡Qué locos ni qué...! esa es la vida. No le importaba nada, hasta se reía más de lo acostumbrado con las locuras de ellos y de las cosas que le contaban.

Él era el más joven entre todos, pues algunos de ellos podrían ser su padre o su abuelo; respetando la jerarquía y condición de cada uno de sus compañeros, vivía muy tranquilo y feliz en dicho piso.

Estos ancianos soportaban los días y los meses completamente solos. Observaban los días pasar silenciosos sentados en la recepción de la pensión, en la banca de un parque tomando el sol o charlando entre ellos horas y horas repitiendo monólogos interminables en medio de la soledad y el abandono de sus familias.

A veces se sentaban en el borde de cemento de la ventana de un supermercado a mirar transcurrir las horas. Gorka miraba también con el correr de las semanas que estos ancianos estaban totalmente abandonados en el mundo por parte de las familias y antiguos grupos sociales.

 Nadie los miraba, nadie los determinaba, nadie los quería. Y pensar que cuando eran jóvenes y bellos eran tenidos en cuenta, pero ahora que estaban inútiles, viejos, muecos, enfermos y, lo peor de todo, en la miseria humana y sin poder alguno, por ser  viejos y pobres ya nadie los miraba.


Cuando la muerte les iba llegando unos la aceptaban muy tranquilos y otros muy angustiados trataban de quedarse en este mundo, y haciendo un esfuerzo sobrehumano por no irse se recuperaban de sus achaques físicos temporalmente, pero al poco tiempo aceptaban que ya no podían más con su cuerpo extenuado y sin pena se marchaban del todo de esta tierra.

Sólo en muy pocos se vio el terror. La muerte era para muchos, o para casi todos, un extraordinario triunfo que lograban. Días posteriores al entierro de uno de los ancianos o jóvenes adolescentes que iban muriendo en los diferentes conflictos nos embriagábamos a veces por semanas casi enteras, por la desesperación de la realidad cotidiana. ¿Por qué no? -sé decían los jóvenes y preguntaban los ancianos- ¿A quién le importa nuestra vida?... A nadie.


Gorka se preguntaba el porqué estos ancianos sentían más miedo a la vida, miedo de estar viviendo en este mundo, más temor que a lo desconocido o a la muerte misma.

Llenando su curiosidad y tratando de encontrar respuestas se pasaba horas y horas escuchando sus historias y sus vivencias pasadas. Contaban sus sueños fallidos, sus ilusiones idas, sus cansadas quejas, sus llantos ya secos.

Quedaba en ellos sólo el cansancio de la violencia, la guerra y la miseria. Otros se conformaban a la dura realidad de saber que no eran eternos y que sus días estaban contados, igual que aquellos a quienes sin compasión alguna otros habían enviado a la muerte con el efímero poder y bombardeos nocturnos acompañados de la tiranía de nuestros sistemas políticos y económicos.


Mientras los días iban pasando los inquilinos del tercer piso, en la Pensión Tarrazon, sabíamos con certeza cuál sería el próximo en morir. Observaba que lo único que les quedó en esta vida a esos ancianos es el reproche a ellos mismos por haber sido unos cobardes.

Por no haber sido capaces de levantar la voz de protesta, en un grito infinito y universal de reprobación ante tanta injusticia; sin embargo seguíamos tantos años observando en cobarde y cómplice silencio el terror que padecían los otros seres humanos, las mujeres, los ancianos y niños de Colombia,  México, Argentina, Latinoamérica y África. Y lo más grave para nosotros hoy es sentir que somos o pronto seremos ancianos impotentes para cualquier acto, que dejaremos a nuestros hijos y nietos y a las futuras generaciones un mundo invadido por la maldita violencia y la barbarie en donde lo único que se respira es el horror.

 Un mundo que no es mundo.

Un mundo donde la muerte es lo único grato que ya nos merecemos. Porque lo que no se murió en la guerra se pudrió en ella para siempre. Y para nuestra peor desgracia, en nuestra familia, en nuestra comunidad y nuestro querido país.


Días después en la Pensión y en esas gratas noches cuando estaba con los ancianos escuchando sus historias nos reíamos de nosotros mismos, de nuestras debilidades, achaques y limitaciones físicas.

Mientras con las miradas y con palabras soltadas entre los quejidos y dolores insoportables por los diferentes achaques y daños en cada uno de nuestros cansados cuerpos tratábamos de comunicarnos y era penoso aceptar que lo decíamos en medio de los gritos porque casi todos estábamos sordos. A uno de los ancianos le pregunté una noche: Paco, ¿es verdad que tú eres sordo? Y con mirada maliciosa, pasándole despacio una copa de licor en medio de la reunión, dijo: Anda cojones Gorka, ¡Brindemos por tu salud! No preguntes gilipolladas a estas horas de la noche. Y haciendo el gesto de silencio con el dedo en los labios susurrando dijo: ¿Cómo haces ese preguntón a estas horas de la noche cuando ya llevamos tres botellas de whisky y nos hemos fumado dos porros? Soltando la risa el anciano contó entusiasmado lo siguiente: "Sí, mi querido Gorka, decidí volverme sordo después de meditarlo por muchísimo tiempo. Ya tenía una úlcera en el estomago y me habían dado dos infartos. Decidí no escuchar más el mundo exterior. No quería ni quiero escuchar más mentiras a toda hora y en todas partes: la radio, la prensa, la TV, en los cafés y, lo peor de todo, las mentiras de siempre de los políticos corruptos y de los gobiernos mediocres". -Salud Gorka . -Salud todos los presentes esta noche. Y todos brindamos con paco y seguimos escuchando su historia.

 Majo, escúchame bien... un día cansado de todo, desesperado, y no encontrando personas con quién compartir estas locuras que te cuento sobre la maldita miseria y la irracional violencia en esta tierra triste al igual que en mi vida familiar, viviendo con una mujer como la Antonia, a quien sólo le interesan las pesetas y la monarquía, como a mí, igualmente de bruto, este que te habla, sólo le interesa ahora después de viejo la lotería y el fútbol. Decidí dar un cambio radical a mi vida.

 Una tarde que me caí en la calle fui llevado inconsciente al Hospital Clínico de urgencias en Barcelona. Le hice creer a los médicos cuando desperté, pero más que todo a la gorda Antonia que estaba a mi lado, llorando desconsolada, que había perdido el oído y que no escuchaba nada. ¡Nada! La Antonia se acostumbró a perder su interlocutor cotidiano y le tocó seguir echando cantaleta sola todo el día en la casa: Paco, ese sordo gilipollas de mi marido que se las pisa y se las pisó toda la vida está sordo. Ya ella no me habla ni discute cuando me viene a pedir las pesetas, así vivo más tranquilo y feliz.

Hace años que nos separamos y vivo muy feliz, ahora sólo la recuerdo por las fotos en blanco y negro, de color casi amarillo, de la época cuando la conocí y éramos unos adolescentes y creíamos en el amor. ¡Salud y salud!


Sí, Gorka, aprovecho este momento para preguntarte algo, lo mismo a ustedes los presentes en la reunión-y el anciano nos miró a todos en la habitación-.

 ¿Dónde está la mujer de Hispanoamérica y el mundo que ha hecho a su alrededor una toma de conciencia en el control de las armas nucleares y los malditos fusiles entre todas las personas cercanas?

¿Dónde está su protesta masiva y total contra la violencia establecida a nivel institucional por muchos gobiernos del mundo y que los hombres bestias y asesinos sólo manejan a su antojo, para matarse los unos a los otros, arrasando con pueblos inocentes como lo hacen hoy en día en muchísimos lugares del mundo sin razón y sin lógica. Sólo por el oro y el petróleo, que son efímera riqueza?


¿Dónde están esas mujeres que buscan y buscamos los hombres honorables hoy en día en el mundo?

¿Dónde están esos seres que creen en la vida divina?, esos seres que sienten en su cuerpo los latidos de un nuevo corazón, el tiempo con sus amaneceres, los murmullos dulces, las canciones de cuna, el sonido del río, el mar, la brisa, tu sonrisa, tu hija, la lluvia, mi hijo, la vida, tu vida, el aire que respiras, tu sangre, los guaduales, el arpa, el bambuco, los sonidos, las montañas, las risas, y la de todos los de este mundo.


¿Dónde están las protestas de la Mujer contra aquél ser que destruye sistemáticamente y sin piedad lo que ella creó con tanto amor? ¿Dónde está esa mujer Gorka, dime tú?

 

Todos en la habitación nos quedamos en silencio para seguir escuchando al anciano quien continuó hablando: La vida hoy en día ya no es vida.

Es un contrasentido de todo aquello que hace y ha hecho la Mujer por tantos siglos y que sin esperanza alguna la Mujer dispone como puede y a veces con esfuerzos sobrehumanos para crear y preservar la vida y la alegría en ella y sus congéneres...

¿Por qué ese silencio de la mujer moderna en Hispanoamérica y el mundo contra la violencia ilimitada que existe y ha existido a través de la historia y ejercida sin control alguno por el hombre bruto? Gorka, escúchame bien y todos ustedes aquí esta noche en la reunión.


Es muy triste tener que aceptar, y llegar a la conclusión de que la mujer contemporánea está aceptando y permitiendo como un hecho normal la violencia que se vive y difunde en todo el mundo y que es una barbarie y algo inaceptable en el hombre bestia.

No acepten esa violencia

 Nunca la acepten. Decía el anciano con emoción y levantándose de la silla pidió un trago, bebe un poco y dice: -¡Salud todos!, y continúa hablando: Creo que muchísimos hombres al igual que yo y los de esta reunión estamos de acuerdo.

 Es algo realmente estúpido, sin sentido alguno y un Dios mío... ayúdanos a todos los hombres del mundo a encontrar un camino para el cual podamos todos los hombres de la tierra vivir en armonía el uno con el otro, para que nuestros hijos y sus hijos y todos los niños del mundo puedan vivir mejor, más tranquilos y felices.


Nunca un hombre consciente de que es un ser en evolución se atrevería a manejar un fusil, máquina, tanque o cualquier arma de guerra, de esos que tanto terror y pánico causan en los niños y en los ancianos.


Nunca un hombre debe aceptar manejar un aparato de esos que sólo llevan el odio, la muerte y la miseria humana y el dolor perpetuados en ellos.


Cualquier niño del mundo y de Colombia que ha sentido en carne propia la violencia y la estúpida y horrorosa guerra sabe y comprende perfectamente el terror y la amargura permanente que ella produce en ellos desde el primer instante que escuchan impotentes y aterrorizados esos helicópteros con sus sonidos asesinos. -Y con las últimas palabras de Paco nos quedamos en silencio, meditabundos.


Por el calor del verano la puerta de la habitación de Gorka, en la Pensión, siempre está abierta. Sobre un escritorio prestado tiene una computadora Scanner y dos impresoras. Tiene sus buenos utensilios de trabajo listos en todo momento.

En la mañana, desde muy temprano, hacía trabajos en la computadora relacionados con el diseño gráfico, diseñaba afiches, logotipos y cualquier cosa que le permitiera pagar sus gastos y también se inventaba historias para el centenar de personas que llegaban a España pidiendo el refugio o asilo político.

Lo mejor de todo es que a veces le tocaba inventar historias sin nunca haber estado en Sierra Leona o en Liberia o en Kenia. Y, peor aún, sin estar familiarizado con el medio ambiente o las circunstancias por las cuales la persona pedía el asilo o el refugio. Sin embargo casi siempre se les dio el asilo a las personas a las cuales les colaboró en la edición de su caso como refugiado.


Así Gorka vivía en Barcelona, durante el día observando y sintiendo la muerte a cada momento, el dolor ajeno y la angustia, el hambre y el llanto cotidianos en los rostros de sus niños, mujeres y ancianos. Y en gente de todos los diferentes países del mundo que llegaban a España.


Veía cómo la gente trataba de escapar de la muerte. Vio asustado y sin poder creer todo el horrible drama de los refugiados y desplazados de la violencia en el mundo.

Eso lo traumatizó y lo ponía a pensar en la maldad que hay en el mundo. Nuestra indiferencia y egoísmo ante el dolor ajeno es algo que nunca ha podido entender ni aceptar.

Muchas veces Gorka ha pensado, y lo dice a sus pocos amigos: "En este mundo no existe una distribución equitativa de la riqueza, porque el problema del mundo no es de pobreza sino de una distribución más justa y equitativa de los recursos que generan la riqueza".


Por eso al saber cada semana que se nos iba uno de los amigos y de los que asistían a las reuniones y fiestas que hacíamos en la Pensión Tarrazon, me he convencido de lo fugaz que es la vida.

En el fondo de la habitación y entre los ancianos la Marí Carmen grita: "Escuchen todos, me cago en la ostia y todo el Opus Dei completito, con todas sus sucursales en el cielo y con todas sus colonias llenas de maricones en la tierra.

 Me voy por un rato, a traer más velas antes que se acaben y ¿quién necesita algo de la recepción o qué necesitan?

 A ver ¿qué es lo que quieren o necesitan para ser felices?".


Ya sabíamos quién sería el próximo a morir esa noche.


Me paro en silencio y camino despacio, muy despacio, hasta la ventana. Quiero sentir la brisa y el olor a mango dulce. Es quizás esa nostalgia por la brisa del Caribe que me lleva a la ventana para viajar con la mente a aquellos lugares donde fui feliz. Miro a través de la ventana y todo es silencio. Siempre encuentro el silencio al final de todo. Siempre. ¿No sé por qué? pero el silencio está allí a cada instante de mi vida.


La calle está tranquila, hay poca gente, y Gorka observa a través de la distancia jóvenes caminando desviados, extasiados, consumiendo hachís y heroina por toneladas. Con sus walkman escuchando ese rap y ese rock de la música de mierda gringa, mientras caminan a las conocidas Ramblas de Barcelona.

 La brisa suavemente entra en la habitación, la siento y la disfruto como cuando tenía doce años y salía por la tarde de cine del teatro Bolívar en la ciudad de Cali y me venía caminando con mis amigos por la avenida Sexta. Ahora sólo escucho a lo lejos que suenan las putas campanas de la iglesia como todos los días, desesperadas buscando clientes arrepentidos y manipulados por el sentimiento de la culpa y por los curas.


Y ¿dónde estarás my darling y mi trucutu? Muchísimas veces se preguntaban los ancianos cuando veíamos pasar las morenas o las rubias escandinavas y que a veces mirábamos por la ventana o desde nuestro balcón. ¿Dónde estás mi amor?, y observábamos con los cuerpos y las risas desdentadas y las ilusiones ya idas con los años, recordando los atardeceres rojos a la orilla del mar o en las montañas con sus sombras entre los árboles buscando lugares dónde terminar el día.


Gorka apenas escuchaba los ancianos con sus quejas del amor lejano y observaba sus miradas que buscaban en aquellos años idos y muchas veces también igual que ellos decía y repetía lo mismo. -¿Dónde estás mi amor...? Cualquier persona que hubiera entrado a la amplía habitación de la Pensión se sorprendería al ver el patético cuadro con estos ancianos, hombres y mujeres de 80 años en promedio de edad, en pequeñas bragas, y con los senos al aire.

 Las mujeres en esos calores del insoportable y húmedo verano de Barcelona que iban entrando a la habitación con sus ya descolgados senos en sus cuerpos cansados, los hombres llenos de achaques y con dificultad para caminar.


Seguía mirando fascinado cómo las mujeres ancianas cuando venían a visitarlo en la habitación y en las reuniones que formaba dejaban ver un poco de maquillaje en el rostro y un suave olor a perfume en ellas. Comentábamos con Gorka y los presentes en la habitación lo bien que les quedaba, y les hacíamos bromas con las cuales ellas se llenaban de risas. Así poco a poco iban pasando los días del verano mientras Gorka seguía buscando al anciano Pierre  sin poder encontrarlo.


En las noches, después de la búsqueda diaria del anciano por los diferentes lugares de Barcelona, era maravilloso mirar cómo las mujeres entraban en las noches sintiendo que iban a cumplir la cita de su vida.

La cita esperada con el amante perfecto y que siempre desearon y el hombre o príncipe azul, y el amor que nunca les llegó y que continúan esperándolo.

También otras y otros entraban en las noches, y ya tarde, con una sábana medio rota o desteñida, percudida o manchada por los años, el vino, la mugre y las lágrimas del llanto dejado en el pasado con sus esposos debajo de esas sábanas y con las mismas en los desamores o las traiciones y que ahora en forma extraordinaria imitaban con ellas grandiosas togas romanas.


Paco y Gorka miraban una noche los diferentes personajes que entraban con sus sombreros, cachuchas, gorras etc. Y no les importaba un carajo a los ancianos el qué dirán de los otros... o la fiera de su mujer o el tonto de su marido. Ya nada nos importa en la vejez, nos alejamos de todos aquellos prejuicios de clase social. Y que tanto mal junto con los curas, “los psiquiatras, y los sicólogos”, algunos de ellos mentirosos, drogadictos  y charlatanes, le han hecho a la gente del común.

Entonces para no desentonar del grupo de ancianos Gorka usaba un sombrero, unos pantalones gigantescos y una camiseta que decía: “El último viaje” y unas abarcas de campesino. ¡Y qué carajo! Así se pasaba las noches en Barcelona muy feliz caminando de un extremo al otro de la habitación departiendo con mucha calma entre risas y anécdotas, todo lo que necesitaban para pasarla contentos cada noche. Y así cada noche era lo máximo. Porque sabíamos que quizás era la última noche para cada uno de los presentes.


A todos los ancianos Gorka les entregaba licores y elementos para su comodidad, sin distinción de raza o de achaque o clase social, a cada uno de acuerdo a su necesidad. Le alegraba muchísimo ver que los ancianos querían aportar siempre algo. Si no tenían dinero conseguían el extraordinario jamón serrano, traían pan y queso y todo lo compartíamos. Y lo hacíamos felices porque la muerte se nos viene encima y ¡se nos vino! Sin darnos cuenta.

 ¡Qué carajo!, aceptábamos que nada nos íbamos a llevar de este mundo.

Soy tan feliz, decía el Sergio, después de haber sido millonario, rico en pesetas y dólares, no en devaluados pesos o bolívares, todo lo que tenía lo había invertido en hospitales y escuelas públicas para las clases más necesitadas.

Atacado de la risa y bebiendo vino nos decía a todos, ahora soy muy feliz. Hoy en día me levanto más tranquilo que nunca antes. Salgo al café de la esquina, me siento a leer la prensa, puedo tomarme un café y un coñac. Puedo charlar con todos mis amigos, hombres y mujeres; pago algo módico por la excelente calidad de alimentación que me dan. Me conocen, me respetan, me tratan bien y además por la noche me vengo a entretener y hacer vida social con mis amigos en esta pensión, que es mi casa. Y es aquí, en este tercer piso, en el lugar donde más me he reído al final de cuentas en toda mi vida.
Gorka, escúchame.

 Toda la vida fui muy acomplejado y triste porque no aprendí a bailar. Siempre fui muy torpe para llevar el ritmo de cualquier música o melodía.

 En mi juventud sufrí muchísimo, y como adulto ni te lo puedes imaginar cómo me afectó siempre el no saber bailar. Ya un hombre viejo y en nuestras reuniones con todos nuestros amigos y amigas, pues... aprendí a moverme con alegría, sin miedo alguno a nadie ni a nada. Y trato de bailar, lleno de risa con la música del colombiano Vives SI Vives...

Hoy por fin, como esta noche, puedo bailar. Por lo menos ya no me da pena y siento muchísima alegría. Que es lo que importa en este mundo. Vivir con alegría, el resto es pura fantasía.


Gorka dejó el anciano por unos minutos y siguió repartiendo las tapas, maní, tabaco, vino y aceitunas, el chorizo con pan, pulpo a la gallega, y sardinas a la vizcaína; la tortilla se la regalaba el dueño del café vecino y era de las que no vendía el día anterior, de los otros cafés de la vecindad conseguía también las famosas tapas y tortillas españolas, y a veces las cambiaba por su libro.

 Y así siempre ha sido con los ancianos: un anfitrión excelente, como su padre le enseñó a ser cuando era niño.

Por lo mismo con él nunca les faltará nada a los ancianos, llevará alegría en cualquier parte donde falte la música. Partiendo desde la música clásica hasta la música cubana y mexicana.

 Los melancólicos tangos, los bambucos alegres, los emocionantes pasillos y guabinas y también el arpa llanera o la bosanova y zamba brasilera, o la cueca chilena o peruana.


A veces y por compartir con los ancianos les ponía vallenatos. Cuando los quería estimular y que recordaba tiempos pasados en su vida y que le entraba la nostalgia por Latinoamérica les hacía una noche especial de pura música llanera.

Gorka miraba por horas fascinado que siempre se paraban de sus sillas o del sofá donde estaban sentados al escuchar las melodías y sin mirar para ningún lado movían lentamente sus cuerpos al ritmo de la música y cerrando los ojos bailaban recordando aquellos momentos e instantes cuando tuvieron a sus diosas coronadas en momentos de años mozos en sus vidas.

Tiempos que fueron jóvenes y bellos y quizás también fueron dueños del mundo por un instante. Aunque sólo hubiera sido el pequeñito y minúsculo mundo de ella y él. Compartiendo juntos esos días llenos de grandes momentos cuando escuchaban "los te quiero", -yo también-, ¿siempre me amarás? -Sí mi vida siempre- ¡júramelo! -Sí amor te lo juro-, ¿me serás siempre fiel mi vida? -¡Sí amor siempre!, -déjame termino la tesis y te doy un hijo. Y todas estas palabras ya lejanas para muchos y los dos en este momento.

Y así la vida tuya y la nuestra se les fue y se nos fue, se nos fue... de las manos, escuchando palabras y sonidos en monólogos durante tantos años pasados, ¿recuerdas amor?, esas palabras son sólo palabras, y que hoy forman la parte triste de aquello llamado: El olvido.

Algunas veces que él bailaba entre ellos quería en esos momentos eternizar para todos y para ellas, en la habitación de la reunión en Barcelona esos segundos en los cuales nos sentimos dueños del mundo. Cuando nada nos importaba. Que ellas recuerden cuando eran unas diosas divinas.

Unas de las más bellas entre las bellas.

Y que los aplausos y la admiración los recibían por doquier. En todas partes. Y sobre todo en las grandes pasarelas y desfiles de la moda efímera llenas de luces y flash.

En los grandes recintos académicos de las universidades de Boston, París y Barcelona. En Londres o Singapur las ovacionaban igual que en Caracas o Berlín y en Bogotá, Río o en Madrid, Rosario y Ámsterdam y Ciudad de México o Guadalajara.

Amor ausente, Amor mio, mi dulce amor...recuerdas cuando escuchabas los aplausos de los poderosos y que al final eran sólo mediocres que te aplaudían sin parar y reías mucho en esas noches y en aquel entonces y eras la más bella.

Que ponías tranquilamente e indiferente el precio al mejor postor y como querías.


Que mirabas segura a todos los hombres, que los dominabas con tu mirada y que de todo creías tener el control. Convencida estabas que podías conquistar el mundo y tenías a tus pies todo, donde y cuando lo querías.

Y que sin esconderlo decías al hombre de turno casi en llanto y al final de la noche en medio del licor, la heroina  y la cocaina, bajo las luces de neón o en las habitaciones en penumbra llenas de espejos, caminando en las callejuelas angostas y oscuras y escuchando as voces de aquellos buitres asquerosos y capitanes y amrineros de barquitos de papel...y decías... "Sólo te pido que me quieras un poquito". Era lo que le decías desesperada implorando por el amor ...en esos segundos eternos en ese instante cuando susurrabas al oído, al nuestro, al de todos ellos, y más que todo aquel que no has podido olvidar nunca, nunca: el mío.

Tu aliento, tu risa al amanecer como murmullos alegres, y escuchábamos el trinar de pájaros con la aurora, tu sangre, nuestro hijo... aquel que pudo ser y nunca lo fue. "Te quiero más que nadie en este mundo", le decías al “hombre” aquél cuando hacías en ese entonces tu tesis de grado.

Recuerdas cuando juntos besábamos el universo en noches alegres de amaneceres suaves y tibios con olor a mango dulce. Allá en la ardiente llanura de la vida, en en la ciudad de cali y en aquellos dias felices de enero y me decías “hazme lo que quieras”.....Y que besabamos la noche eterna, tu vida, la nuestra, la vida de todos en este mundo. Y que ya hoy en día es tan solo dolor y llanto en tu vejez y en la mía.

Cuando también creían ellos dos juntos y solo los dos en medio del canto de las cigarras y los colibríes al mediodía y debajo de los siete gigantescos palos de mango del patio de tu casa, allá en la llanura, los dos en medio de besos ardientes y lunas llenas en la noche corta, creíamos equivocadamente que el Amor era eterno.

Que me serías siempre fiel, antes que él. Y que al oído le decías con ternura: Seré siempre tuya amor... Le hiciste creer que íbamos a ser jóvenes y bellos y que los amaneceres eran siempre nuestros.

 Lo abrazabas y me hacías sentir dueño del mundo. Lo besabas todo íntegro y le decías: todo lo tuyo es mío amor, y lo mío era todo tuyo. Así lo hacías sentir y te creí ciegamente como un niño. Le hiciste soñar en que todo era nuestro. Que por estar juntos merecíamos todo y nos apropiábamos de todo y del mundo como si fuera nuestro también y sin tener la suficiente madurez y conocimiento, experiencia y sabiduría, para adueñarnos de la brisa con sus atardeceres rojos en la llanura.

Sin pensar más en todo lo anterior de su vida, amor, mi dulce amor, por qué ahora que está bailando lentamente y que el cuerpo ya no le responde por los dolores y su rigidez, y que está desdentado y lleno de arrugas, viejo, calvo y que sólo quiere decirte con alegría en su cara, esa que es tu cara también y fue la nuestra, la de ellos, la de nosotros y con sus risas y besos compartidos y alientos tuyos y míos, y que es la vida de todos los aquí presentes en la habitación mía, en Barcelona y en este mundo. Tu mundo, el de tu madre y tus hermanos...y tu familia.

Quiere decirte que sólo le quedan las ilusiones de aquellos días de enero   cuando lo pusiste a soñar como un niño en un mundo mejor. Un mundo más justo y más solidario para todos los hombres, mujeres ancianos y niños de este mundo.

 Le enseñaste a construir un mundo sin hambre y sin miseria y me enseñabas a soñar y amar un futuro para los dos.

Para todos, para todo el mundo entero.

 Le enseñabas a querer el amor en los amaneceres que eran fríos y sólo teníamos un colchón viejo en el piso y cuando todavía no le habían robado las ilusiones y creía en ti.

Y todos los presentes en esa habitación de la pensión en Barcelona creíamos en ti. En ese mal llamado Amor... y en el mundo y en la justicia que nos rodeaba. Creía en ti. Cuando era más joven y todavía te esperaba.


Esta noche amor, mi amor de la llanura con amaneceres con olor a fruta dulce y arenas ardientes, cuando quizás nadie te espera... tú, una anciana igual a ellos, y por allá lejos muy lejos de mí y de nosotros aquí pensando y deseando que tu vida y la de ellos no sea dura...

 Ancianos y cuando nadie nos espera ya tampoco ni en ningún lugar y que sólo nos espera la muerte como a todos los ancianos que he conocido y por los otros que cotidianamente comparten conmigo esta habitación y esta fiesta de despedida a ella, hoy en día en esta noche y únicamente esperando la muerte, cada noche es una despedida y un canto a la vida y un rechazo total a la ilimitada violencia que existe en este mundo.

Una protesta a este injusto mundo.

 Un llanto desesperado de alegría por estar con vida en este día.

Y en medio de una de esas tantas noches y en una como hoy y pensando en ti, amor de la llanura, ¡Amor Miserable!, Maldito amor... mientras reíamos a carcajadas esperando la muerte sin saber nada de ti durante los últimos meses y después de tantos años esperándote sin esperanza alguna y como garzas en la laguna y después de haber bebido licor, y fumado marihuana con los ancianos felices y recordándote como en noches aquellas en la Yaguara, noches de ahora en Barcelona, cuando todos los ancianos y viejos entusiasmados contamos historias atroces como sobrevivientes del "horrible fascismo". Y estando todos felices, riendonos y escuchando música y charlando en la habitación alumbrados con la luz de unas pocas velas entró de repente, ¡Y qué sorpresota y qué susto tan hijo del gran putas! así como en las películas de Hollywood entró un hijo de puta negro, gigantesco, dando unos grandes zancos y con unos pasos inmensos de abuelo negro palenquero. Era de esos negros que de pueblo en pueblo de la costa Caribe y Pacífica de Colombia, en la época de la esclavitud, se vendían en la hoy "Plaza de los Coches" en Cartagena como si fueran relojes baratos de la china entrados de contrabando.

 Sin darnos cuenta se nos metió el negro gigantesco que la noche, las sombras y casi oscuridad total de la habitación lo hacían parecer más grande que Satanás, con unos dientes enormes y una gran espalda y brazos con unos músculos que parecían las alas de un murciélago extraterrestre.


Todo el mundo se petrificó al ver ese monstruo negro dentro del pequeño y feliz espacio nuestro. Lo único que se le veía en la oscuridad o le podíamos observar con la poca y difusa luz de las velas que medio iluminaban la amplia habitación eran esos blancos y brillantes colmillos y dientes con carcajadas maléficas.


Ese ser negro entró de sorpresa, riéndose con gran alboroto, y nadie se movió del susto. Todo el mundo se quedó sin modular palabra.

¡Y quietos todos ahí, mis parroquias y presidentes, incluyendo aquellos de los pueblos y culebreros de la Antioquia grande, quieta la Margarita, quieto todo el mundo hijos de puta y... quieta mi Margarita que aquí llegó el negro, ese de Buenaventura a la Barcelona! Y así fue la cosa mis amigos, yo me quedé quieto y aterrorizado. ¡Dios mío esto es un atraco! -O nos va a matar a todos este negro-. Los ancianos de la habitación no podían creer que estuvieran viendo un hombre negro a esas horas en el amanecer de un nuevo día.


Todos estábamos asustados de ver un negro en carne y hueso.

Un negro real y no como en las películas de Hollywood. Real no porque fuera de la monarquía española sino todo lo contrario. Este era un negro de verdad en carne y huezo y de aquellos de los llamados esclavos, porque los gloriosos hombres anglosajones les pusieron cadenas, los torturaron, los sacaron de su familia, de su África, y los sometieron y vendieron. Los arrancaron de su medio ambiente a la brava y con violencia los metieron en destartalados barcos y se los llevarón al Nuevo mundo para hacerlos vivir como animales y máquinas de trabajo.

 El negro que estaba frente a nosotros en la Pensión Tarrazon aquí en  Barcelona era uno de esos.


En territorio de la España de Aznar, nada más y nada menos. Y con una gran diferencia que lo caracterizó desde el primer momento que entró en la habitación: este negro parecía el Diablo. Era la reencarnación total de Satanás con toda su legión y su corte de diablos a su alrededor. Mientras hacíamos fuerza para que la brisa no apagara la luz del cabo de la vela que iluminaba el amplio espacio de la habitación donde estábamos. Ese hombre negro se nos perdía en la oscuridad de la noche con sus brincos y nerviosos músculos en su cuerpo de ébano cuando le hablábamos.


Parecía que se burlaba de todos nosotros. Cuando entró preguntó: ¿Oiga parroquias aquí quién se llama Gorka ? Escúcheme bien, necesito hablar con el Gorka. Por favor parroquias aquí ¿Quién es Gorka? ¡Ayúdeme por favor...! -Volvió a preguntar el hombre negro, precipitado y nervioso.

Nadie contestó... nadie. Ni un solo mosco se movió. Sólo se escuchaban los pulmones llenos de enfisema de los fumadores y la tos obligada y amiga inseparable en los ancianos fumadores.


Después de sus palabras todo quedó en silencio. Sólo se escuchaba el sonido de la brisa en las velas derritiéndose y las cansadas respiraciones de los ancianos mientras hacían fuerza para que la brisa no apagara las velas en ese instante porque allí, sí nos llevaba el que nos trajo. Y frente a la sorpresa de este puto negro en la habitación y de improviso, yo muerto del susto cuando preguntó quién era Gorka, sólo me decía... Si le digo que soy yo el Gorka me mata este negro....Y me quedé en silencio.


Ahora sí estábamos muertos del susto y yo aterrorizado al ver ese negro gigantesco y maluco preguntando por el Gorka. Y lo más grave era que no atinaba a pensar en nada con el negro al frente. Estaba paralizado del susto.

Luego decía el negro ahora más tranquilo y pausado tratando de convencernos a todos los presentes en la habitación, unos sentados en la cama, otros en el sofá y otros en pequeños asientos y que cada cual había traído desde que comenzó el grupo a reunirse todas las noches desde que llegué a la pensión: miren mis parroquias, -continúo el negro hablando- y con todo su respeto señores aquí presentes, yo soy sobrino de ese gran hombre negro llamado "la Maravilla Gamboa", ese que fue extraordinario futbolista en Colombia.


Todo el mundo seguía en silencio. Porque fuera de Gorka nadie conocía entre los ancianos españoles quién era la Maravilla Gamboa. Y mucho menos le creían al negro su historia. Algo normal en medio del terror que sentíamos.

Yo en silencio apenas me dije ...y ahora ¿qué quiere este negro? ¿Ser otra Maravilla más de negro? Y para rematar la cosa es colombiano el negro éste. Y de una le pregunté ¡Oís parroquia! ¿vos de dónde sos? ¿De Puerto Tejada, San Basilio de el Puerto o del Corralito de Piedra? ¿De cuál palenque? Y el negro contestó ya más tranquilo y normalizando el ritmo de su respiración: Yo necesito hablar con Gorka. Pausadamente habló el hombre negro.

 Sin saber que era él la persona que buscaba y hablándole con acento español le preguntó. Y ¿para qué quiere usted hablar con el Gorka? No, mi señor yo sólo he podido escuchar aquí en Barcelona que el Gorka Echavarría es un Maestro. Yo quiero hablar con él porque necesito que él y todos ustedes me ayuden a imprimir ocho mil hojas de esto que es para un amigo poeta y él les paga por adelantado.

Yo sólo traigo el mensaje, un gran mensaje y además les quiero decir que estoy recién llegado a Barcelona.


Observando asombrado todos en la habitación al hombre el Gorka le preguntó: ¿Usted cómo se llama? El negro se quedó en silencio pensando y luego respondió mirando a todos los ancianos lentamente. A mí me dicen Guacho. ¿Y eso qué significa?, le preguntó Gorka. Bueno, es que mi nombre en verdad es: Washington... y soltó su risa maléfica y luego se quedó en silencio otra vez. Como si estuviera recordando días de su infancia.

El negro empezó a mostrarse tranquilo y sin importarle que estábamos alrededor suyo se adueñó del espacio y se miró tranquilo sus tenis blancos, su overol nuevo, sus brazos musculosos, acomodaba su ancha espalda en la cómoda silla y en el lugar. Parecía que en su silencio estuviera recordando la historia de la raza negra desde el año 1570, cuando empezó el infame comercio de seres humanos hacia Latinoamérica y luego volvió a mirar todo a su alrededor. Nos miró a cada uno con nuestros siete pecados capitales. Miraba las miserias en cada uno de nosotros, los dolores de cada uno y luego con voz segura dijo: Aquí está el dinero para imprimir las copias que necesito y sacó el billete nuevo de veinte mil pesetas. Al mirar el billete nuevo Gorka pensó: ¡qué tal que salga falso ese billete de veinte mil pesetas! Y se quedó mirando al negro.

Mirábamos al negro con tremenda desconfianza e incrédulos en la oscuridad con la poca luz de las velas. Sin embargo, al mirar que no iba a existir violencia de parte del hombre negro hacía nosotros los ancianos, ya un poco más tranquilos mirando al hombre a sus ojos, Gorka se armó de valor y, aunque un poco tembloroso, después de unos largos segundos, caminó hacia él y le dijo muy tranquilo con acento de hombre español... ¿Quieres un trago? y el negro respondió sin mirar: Sí, mi señor, pero sin veneno. Y aterrado mirando los ancianos, le pregunté otra vez ¿Cuál veneno? Y el negro respondió muy contento y entre risas: ese veneno que llaman Cocacola. Eso le destruye a uno el estomago, la vida y los dientes. A mí, mi trago que me lo den con chicha o limonada. O con lo que quiera mi señor, y que mi Dios lo bendiga. Y el negro se sentó muy tranquilo otra vez entre Gorka y todos los desconfiados ancianos españoles quienes nunca habían visto un negro tan cerca y menos en una habitación con ellos a estas horas de la madrugada.


Con el negro en la habitación y sentado entre nosotros y después de semejante sorpresa, Gorka tuvo el valor de preguntarle: oiga negro, ¿Cómo llegaste a Barcelona? -¿Que cómo logré llegar a España? Y el negro soltó una carcajada que se escuchó en todo el barrio. Luego dijo sin pena alguna y ya con más confianza, permítame les cuento todo con calma, y se acomodó otra vez en la silla. Y dijo -perdón, ¿cómo se llama usted? Le hizo la pregunta a Gorka. Y le tocó responder al negro y decirle el nombre. Levantándose de su silla le dijo: mi nombre es Gorka, y le dio la mano con máxima alegría.

 El hombre negro respondió muy entusiasmado parándose de la silla ¿por qué hombe usted no me dijo desde un principio que era Gorka? Usted es de Locombia mi parroquia y soltó la carcajada y levantándose me abrazó sintiendo que tocaba mi espalda y cintura por todas partes como si estuviera buscando disimuladamente armas escondidas en mi cuerpo, o quizás como un saludo de reencuentro con su pasado. Luego nos dijo a todos en voz alta: lo andaba buscando señor Gorka por toda Barcelona. Hasta que una mujer llamada Laloca de arriba  me dijo dónde estaba usted en esta ciudad.


Yo lo andaba buscando porque necesito que usted me ayude a imprimir algo muy importante para todos. Y entre risas nos dijo levantando su copa: salud señores, con todo su respeto. Pero... Déjeme primero les cuento, y mirando a todos los presentes el negro habló: lo más importante en mi vida no es cómo logré salir de Colombia y cómo llegué a la Madre patria. Y riéndose después nos dijo que por cierto algunos ancianos en cuchicheo se preguntaban entre ellos ¿de qué se ríe este negro? Lo principal, -continuó el negro hablando- es cómo he logrado sobrevivir aquí en este pueblo grande y haciendo qué. Y para poder estar aquí esta noche, contándoles mi historia. Bueno... y el negro volvió a mirarnos a todos los presentes y seguía riéndose con malicia y mirando muy complacido a los ancianos que apenas se empezaban a medio sentir bien entre sus temores con el intruso al frente. Y nadie se movía. Solo el negro nos entretenía y dominaba totalmente con sus palabras.


Y así empezó su relato: Yo soy del Pacífico de Colombia, de un caserío cerca a Guapí. Un pueblo perdido en la selva, lleno de casas de madera, techos de zinc, con mosquitos y paludismo por cantidades y un calor del infierno. Todos somos negros o casi todos. Allí son muy pocos los blancos. Allá empieza el mundo o también termina.


Señor Gorka, usted es de Colombia y creo que conoce el pueblo y me puede ayudar a describir a los ancianos españoles cómo es la vida en ese lugar y cómo es su medio ambiente. Ah y antes de continuar les quiero pedir excusas otra vez por la forma tan repentina como les entré aquí esta noche en su reunión y sin estar invitado. Sí, por favor... me excusan los presentes si los asusté.

Como les iba contando... en esa selva los ríos son grandes, hondos e inmensos y nunca se terminan. Se pierden en el horizonte al caer la tarde con soles rojos en una selva verde majestuosa y profunda. Que sólo en las noches oscuras y en medio de sonidos lejanos y extraños logramos entender que es única en el mundo. También creo que podemos sentir en ese silencio infinito sonidos de cada noche con los cuales nos abraza en el amanecer la presencia del creador de este mundo. De un Dios único al que todavía ningún hombre negro como yo le ha dado estos cinco dedos. -Y el negro mostró sus manos gigantescas y cansadas y muy llenas de callos del duro trabajo.


En ese pueblo perdido en medio de la selva terminé mi bachillerato. Trabajando en el restaurante de mi tía Felicita para pagar mis estudios. Ayudándola como mesero o como cocinero algunas veces. En mis tiempos libres me metía en la casa de mi tía Hipólita todo el día para leer sus libros de cuando fue profesora en el bachillerato. El restaurante de mi tía, ¡ay hombe! es muy bueno y queda en el aeropuerto.

Todo el que llega a mi pueblo Guapí conoce el restaurante de mi tía Felicita. Es el mejor que existe allí. La comida es deliciosa y el restaurante siempre está lleno de gente. Desde los funcionarios del gobierno hasta los miembros de todas las fuerzas armadas. Todo el mundo va al restaurante de mi tía. Y así en medio de la vida y haciendo mis estudios un día, hace muchos años, con un par de amigos empezamos a notar en los niños vecinos de mi casa y del barrio y de los alrededores, unas enfermedades muy raras. ¡Ay Dios mío! algo que nunca habíamos visto en Guapí y mucho menos en la región. Algunos niños presentaban problemas en la piel. Cosas raras: manchas, erupciones, tumores, cambios de color, hongos y todo aquello que para mí es indescriptible esta noche. Muchos otros nacían con deformidades y retrasos mentales. En Guapí en los últimos treinta años, y entre mi generación, no existieron esos problemas. Mucho menos los incontables casos de Parkinson y epilepsia entre los niños y los ancianos.

 
Fueron pasando los años y no solamente yo y mi par de amigos éramos conscientes de esto sino que toda la comunidad empezó a notar y a sentir estas enfermedades raras, nuevas y desconocidas por todos y más aún por el grupo de médicos dirigidos por el doctor Vicente, de Puerto Tejada, que en silencio asustados afrontaban y aceptaban incrédulos esta epidemia creciente como algo fuera de lo común y sin causa alguna, y mucho menos científica, entre la comunidad negra del Pacífico de Colombia que va desde la ciudad de Tumaco hasta Panamá.


Algunos meses más tarde y un día después de muchos años de silencio en el pueblo, en una canoa llegó al embarcadero un respetable y cansado anciano con su mujer. Sudorosos y muy nerviosos contaban que habían visto, hacía muy poco, descargar en la playa del Pacífico de Colombia unas cajas metálicas gigantescas. Ese mismo día, al caer la noche, y cuando regresaba otra vez del mar a su rancho el hombre contaba que vio cuando llegaban en otros barcos y luego a la playa unas máquinas mucho más grandes y que despues manipulaban las cajas o contenedores y las trasportaban unos doscientos metros más adentro ya en tierra firme y muy cerca de su rancho semiescondido entre las grandes palmeras y árboles.


El anciano nos contaba en aquel entonces que vio, incrédulo y asustado, que otras máquinas abrían unos huecos gigantescos en la tierra y después echaban las cajas en ellos y mucha tierra encima, hasta no quedar ninguna de ellas a la vista de persona alguna.


Muy temeroso y pensativo -nos decía- me quedé a los días siguientes, cuando fui nervioso y asustado a ver dónde estaban enterradas las cajas. Sin poderlo creer comprobé que en ese terreno estaba como si nunca se hubiera enterrado nada.
Me fui asustado y corriendo al rancho y le conté a mi negra Margarita lo que había visto y ella me dijo como siempre muy tranquila: Nicolás, para qué te pones a ver cosas raras donde no te han invitado y más si son de esos hombres blancos. Me sirvió la comida mirándome reservada y me acosté muy regañado y preocupado.


Este anciano negro, como cosa extraña y triste, al pasar los meses desapareció sin dejar rastro alguno. Nunca se le ha podido encontrar. Y hoy sólo se escucha el llanto desesperado de su anciana mujer y compañera después de cuarenta años de vida en común, de sus hijos y nietos buscándolo por todo el Pacífico de Colombia.


El negro Washington se queda en silencio unos segundos después del relato y con los ojos cerrados nos dice: ustedes bien conocen que un negro joven es muy desconfiado con todo lo que escucha. Y más si viene del hombre blanco. Porque con todo su respeto les quiero decir que, tan solo mirar la forma en que desaparecen a las personas negras en Colombia y si abrimos bien los ojos y observamos detenidamente cómo vive la raza negra en ese país y en todo el mundo, es más que suficiente la miseria para uno como hombre negro estar arisco con todo el mundo y no creer en la palabra del hombre blanco. Y mucho menos en los monos ojizarcos del norte y sus queridos primos anglosajones quienes nos pusieron las cadenas hace quinientos años.
Pero es que imagínense ustedes aquí presentes señores ancianos en esta reunión, aquí en Barcelona, y con todo su respeto, -el negro para de hablar y nos mira a todos entre risas, levanta su vaso vacío y dice muy tranquilo- a ver denme otro trago por favor con chicha o limonada, por favor señora Cecilia, perdón ¿así se llama usted? Sí, por favor deme mi ron con limonada, sin veneno por favor. -Continúa con el relato- ¡Salud a todos! ¡Salud señora! Usted señor Pacho que me escucha con tanta atención que a mí también junto con mi primo Bernardito, pobre hombre, el más pobre de la familia, ya ni dientes ni dolarcitos tiene el pobrecito y ya viejo y negro pues morirá como gallinazo negro. A él y a mí un día que nos tomábamos unos tragos en el rancho de Octavito el sacamuelas del pueblo, y bajo la luz de la coleman nos llegó el rumor que una gran loca, loquísima y que vivía en un palacio grandotote en la capital de Colombia, había autorizado a cambio de no sé qué dolarcitos, de esos verdecitos y de esos que le gustan tanto a Bernardito, mi primo, que ese material radioactivo y desechos de lo que se usa en las Centrales de Energía Nuclear de las más grandes ciudades de los Estados Unidos de Norteamérica, fuera entrado a escondidas de todo el mundo en Colombia y enterrado donde la loca esa, la tremenda loca, la loquísima del palacio creía que nadie se daría cuenta y nadie protestaría.


Que ese hecho pasaría desapercibido en medio de la ignorancia de la raza negra y que si protestábamos algunos de los negros, pues sería más fácil matarnos a los negros malucos y desaparecernos sin rastro alguno. A que ese material radioactivo y altamente perjudicial para la salud humana y del pueblo fuera a ser entrado por otro lugar de Colombia y en la costa norte donde fácilmente las personas observarían entrar eso desconocido y avisar de inmediato a las autoridades y comunidades sobre este gravísimo hecho para la salud de todos los colombianos y latinoamericanos.
Después que desapareció don Nicolás, el anciano aquél y el primero que junto con su esposa dieron la noticia en el pueblo de Guapí sobre estos desechos radioactivos y altamente peligrosos para las comunidades del Pacífico de Colombia, todo aquel que medio habla de este suceso en Guapí, las veredas o las cantinas, la iglesia, o restaurantes, la cancha de fútbol, el aeropuerto, las escuelas desbaratadas y con maestros moribundos y sueldos empeñados o donde sea y en las tales junticas de acción comunal o en cualquier otro lugar, son desaparecidos del todo y sin rastro alguno.
Son centenares los desaparecidos y nadie sabe dónde están. Nadie investiga tampoco porque también será desaparecido.


No sabemos quienes están desapareciendo a estos negros porque son muchos los enemigos que tiene esta raza y son también muchas las Multinacionales y Corporaciones y los grupos armados que quieren que abandonemos las tierras, los asentamientos de las negritudes, para invadir nuestras tierras llenas de oro, platino, bauxita, uranio, y el medio ambiente con mayor biodiversidad que existe en la tierra.


Algunas veces entre los habitantes del caserío de Guapí hemos pensado que esa mujer de la bruja Matilde y demás brujas y decenas de brujos que existen en el pueblo y sus alrededores podrían ser quienes desaparecen a las personas. También escuchamos otros rumores más extraños y que se escuchan selva adentro. Como aquella del negro Ernesto, el cajero del Banco Agrario, que toda su vida fue un prestamista y agiotista sin alma, que en tres días se murió estornudando cada 12 segundos y de pena moral cuando supo que a su hermano menor el Betico lo había dejado seco un murciélago gigantesco que azota desde hace años la comunidad del Baudó y que arrastrándolo por los aires desde la puerta de su rancho como un huracán se lo llevó a más de un kilómetro de distancia por el aire en la temible noche y luego lo depositó suavemente en un playón del río en la curva de la negra Isabel.


Cuentan al otro día que la negra Isabel se levantó muy tranquila esa mañana para hacer una aguapanela, cocinar unos plátanos y fritar el pescado, como era su costumbre. Se encomendó a Dios por su vida, besó el escapulario y la medallita de San Benito con fervor que le había regalado el cura Óscar; prendió el fogón en la parte trasera de su rancho, atizaba los maderos y avivaba la llama tarareando una melodía y entre bostezos miraba también entretenida el río, al igual que todos los días. Y creyó en un instante que estaba alucinando al ver un brillo extraño en el río. A unos cincuenta metros de distancia dentro de las anchas y apacibles aguas. ¡Muy extraño!... -pensó la negra Isabel-, y caminó fuera del fogón. Más rara se sintió cuando vio que eso que brillaba como un espejo parecía llamarla desde el playón. Caminó nerviosa por el camino con dirección a la orilla del río, sacó de entre sus caídos y arrugados senos el escapulario con la imagen de José Gregorio Hernández, la Virgen de Guadalupe y la medallita de oro con la cara de Simon Bolivar y lo besó otra vez sintiéndose invencible en su fe, deseando que las serpientes se alejaran de su camino y no estuvieran por esos lados  porque con la creciente del río y la luna llena de la noche anterior era el momento indicado para que estuvieran por el lugar.

 Llegando asustada a la orilla del río y dándose la bendición otra vez para mirar mejor lo que la extrañaba, sólo pudo exclamar asustada: Dios mío... ¿qué es eso? Luego caminó un poco más a un pequeño alto en la orilla del río para poder apreciar con mayor claridad lo que había visto con desconcierto desde su rancho y en el corto camino recorrido.

Se puso como pudo las destruidas gafas con un solo vidrio plástico de su difunto marido y logró distinguir en la distancia a un hombre muy dormido en la paz eterna entre el brillo de las mansas aguas y las blancas piedras del río. Muy quieto allá en las anchas y titilantes arenas del playón.

Asustados y aterrados quedamos nosotros los del grupo de rescate del cadáver cuando fuimos a recogerlo y encontramos al muerto en el playón del río.
El cuerpo estaba en posición muy rara e ilógica, como si se hubiera recostado lentamente y acomodado con toda tranquilidad en un montículo de arena del playón. Este cadáver se nos presentaba como recién bañado y afeitado. Con toda su ropa todavía en él.


Algo sorprendente para todos los que estábamos presentes. Mientras fumábamos y amarrábamos la lancha pudimos observar que el cadáver del hombre negro conservaba aferrada a él una antigua y muy bella cruz de plata en la mano izquierda y en la cual estaban escritas las palabras: Toht.


Terminando mi cigarrillo y mirando eso tan raro en ese cristiano con esa posición en la arena del playón, pude observar como todos los presentes en ese instante del rescate que el rostro del difunto se veía en mucha paz.

La expresión del rostro que mostraba nos indicaba que había muerto sin ninguna pena. Mostraba una sonrisa santificada y plena que lo hacían parecer como un iluminado. Como un escogido entre todos los hombres de esta tierra y todos creímos con certeza después de observar detenidamente su cuerpo y su cara en ese instante que quizás estaba predestinado a reencarnar en pocos días en un ser especial. O en un ángel en nuestra vida por venir. En un Cristo negro.

Todos asustados y después de prender otro cigarrillo no sabíamos qué hacer en ese instante y ante este cuerpo negro.

Era algo nunca visto por nosotros. También discutimos y estuvimos de acuerdo los del grupo de rescate que este iluminado, este escogido, además de parecer en ese momento un Cristo negro parecía que estuviera despidiéndose muy feliz de la ingratitud, la violencia y la avaricia del hombre blanco en todo el mundo y en toda la historia de este universo.


En horas de la tarde, ya muy cansados y con hambre, al llegar en la lancha al muelle de Guapí nos sorprendió ver la inmensa romería de personas. Nunca se había visto tanta gente para ver un muerto en el pueblo. Aunque este muerto era muy diferente. En ese instante nos encontrábamos con algo desconocido.


No entendimos por qué tanta gente lo esperaba en el embarcadero si horas antes nadie en el caserío sabía de su llegada. -A ver un trago doble por favor ¡Salud para todo los presentes! Como les iba contando, a su entierro vinieron muchos que no lo conocieron en vida. Asistieron todos sus familiares y amigos, hasta los perros de los otros caseríos también vinieron y aullaron en forma extraña a la luna llena dos noches seguidas. En el río los peces brincaban fuera del agua como nunca antes. Algo muy raro y nunca visto con un muerto.

Lo más extraño era que todo el mundo quería estar cerca del difunto, conocerlo o alcanzar a tocar su cuerpo. Para así lograr sacar de él y guardar en ellos un poco de paz y tranquilidad que este Cristo negro trasmitía y que sintió toda la gente de Guapí cuando llegamos con su cuerpo.


El entierro fue el más grande que se conozca en la vida de mi caserío y del pueblo. No hubo fiesta como ocurre con los entierros de los niños negros. Por eso cuando un niño negro nace todo el mundo llora. Sabemos que viene a sufrir y a llorar las injusticias del hombre blanco y cuando muere un niño negro todo el mundo canta y es alegría plena porque por fin dejó este triste e injusto mundo del hombre blanco.

En el entierro de este hombre hubo silencio por tres días. Parecía una Semana Santa cuando llegamos con los restos, todavía se escuchan en eco las plegarias y sonido interminable de los tambores elevadas al cielo esa noche. Al domingo siguiente del interminable entierro todavía lo lloraban los que lo conocieron, mientras los que no lo conocieron se preguntaban a cada instante y a todos quien era ese hombre, la vida volvió a su rutina normal y no sé por qué también ese mismo día y antes que me desaparecieran a mí como a los centenares de negros que han desaparecido después del entierro decidí salvar mi vida y me entraron ganas de conocer esta España.


Juntando mis ahorros y con recolecta entre los amigos y los conocidos del pueblo y con una rifa que hizo mi tía Felicita de la cruz de plata con el cristo que se le encontró en la mano al hombre negro viajé en un destartalado avión a Bogotá y luego me monté en un lujoso jet para Madrid.


Al llegar al aeropuerto Barajas me preguntó un hombre de la policía o aduana -yo no sé qué era, ya que todos se me parecen- si yo era futbolista. Que en qué equipo iba a jugar. Y yo sin respuesta alguna le seguí la corriente y le respondí de una que en el equipo del Cristo negro. Y el hombre del control en el aeropuerto sorprendido me preguntó que cuál era ese equipo y que de dónde era. Y yo le respondí atacado de la risa nerviosa que me dio, -ay Dios mío si quiera me ayudaste- y le respondí: señor, con todo su respeto... aquel equipo que nadie ha visto jugar todavía aquí en Europa. Por eso vengo a formar un equipo como hay en el pueblo mío, allá en la selva y que llevará como estandarte esta cruz de plata. Y se la mostré con alegría en medio de mis risas en mi mano izquierda levantada como si fuera un trofeo de guerra.

 El hombre la miró entre asustado y sorprendido con su brillo natural. Sin dejarlo respirar le conté rápido, aún sin salir de su asombro, la historia de la cruz de plata y su cristo en ella. Y cómo el difunto hombre negro la tenía en sus manos cuando lo encontramos en el playón del río. El policía escuchando me observaba atentamente, y en forma muy tranquila me dijo: bienvenido a la Madre patria.

 
El hombre bajó su cabeza y selló mi pasaporte. Me miró por última vez, medio sorprendido y sin creer todavía y como si fuera un niño triste y muy solitario en este mundo y que recobraba para el resto de su vida la alegría y la paz perdida en esta tierra con aquello que acababa de escuchar y de mirar en ese instante. Y yo por dentro a carcajadas con el cristo de plata que brillaba en la mano como en el playón del río y como si fuera ahora un gigantesco fusil que me había regalado el que se lo ganó en la rifa en el pueblo y que por miedo y pánico al no poder dormir me la regaló apresurado y agradecido de no tener más esa cruz con él.


Después de un largo silencio mientras nos observaba el negro Washington nos dice muy tranquilo y seguro de sí mismo: a mí no me da miedo de los muertos, me da miedo de los vivos. Por eso aquí en España cargo mi cruz conmigo a todo segundo. Y la sacó de su bolsillo y nos mostró la antigua y bella cruz de plata. Los ancianos no podían creer todo esto en medio del miedo que sentían, sin embargo uno de ellos dijo: Chaval, eso se merece un brindis de todos. A ver Gorka un trago y sin veneno todavía para este hombre, -mientras Gorka sirve el trago los ancianos hablan de ellos asustados con esa historia de la cruz y la historia del hombre negro. Continúo con mi relato, -dice el negro Washington. En Madrid, en el aeropuerto, me entró el miedo cuando llegué. Allí todo era muy rápido, la gente anda a las carreras, las parejas se dan besos de despedida como si se fueran a morir poco después, todo es rápido y uno acostumbrado a mi pueblo, allá en la selva que todo se hace cuando uno siente ganas y quiere, pues me entró un miedo y una soledad tremenda, ¡ay madrecita santa, para qué me vine a España!, es lo que me digo a cada instante. Luego salí del aeropuerto muy asustado y perdido, cogí un bus para la terminal de trenes. En ese lugar me puse a esperar a que saliera el tren para Barcelona. En esa gran ciudad de la capital de España sí que me sentí perdido. Y como tenía por destino a Barcelona pues cogí el tren con lo poco que me quedaba para viajar, guardando algo para el hotel aquí cuando llegara. Y aquí me tienen todos. Llegué sólo a sufrir.


Ustedes no saben lo que he llorado aquí en esta ciudad de Barcelona, aquí aprendí a vivir acelerado, así como es la vida en Madrid, encontré lo que no había buscado y nunca quise o soñé. Pero me ha llegado es todo lo que quieren y sueñan los otros hombres del mundo y en especial los blancos. Yo no quería lo que encontré aquí en Barcelona y que ahora en los tres meses que llevo en esta ciudad lo topé tan de repente. Ya les voy a contar qué es... salud todos y espero no les dé miedo con mi historia. -Y todos brindamos por el relato del negro Washington-, ¡ay señor Gorka como estoy de contento de encontrarlo y de estar aquí con ustedes esta noche!
Les quiero decir también que estoy muy arrepentido de haber dejado mi selva ancha y profunda, de haber dejado mi negrita, mi flaquita bella, una mujer sencilla y buena a morir, una hembra bella y fuerte. ¡Ay Dios mío, cómo la extraño! Y cómo me hablaba al oído, escuchar su risa y su voz era mi gloria.

Recuerdo que ayudaba a todos los ancianos, como ustedes, ya que trabajaba como enfermera. Los dos pasábamos las horas felices en silencio mirando juntos el río y siempre lo veíamos diferente. Las palmeras tenían su danza mágica en las tardes y la brisa de la tarde nos traía murmullos cotidianos que eran como canciones de cuna y las lluvias de la noche germinaban la vida de todo aquello que sembraba yo en el huerto durante el día.

 

Éramos pobres pero la vida era amable y buena. Mi mujer me quería por lo que yo era. Así no tuviéramos mucho que darnos ni qué comer. Siempre teníamos lo suficiente para los dos y lo poco lo compartíamos.

 Ella me ayudaba en todas mis decisiones y cuando me enojaba me cantaba canciones y se me pasaba la rabia y así me hacia reír y me olvidaba de todo.


Aquí en España todo el mundo me mira como un animal raro. Aquí me di cuenta de lo que vale en estas tierras un hombre negro y, además, con la marca de ser colombiano. Como para rematar la cosa. En Barcelona la he pasado de pensión en pensión como las putas feas y pobres, me ha tocado vivir con penurias en la llamada Madre patria.

Me echaron de la última pensión, según ellos porque gastaba mucha agua. Como me bañaba dos veces al día me preguntaban si estaba enfermo. Cuando allá en mi pueblo, al lado de mi negra, nos bañábamos en el río a toda hora, y en la casa cuando queríamos; teníamos mi negra y yo el agua de los grandes ríos y por eso de todas las pensiones me han echado y puse el récord de 7 pensiones en 21 días. A ver, a ver, a ver, cómo es señor Gorka, señora Chechi y señor Pacho... dónde está mi trago y ¡sírvame uno por el alma de los muertos de este mundo! Salud todos. -Y el negro levantó la copa y todos brindamos por el porvenir.


Desde el fondo del corredor pudimos escuchar la Marí Carmen que regresaba con las velas y venía cantando una canción aquella de Lili Marlen y de los años cuando estuvo en Alemania y le tocó soportar la guerra, venía cantando por el corredor y todos nos pusimos a escuchar la melodía, y al entrar a la habitación dice: ¡Ay hijueputa, qué susto! ¿Quién es este puto negro y qué hace aquí? ¿Oiga cojones de dónde salió este esperpento? ¡Qué susto! Y todos reímos de ver la expresión de la Marí Carmen al encontrar al negro Washington sentado entre nosotros. -Señora perdone el susto que le hice pasar, mi nombre es Washington. El negro levantándose con respeto le dio la mano a la María Carmen.

Mi nombre es Marí Carmen, respondió ella. Soy de Sevilla y si no traigo las putas velas nos quedamos sin luz. Majo ¡qué susto el que me has dado!, por poco me orino en los calzones. Y los ancianos reían con la Marí Carmen.

Yo, sorprendido con lo vivido esta noche caminaba a la ventana y recordaba algunas cosas que más tarde les contaré.


Bueno, pido la palabra, -dice el negro. Les sigo el relato: así de pensión en pensión me quedé sin dinero y sin saber cómo iba a poder sobrevivir ya que en todas partes me miraban como animal raro. O como le dicen a ciertas cosas feas en Colombia y a la negra Piedad : parece un orangután con cola. Una noche desesperado y después que ya llevaba durmiendo en un parque 10 días y en una hamaca que me traje de Guapí me despertó un anciano.

Me asusté mucho porque era un rubio de ojos azules y muy blanco. Cuando lo escuché hablar me sorprendió que fuera tan amable, me invitó a tomar un café, me preguntó si había comido y le dije que no. Me invitó a comer y así entre charla me preguntó si quería una copa de vino. ¡Ay mi diosito santo!, y yo que llevaba varias semanas sin probar una gota de alcohol me pareció como una bendición. Pues les cuento que me tomé dos cartones de eso que llaman tinto y rioja y tranquilamente me fui a dormir otra vez. Quedé de verme con el anciano al otro día. Llegué al parque donde dormía y del morral que siempre cargo como los valientes muchachos,  volví a sacar mi hamaca y esa noche la colgué de nuevo entre las mismas palmeras que ya conocía y que eran mis dos únicas amigas y que me recordaban a mi tierra y que cada mañana abrazaba porque pensaba que eran  mi negra y  mi selva bella, verde y profunda del Chocó.

 Esa noche dormí delicioso. Había quedado con el anciano en que al día siguiente desayunaríamos juntos. A las 6 a. m. me desperté antes que llegara la policía y me fui a las duchas públicas de la playa y me bañé. Fui al café en la Plaza Real donde el anciano me citó y allí lo encontré. Estaba como la noche anterior, amable y muy tranquilo. Me hizo recordar al muerto que había encontrado en el río hace unos meses. Al Cristo negro.

Continua ….

 

 


©Carlos Echeverry Ramirez -2007-(Colombia1955-Canada)

Es miembro de la Union de Escritores de Canada

©Caer. 2006
Catonet Comunicaciones Grupo
Reservados todos los derechos de propiedad intelectual ante CIPO y WIPO


 



lo que pasó en tasajera--Carlos Echeverry Ramirez

Lo que pasó en Tasajera

Del libro:
“Compartiendo Alboradas” ISBN 0-9683701-1-X
Reservados Todos los Derechos de Autor ante:
CIPO y WIPO.
Carlos Echeverry Ramírez.
Es miembro de la Union de Escritores de Canada.


Lo que pasó en Tasajera

¡Aquí no venga ni a morirse, porque tampoco lo entierro!
Cuando escuchó esas palabras del ser que lo parió comprendió y aceptó que estaba solo en este mundo.
Con esas palabras su madre respondió cuando él suplicó que lo recibieran en la amplia casa.
Negándole ayuda la madre dio rienda suelta al egoísmo del hermano menor, quien se negaba rotundamente a que lo recibieran.
Súplica que les hizo el Cato después de haber perdido todas las cosas materiales que poseía, y a raíz de la recesión económica que llevó a miles de personas como él al fracaso monetario en diferentes países del mundo.
A su mente vinieron en esos segundos los recuerdos de la infancia cuando, en la finca familiar y en medio de bromas entre los mayores, su padre Alberto le habló con los perros sentados a la izquierda y mientras juntos observaban la fresca noche de brisa y palmeras:
-¡Mijo, la sangre sólo sirve para hacer rellena!
¡No crea ni confíe en nadie!
En los instantes que recordaba estas palabras su automóvil salía de la carretera y terminaba dando tres vueltas de campana estrellándose contra un pequeño arbusto de jojoba.
Al parar todo el movimiento, y sentirse con vida, se dijo:
-¡Vida hija de puta, me salvé!
Mirando borrosamente la hora del reloj de su viejo Mercedes, año 1955, buscó otra vez la botella de whisky y cogiéndola con alegría se tomó un trago doble por estar con vida.
Eran las 6 de la tarde de un 18 de diciembre en la decada de los 90 y se encontraba en ese momento sentado aún dentro del automóvil y diez metros abajo y a veinte de la carretera por donde iba en dirección a Santa Marta.
Cato reaccionaba de las contusiones y de la sorpresa de estar vivo.
Y despertándose del cansancio y el alcohol que lo hicieron quedar dormido cuando conducía el automóvil volvió a escuchar el eco de aquéllas palabras de su madre:
-¡Aquí no venga ni a morirse, porque tampoco lo entierro!
En ese preciso instante sintió agresivamente una mano invasora, peluda, sucia e inmensa, repugnante y sin rastros de trabajo en ellas que entraba como una garra por la ventanilla del auto para quitarle de un zarpazo algunos devaluados pesos, los papeles de identidad nacional y doscientos diez dólares que llevaba en el bolsillo de la camisa, en billetes de un dólar y de a cinco dólares.
Cato al mirar esa mano sucia, repugnante y sin callos, entrar por la ventanilla del automóvil trató de identificar la cara dueña de la mano que lo robaba y se encontró escapando la mezquindad de unos fríos ojos de colores grises y azulados en piel blanquecina.
¡Ojos de asesino!
En una cara con tipo eslava, labios deformes, con un único amarillento y podrido colmillo en sus deformes mandíbulas.
Reaccionando en ese preciso instante y aferrándose a esa mano invasora, igual que una hambrienta fiera, escuchó esta y otra vez, con emoción profunda, las palabras de su padre.
Sin embargo la mano invasora se le fue, se le fue, escapándosele de sus manos igual que el agua en los lejanos juegos de su feliz infancia.
Cato, sintiendo ira e intenso dolor por su situación de impotencia al ver que el sucio agresor con la mano mezquina y sin rastro de trabajo en ellas se le iba con los documentos nacionales, como pudo, semidormido y borracho, abrió la puerta de su viejo Mercedes Benz y decidió, en medio de la algarabía de la muchedumbre desesperada por coger los pocos dólares que en el aire y la brisa se perdían en el atardecer del mar Caribe, correr detrás del desdentado ladrón.
Corrió y corrió, ya lo alcanzaba, sí, sí, ya lo alcanzaba, pero el hijo de puta ese, corría más y más. Cato corría con máximo esfuerzo sintiendo los latidos del corazón listo a explotar cuando ya llegando a los doscientos metros de carrera y antes de entrar en los recovecos de esos palafitos y tugurios de Tasajera en el mar Caribe de Colombia, perdió totalmente de vista al ladrón.
No sé por cuál rincón, por dónde o por cuál lugar se desapareció. O en qué sitio se escondió el hijo de puta ese, con cara de asesino y gringo drogadicto.
Entonces, con el ladrón perdido de vista y, sin poder respirar por el cansancio de la carrera, recordé con pánico que el automóvil estaba solo, con mis pocas pertenencias y rodeado de gente desconocida.
-¡Vida malparida me robaron todo!
-Fue lo único que pensé.
La música clásica en unos 300 CD, algunos libros, un pequeño televisor comprado de segunda, una bicicleta desarmada que iba en la parte trasera del automóvil, el equipo de música y mi reloj que iba en la guantera del automóvil.
No supe qué hacer cuando me acerqué al automóvil y lo vi rodeado de esa gente. ¡Hijos de puta!, ¡ladrones de mierda!, les gritaba como un loco enfurecido cuando llegué junto a ellos.
Los hombres que encontré eran negros y prematuramente viejos.
Unos ancianos, y bien ancianos por la cantidad de arrugas en sus cuerpos, iguales a los acordeones tocados nostálgicamente en las noches por los jóvenes y niños cuando los padres salían a las faenas nocturnas de pesca.
Los encontré dentro del automóvil. Muy tranquilos, serenos y fumando gruesos tabacos y echando el humo como si fueran los antiguos trenes de la zona bananera.
Me llamaba la atención que todos eran mochos, que les faltaba la pierna izquierda o la derecha.
Sin pensar nada, lleno de ira y respirando con dificultad por el esfuerzo de la carrera, me dirigí frente al auto donde ya otros hombres habían abierto la tapa donde va el motor, y estaban listos para llevarse la batería.
Apartando la gente y gritándoles, -¡hijos de puta! ¡compañeros hijos de puta! ¿Por qué en medio de esta miseria y después de un accidente permiten que se me robe? … ¿Por qué? -preguntó Cato- Nadie contestó.
¿No saben ustedes que lo único que tengo es esta mierda de carro viejo, unos libros y poca música?
-¡Ayúdeme a coger a ese caregringo hijo de puta que me acaba de robar siete mil dólares!
-¿O es que no vieron el sobre lleno de dólares que se llevó ese boquinche y malparido ojizarco?
Cato no terminó de decir cuántos dólares se había llevado la porquería del caregringo ese y toda la gente alrededor salió corriendo desesperada detrás del ladrón.
Para recuperar los dólares, para pedir la participación en el robo, o el impuesto sobre él.
Después, quedándose solo, frente al Mercedes Benz y con los cinco hombres negros, tres dentro del auto y dos sentados sobre la tapa del motor del coche, se quedó atónito observando la nueva situación.
Estaba mirando y tratando de comprender todo lo sucedido anteriormente, cuando vi asombrado, cómo el más anciano de ellos y con sus huesudas manos que salían por la ventanilla del auto me entregaba el reloj con una sonrisa plena y mirada infantil diciéndome con sonora carcajada:
Tranquilo, ¡Ya pasó todo!
Poniéndome el reloj, y sin salir de la sorpresa por el detalle del hombre negro, escucho que me están llamando por mi nombre desde lo alto de la carretera.
Observo con desconfianza y eran los hombres de la grúa y una ambulancia.
Dándole las gracias al hombre negro me contestó diciéndome que no me preocupara, que ellos se encargarían de mi seguridad y de mis cosas.
Sonrío con incredulidad al escuchar sus palabras y recuerdo las palabras sabias de mi padre en las noches llenas de brisa y palmeras:
-¡Mijo, la sangre sólo sirve para hacer rellena!
¡No crea, ni confíe en nadie!
Mientras los hombres salían del automóvil me puse a conversar con la gente de la grúa, la ambulancia y otra gente que me rodeaba.
Sorprendidos estaban que estuviera con vida después de este grave accidente.
Trato de prender el Mercedes y lo logro hacer sin ningún esfuerzo, llevándolo hasta la carretera.
Allí, y sin creerlo, me doy cuenta finalmente que no tenía frenos. La tubería por donde se traslada el líquido se había roto.
Más calmado y observando incrédulo toda la distancia recorrida cuando me quedé dormido debido al cansancio y al licor vuelvo a escuchar ahora aquellas palabras de mi madre:
-¡Aquí no venga ni a morirse, porque tampoco lo entierro!
Acto seguido hablo con las personas de la grúa y decidimos trasladar el automóvil a un espacio frente al retén para dejarlo resguardado esa noche.
¡Qué susto tan hp! me repetía continuamente y en silencio, luego uno de los trabajadores del retén me insinuó que él se encargaría de arreglar el conducto por donde va el líquido de frenos.
Minutos más tarde, y después de estar en control de la situación, encuentro algunos devaluados pesos en uno de los bolsillos del pantalón.
Me despedí de la gente y caminé hasta el retén para montarme en un vehículo que me trasladara a Santa Marta. Al caminar iba charlando con el más anciano de los negros, aquel mismo que me entregó el reloj, y quien en esos momentos me repetía ¡Te salvaste de puro milagro! en cuanto a los dólares no se preocupe señor Cato que ya aparecerán por otro lado. ¡El Señor proveerá!, haciendo énfasis de manera religiosa con sus manos al decirme estas palabras.
El hombre mocho, y viejo prematuramente, se despidió amable y con incredulidad por lo vivido ese día y regresó al caserío de Tasajera, buscando algo para comer y esperar la noche rodeado de su familia.
Cato se quedó sentado en una banca esperando un camión o un medio de transporte que lo llevara a Santa Marta.
Al primero que pasó le puso la mano, lo recogieron, y saludando al conductor le contó detalladamente el accidente durante el trayecto del viaje a Santa Marta.
-¡El alcohol, mi querido amigo!, eso es todo, ¡es la peor droga que existe! Fue lo que respondió el hombre que conducía el camión.
Así Cato logró llegar con la noche cayendo a casa. Donde lo esperaban sus tres fieles perros: la Thora, el Félix y el Fito.
Al llegar, los abrazó y lloró largo rato y desconsolado como un niño en medio de lamentos caninos y de haberse sentido a un paso y bien corto de la llamada: ¡Muerte!
Se duchó y se fue directo a la cama. Los tres perros durmieron felices con él.
Al día siguiente, cuando desperté, sentía dolor insoportable en la cadera, la cabeza y un brazo.
Sin embargo, y sabiendo que tenía que ir por el coche, organicé la habitación, di alimento a los queridos canes y me fui a la estación donde abordaría un autobús con dirección a Tasajera, el lugar del accidente.
Ese día hacía un calor de infierno. Aunque las noches de diciembre eran un poco más frescas por la brisa que venía del norte, a pesar de todo no lograban apaciguar el calor del mediodía.
Al llegar al lugar donde estaba el automóvil me bajé dos cuadras antes para ir caminando por el borde de la carretera hasta un ranchotienda de artículos para carro y donde compraría el líquido para los frenos.
Caminaba muy tranquilo cuando, desde el otro lado de la carretera, unos niños con unos burros cargando sal me gritaron entusiasmados:
-¡Oye Cato, Cato, lo mataron, lo mataron!
Escuché sus palabras y pensé que habían matado al Presidente de la República.
Me dije: un buen muerto ese malparido, ¡en buen día su muerte!
Al fin y al cabo era o había sido el más corrupto de todos los presidentes que habíamos tenido. Una vergüenza nacional, por lo mismo, sonriendo me dije, mientras seguía caminando:
-¡que lo entierren bien abajo para que no se vaya a salir esa porquería!
Seguí por el borde de la carretera para comprar el líquido de frenos y entrando al rancho escuché de nuevo las palabras aquellas de mi padre:
-Mijo, la sangre sólo sirve para hacer morcilla!
Reía con nostalgia por aquellos días al recordar el tono de su voz, cuando lo decía cariñosamente y yo era un niño.
Al entrar en el rancho me gritan otra vez desde la carretera:
¡Lo mataron!, ¡lo mataron!, volví y me dije optimista -mataron ese hp corrupto.
-¡Que descanse en paz Colombia!
-¡Mil gracias Sagrado Corazón de Jesús!
Riéndome salgo feliz y tranquilo del ranchotienda con el líquido de frenos y, por lo escuchado desde el otro lado de la carretera, estoy convencido de que mataron al Presidente de la República, el más corrupto de todos, y en la distancia, a un lado de mi automóvil, alcancé ver a los hombres negros que les faltaba la pierna izquierda o la derecha.
Cosa rara pensé…
Y seguí caminando. A lo lejos a mano derecha observaba la incomparable belleza del mar Caribe con sus gigantescas olas, a la izquierda uno de los mayores desastres ecológicos de la tierra con la extinción total de los manglares, error de los llamados “Doctores e Ingenieros”, quienes al diseñar la carretera taponaron ilógicamente las entradas naturales del agua salada, alterando y finalmente destruyendo totalmente el ecosistema de la ciénaga y originando la muerte de millares de hectáreas con toda su fauna y flora.
Sin encontrarse hoy, muchos años después, un responsable por este crimen ecológico.
-¡Qué vergüenza de hombres!
Al llegar donde estaba estacionado el auto encuentro con alegría los cinco negros que en el día de ayer me salvaron lo poco que tengo, y me pregunto: ¿Sería posible que estos hombres, teniendo las dos piernas, hubieran hecho lo mismo que hicieron ayer?
Escucho de nuevo el grito contento de los niños con sus burros, ¡lo mataron!
¡Lo mataron!.
Doy gracias a un Dios.
Caminando solo y en silencio observo la mansedumbre de los burros con su corto caminar, miro los harapos como vestimentas de sus niños, siento que me abraza el sonido armonioso y continuo de las olas del mar que se escuchan en la cercanía, saludo con alegría los hombres negros.
Dicen que si dormí bien.
Respondí que sí y les pregunté a quién habían matado en el caserío.
Se quedaron en silencio, y el más anciano respondió:
-Al Nacho Gámez.
Sin saber de quien estaban hablando pregunto: ¿quién era Nacho? Y me dicen:
-Un asesino reincidente y condenado varias veces por violación de menores, ratero de turistas y científicas alemanas y presunto pintor de brocha gorda.
Hablando con cierto orgullo aclaran todos que este hombre no vivía en Tasajera.
Este hombre tenía su guarida a la entrada de El Rodadero, a la derecha.
El hombre negro, el más anciano, afirmaba sus palabras con alegría y mucha convicción, diciendo a todos los presentes:
-lo único que nos falta en esta mierda de caserío.
Quedándonos todos en silencio les pregunté:
-¿Cómo lo mataron?
No hubo palabras de respuesta.
Tampoco miradas entre ellos, el silencio era profundo, sólo se escuchaban los ya cansados pulmones y la simple habitación del rancho en que estábamos se llenaba rápido del humo de los tabacos fumados por estos hombres.
El calor me hacía sudar como no lo había hecho en años anteriores y lleno de curiosidad por saber más del muerto y cómo lo mataron, y no sin antes pensar en el dolor de la madre y del padre al saber la tragedia del hombre ya lejos de este mundo y recordando a mi madre con sus palabras, les pregunté: bueno, y ¿quién lo mató?
En medio del humo que seguía invadiendo la habitación el más anciano me contesta después de un largo silencio mirándose el mocho de la pierna; mueve los ojos en forma rápida a sus compañeros, para finalmente decirme en forma directa y sin titubeo alguno:
-Señor Cato:
No sabemos absolutamente nada del crimen.
Se especula en el caserío de dos versiones: una, que después de los dos disparos que se escucharon, y entre los muchos que suenan en las noches y como cosa ya normal en este lugar y siendo aproximadamente las veintitrés horas encontraron al caregringo, drogadicto y ladrón, con dos tiros en el cuerpo:
Uno en la nuca y el otro en la mano derecha.
Mano con la cual le robó sus documentos de identidad nacional, su dinero colombiano y los siete mil dólares, que usted denunció a todos los presentes.
Se escucha un rumor entre los habitantes y es que unos momentos después de haber sonado los tiros algunos vecinos vieron en medio de la oscuridad y en la escena del crimen a una anciana vestida de blanco que, con mucha calma, guardó el arma justiciera y asesina y caminando muy tranquila, sin pena alguna y dignamente se fue del lugar de los hechos sin afanes en medio de la oscuridad, para finalmente entrar en las aguas de la ciénaga y desaparecer en ellas con la brisa y perderse en las sombras de la noche.
Son un centenar de personas que afirman haber visto lo mismo.
La segunda versión del crimen es más extraña:
Que en venganza por la muerte de su padre y madre muchos años antes, cuando los asesinos entraron tumbando la puerta de una humilde vivienda y llegando donde la familia se encontraba reunida comiendo y delante de los tres infantes, hicieron acostar en el piso de la modesta vivienda al papá y la mamá.
No valieron los llantos infinitos de ella y el padre pidiendo clemencia por los hijos. Después de violar despiadadamente a la madre y su hermana menor descargaron sus malditos fusiles sobre los dos únicos maestros que tenía la escuela de Tasajera en aquel entonces.
Pero como cosas extrañas que tiene la vida, el niño mayor, aquel niño, nunca pudo olvidar los ojos grises azulados de uno de los asesinos. Y que en un momento de descuido de los hombres armados y, a pesar de que todos ellos iban cubiertos con pasamontañas de color negro, logró observar y guardar para siempre en su memoria como una marca de novillo bravo.
Ayer, se cree, ese niño de sólo once años esperó mucho tiempo en silencio para cometer el crimen del hombre que asesinó a sus padres.
Ese niño, pensamos todos, fue quien alegremente y sin compasión alguna le pegó los dos tiros al difunto y salió con risas y corriendo como un fantasma sin mirar atrás.
Cuentan quienes lo vieron correr entre risas que logró alcanzar una anciana vestida con túnica blanca y juntos cogidos de la mano y, como en un milagro, caminar sobre las aguas de la ciénaga hasta desaparecer bien adentro con la oscuridad de la noche para aparecer en la lejanía y a los pocos minutos, como una pequeña y brillante luz que sólo se extinguió al nacer del nuevo día.
Ya se escucha el rumor en Tasajera que en el futuro los dos juntos serán un lucero que iluminará la ciénaga en las pescas nocturnas.
-Es muy extraño -señor Cato- pero hoy la gente y los niños en el caserío están tranquilos y muy contentos, es como si la selección de fútbol hubiera ganado.
El hombre anciano prendiendo un grueso tabaco continuó hablando mientras todos alrededor escuchábamos atónitos, y llenos de sudor por el insoportable calor y bochorno de la habitación, las dos versiones del crimen. El anciano, aspirando con fuerza el tabaco dijo:
De las tales y famosas huellas dactilares de los muertos en este caso no existen en el arma que se encontró al lado del cadáver.
No hay huella alguna en el arma.
Porque en la corta distancia y en la oscuridad de la noche, dicen varios vecinos del lugar de los hechos, se vio al pequeño niño limpiar apresuradamente y con un trapito tricolor el arma del crimen. Y con toda su calma, y arrodillado como el día de su primera comunión ante el obispo, echarse la bendición dos veces, luego darle un beso al arma asesina y colocarla cuidadosamente en la mano derecha del ladrón, luego mirando al cielo y las estrellas se dio la bendición por última y tercera vez, y así arrancó a correr en pura hijueputa para perderse en la oscuridad de la noche.
Terminando el hombre negro su relato pone la bota de su único pie sobre el pucho del tabaco y con gestos de ironía, rabia y frustración en la expresión de su cara, y al tocarse de nuevo el mocho de su pierna izquierda con la mano derecha dijo a los muchos allí presentes:
-Es una lástima que nadie sabe dónde, dónde y... maldita sea, ese pillo, drogadicto y ladrón y ahora conocido como: Nacho Gámez, enterró los siete mil dólares.
Al escuchar esos dramáticos acontecimientos y de quién era el muerto el Cato se quedó estupefacto y sonrió en silencio.
El desdentado ojizarco aquel, y hoy cadáver, sólo le había robado 210 dólares, los siete mil dólares que Cato gritó en el momento del robo y que supuestamente se le había llevado el ladrón con madre extranjera fue sólo para alejar la muchedumbre que se quería apropiar de sus cosas en el momento del accidente.
El relato del hombre negro sobre la identidad del ojizarco llenó a Cato de curiosidad por saber ¿qué hacían estos hombres negros para sobrevivir en esa miseria de caserío?
Y ¿cómo era posible que todos hubieran perdido una de las piernas?
Recordó que los pescadores de esa zona pierden son las manos cuando hacen la peligrosa y prohibida pesca con dinamita, y no las piernas, como era el caso de ellos.
Sin pena, y después de meditar en silencio y analizando las versiones del crimen le preguntó al grupo de personas:
-Señores, perdonen la pregunta, y la curiosidad... pero, ¿qué hacen ustedes en este caserío, sin luz, acueducto, sin nada? Y ¡sin futuro!
Todos los hombres, al mismo tiempo, en silencio y con las miradas llenas de ironía, se quedaron mirándose enmudecidos.
Nos mirábamos los unos a los otros con desconfianza en ese instante, con odio. Como enemigos y quizás, seguro también con la terrible soledad que siente el hombre íntegro ante las instituciones hoy en día en toda Colombia y muchos otros y en casi todos los países del mundo manejadas por hombres corruptos.
El más anciano, aquel que nos había contado las versiones del crimen, pausadamente y después de unos segundos me contestó:
-Señor Cato, ¿sabe qué estamos haciendo en este lugar?
Con un largo silencio y terminando una mirada inquisidora, la cual me hizo sentir mal, me habló, -Señor Cato- le vamos a contar:
-Estamos hace cuatro años aquí en Tasajera esperando unas benditas prótesis de madera para nuestras piernas. ¡Con la ilusión de que algún día llegarán!
Aunque le podemos asegurar y apostar lo que quiera y, a quien quiera también, que seguro llegarán bien comidas por el comején.
Nosotros somos ex agentes de la Policía Nacional de Colombia.
Perdimos nuestras piernas, igual que los miles y miles de niños campesinos y los indefensos civiles, con las minas quiebrapatas que venden los gringos sin escrúpulo alguno a todos los países del mundo y que entierran despiadadamente los Paramilitares, el Ejercito y la Guerrilla
-Usted, Señor Cato:
¡No nos debe nada!
Pero... escriba, ¡por favor, escriba algún día!
Que aquí estaremos esperándolo hasta ese entonces, igual que a las inservibles prótesis de madera para nuestras desaparecidas piernas.
Y todos ellos al mismo tiempo, haciendo felices en ese instante su saludo de ex oficiales y ex agentes de la Policía se alejaron en silencio, sin decir una palabra más.
Cato se iba tranquilo, y ellos regresaban con dirección a ese caserío pobre, con la miseria maquillada de colores y rodeada de las espontáneas risas en los juegos de sus niños.
Allá perdida en la total ignominia del Estado, en el Caribe de Colombia quedó: Tasajera.
Prendí el viejo automóvil Mercedes Benz sintiendo odio con el mundo, con el hombre, con sus sistemas, odiando la impotencia que siente el hombre común ante circunstancias en las cuales ¡No somos nada! Nada, ante las instituciones de incontables países en el mundo, llenas hoy en día de hombres corruptos y ladrones.
Sintiendo verdadero odio arranqué sin ser capaz de mirar atrás, de poder mirar y aceptar el abandono y la total miseria por parte del Estado, y también, el sobrehumano esfuerzo que estos hombres hacían para ¡caminar!
Llorando de impotencia en el automóvil Cato observó en la lejanía, al mirar por última vez este caserío, extasiado y sin poder creerlo, que hacía los ancianos hombres mochos y negros venían una cantidad de niños huérfanos, mujeres viudas, y otras abandonadas, que con sus mansos burros, gallinas hambrientas, marranos flacos, enlodados y sus escuálidos y moribundos perros, corrían felices al encuentro de ellos.
Con lágrimas en los ojos sin poder evitarlo, e igual que algunos turistas de los otros lujosos automóviles que observábamos en la distancia, vimos sin poder creer, para el resto de los otros ausentes de este mundo, cómo los niños y las mujeres corrían y corrían y corrían hacia ellos, sí, sí, sí abrazándolos, en plena alegría.
¡Sí, ¡sí! los abrazaban, a estos mochos negros, como si ellos fueran en esos momentos y en este instante y precisos segundos, sus asesinados e injustamente desaparecidos sin rastro alguno o enterrados hijos, sobrinos, padres o esposos, todos ellos víctimas de la maldita violencia que llena de miles y miles de cruces y tumbas lejanas y pérdidas en las diferentes veredas y pueblos de toda Colombia y Latinoamérica y muchas otras regiones del mundo.
La humilde gente de Tasajera lo estaban llenando de alegría y de vida.
Ese día, y por fin..., en el Caribe de Colombia, para esos seres infantiles y para las mujeres viudas, víctimas de la horrorosa e imparable violencia en Colombia y el mundo, había unos líderes en la comunidad y unos hombres íntegros que servirán de ejemplo para las futuras generaciones en toda Latinoamérica.
En un país donde todo el mundo le falló a todo el mundo y en El País del Sagrado Corazón de Jesús.
Allá en la distancia quedó Tasajera; con sus tristes gentes y unos grandes hombres que a pesar de sus mutilaciones, sin prótesis, sin pensiones y soportando el abandono y la ignominia de las instituciones del Estado, con máxima alegría y orgullo aún dicen que pertenecen a:
La Policía Nacional de Colombia.
Para todos ellos, sus familiares y toda la gente de Palmira y Tasajera que me ayudaron sin límite e incondicionalmente.

Carlos Echeverry Ramírez
Colombia
Barcelona, octubre 9 de 1998
Para mi hijo CAE.
1998-2004CAER
Reservados todos los Derechos de Autor ante WIPO y CIPO

JUNTOS LOS DOS...



-Jóvenes, y usted señor Cato, les quiero comentar lo siguiente:

Hoy mi cansancio es mayor que en muchos años anteriores y muchísimo más que cuando estuve en la guerra.

Anoche, estando acostado tranquilo, quizás como siempre, después de que mi esposa Charlotte se fue a acompañar a Martina con su fiel perro a la caminata habitual, hora en que el can hace sus necesidades y Martina recoge en bolsa plástica la mierda, yo me quedé leyendo tranquilo, acompañado de un Cherry semiseco y las melodías del violonchelo de Pablo Casals. Cansado, por el duro trabajo del día anterior, dejé el libro sobre la mesa, fui a mi habitación y al entrar en ella puse el termostato en dieciocho grados, desnudo me metí debajo de las cobijas; allí en la comodidad de la cama y después de poner mi postiza dentadura en un vaso con agua y colocar mis anteojos encima de la pequeña mesa de noche, apagué la luz de la lámpara de leer y dormí sin problema.

No sé cuantas horas habían pasado, cuando en el silencio y oscuridad de la noche escuché ruidos muy extraños en las afueras de mi alcoba, exactamente en las escaleras; eran unas risas escandalosas y palabras desconocidas por mí. Yo, un hombre que habla el latín, asustado y sorprendido me senté a esperar el fin de lo que escuchaba, sin tratar de hacer juicio alguno.

Consciente estaba de que Charlotte, mi querida esposa, no había llegado, ya que varias veces toqué el lado de la cama donde duerme y no la encontré, lo cual me causó mucha angustia; así, lentamente, los sonidos terminaron de subir las escaleras y finalmente entraron en la habitación...

Observé, cauto y desconfiado, entrar una sombra amorfa, un bulto grande moviéndose con dificultad; con mis cansados ojos de anciano no podía tampoco distinguir qué era, sólo escuchaba las risotadas escandalosas, las palabras enredadas y un fuerte y marcado olor a alcohol.

Nervioso, dudé de mis actos y pensamientos, creí momentáneamente que era una mujer de la vida alegre y numerosos clientes que se habían equivocado de casa y aposento; como pude, a tientas de ciego y en la negrura de la noche busqué mis gafas para poder prender la pequeña lámpara. Después de hacerlo y para mi gran sorpresa encontré a ¡Charlotte!

Sin creerlo, y sin poder aceptar lo que veía, la encontré tirada en un extremo de la cama, ¡Mon Dieu! ¡mi esposa! ¡La bióloga!, la directora por treinta años del famoso coro de música sacra en la conocida iglesia luterana de Ginebra, la mujer maravillosa, ¡Quelle horror!, la madre de mis cuatro hijos estaba ahí, tirada de esa manera, ¡completamente borracha! hablando en un idioma incomprensible, riéndose y actuando como nunca antes en nuestra apacible vida y después de cuarenta años de casados, a estas horas de nuestro matrimonio y en el cenit de nuestras vidas.

Traté de encontrar la causa de este inusual estado en ella, después de tantos años compartidos, desde aquellos en los que yo iba o ella venía al pequeño
jardín al frente de la facultad a esperar que terminaran nuestras labores académicas en la universidad. No supe qué pensar.


Estimados señores y usted señor Cato, no sé qué decirles o cómo expresar lo que sentí en ese momento.

Recuerdo que tuve un inmenso vacío, una agónica tristeza, una irónica risa, un débil entusiasmo y una rabia pasajera, y también todo aquello que puede un hombre de mis conocimientos y jerarquía experimentar, en esos segundos al ver a su querida esposa en esas lamentables, terribles e inaceptables condiciones. Horrorizado de ver a mi Charlotte en esa situación, con voz angustiada, sintiendo una punzada fortísima en mi débil corazón y dolor en mi brazo izquierdo, le pregunté:


-Charlotte, mon amour, mon Dieu, ¿Qué te han hecho?

Atónito y horrorizado la observaba.


Ella poco a poco organizó sus desvariados pensamientos en medio de risas desconocidas, con ternura abrasadora y en una voz jamás escuchada en
todos nuestros largos años de nuestra feliz relación, me dijo:


-“Freddy, mi amor, ¡mi tesoro!, ¿Recuerdas anoche cuando vino Martina con su perro a que la acompañara a caminar?... Muy bien, las dos nos fuimos conversando, mientras el can buscaba un lugar verde dónde hacer sus
necesidades. Conversábamos de muchas cosas, de ti, de Teodoro; charlábamos acerca de nuestros hijos, de sus alegrías y frustraciones, de las duras dificultades que enfrentan aun con todos sus títulos académicos
para encontrar un trabajo estable y bien remunerado; dialogábamos de nuestras cosas de mujeres y que muchas veces o casi siempre son muy diferentes a las que los hombres hablan entre ellos; analizábamos también con
impaciencia lo poco que podemos hacer o que se nos permite a nosotras hacer por ustedes para mejorar el mundo; tristemente comprendíamos lo mínimo que es aceptado y con escasa alegría recibido por los hombres para hacer más solidario el bien común. Caminando las dos solas apartábamos con nuestros bastones las hojas caídas que anuncian el fin del verano, acompañadas mentalmente por aquello que hemos creado, es decir, nuestros hijos. Martina y yo íbamos muy preocupadas, meditabundas; yo llevaba en mí algo que no te he dicho en los últimos años: sentía una creciente ansiedad de ver lo trágico que sucede en el mundo fuera de nuestros vecinos, en otros países y regiones. Llevaba tristeza y frustración de ver lo poco que puedo hacer para cambiar lo que escucho en todos los lugares que tú, como hombre, no frecuentas, no entiendes, no quieres aceptar ni oír y que quizás jamás comprenderás.


Martina y yo sorpresivamente sentimos a lo lejos, en el Parque de la Esperanza, unos sonidos de tambores como africanos, unas guitarras, unas trompetas, flautas, lutes de Persia, maracas de Sur América, acordeones, trompetas, tiples, guitarrones y unos violines gitanos de Hungría y Rumania. Nosotras, como bien tú sabes, somos curiosas y dueñas de una intuición que ustedes no tienen; ansiosas apresuramos el paso y fuimos a ver qué era esa música tan bella, esas melodías con una sensualidad envolvente que ahora
escuchábamos en el mismo parque al cual íbamos tú y yo cuando éramos jóvenes y nos sentábamos a conversar del futuro, de nuestros sueños e ilusiones. ¿Recuerdas mi amor, mi tesoro?


¡Freddy, escúchame! ¡Escúchame!


Al llegar al parque, Freddy, mi amor, encontramos unas mujeres y hombres extranjeros de pelo azabache con ropas llenas de colores, con todos sus niños cantando al son de la música y bailando en una armonía, en un ágape que jamás yo había presenciado en Europa.

Fuera de nosotras estaban muchas parejas conocidas, había varios ex colegas y ex alumnos tuyos de la Universidad, las parejas y los vecinos nos quedamos
quietos y perplejos presenciando esa reunión, una fiesta llena de amor y de fraternidad.

Martina y yo, dos mujeres ya viejas y feas, como dos ancianas esperando sólo la muerte, sorpresivamente nos encontramos, igual que los otros, en la mitad de ese pequeño carnaval.

Las mujeres y hombres tenían unos dientes hermosos color nieve, una piel canela y cabellos oscuros como las noches del invierno, sus músculos tenían una simetría excelente, pequeños cuerpos en volumen pero de una definición muscular sin igual. Algunos tenían una personalidad, una alegría y dinamismo como el agua en nuestros riachuelos cuando baja de las montañas en la primavera. Martina y yo fascinadas con esas risas melodiosas mirábamos todo.


Allí nos ofrecieron vino, y con todo el respeto del mundo nos invitaron a bailar; sí, a compartir con ellos la alegría. Martina bailaba. Yo también extasiada miraba cómo ellos me invitaban a bailar, sin importarles mi lentitud, mi torpeza al llevar el ritmo, mis arrugas de mujer vieja y fea. Todos nos aplaudían sin parar; esta gente desconocida por nosotros únicamente quería que Martina y yo, como seres humanos, disfrutáramos la vida y la alegría creada por estos músicos que vinieron al festival.


¡Hubieras visto a Martina bailando! Cómo se reía, ¡parecía una loca! Igual a esa gente, a esas mujeres y hombres locos del parque llamados injustamente así por nosotros los suizos. Qué ternura nacía en las miradas de sus hijos, en los melancólicos ojos y en sus risas apacibles.


Freddy, mi amor, espero comprendas, ahora por qué estoy tan contenta y ¡por qué decidí tomarme unos vinos de más! Simplemente compartí con esos locos la fiesta que, en ese parque de Ginebra, comenzamos a llamar la Fiesta de los Inocentes.

Te preguntarás... ¡escúchame amor! ¡escúchame! ¿te preguntarás cómo llegué a casa?

Te lo diré: cuando me sentí ya cansada de reír y de bailar, y de oír tantos aplausos, como nunca antes en mi vida los había recibido con tanta espontaneidad y simpatía, le dije a unas mujeres llamadas Pilar Torres, la Mechas Otoya y María Teresa, que, a propósito, me dijeron que trabajaban como científicas investigadoras en un centro agrícola del cañaduzal, que Martina y yo queríamos regresar a casa. Al instante seis parejas de los latinoamericanos ahí presentes, en forma alegre y aún disfrutando con la música, nos acompañaron despacio a casa.

Las mujeres charlábamos y nos reíamos, los hombres hablaban con los niños. Ellas, las más jóvenes, hacían muchas preguntas de nuestros sistemas políticos, sociales, económicos y de mi relación personal contigo; eran muchas preguntas sin pena ni amargura, como si hubiera en ellas una insaciable sed de conocimiento.


Al rato, caminando en medio de todas estas conversaciones, no sé por qué y a estas horas de mi vida como mujer, a mis setenta y cinco años, en forma total empecé a sentir en todo mi cuerpo unas ganas y deseos inaguantables de estar junto a ti.


Sí, Freddy, mi amor, mi tesoro, sentía unos deseos irreprimibles de tocarte y sentirte junto a mí y que no tenía en muchos, muchos años.


Me sentía una adolescente con deseos húmedos y ardorosa pasión. Quería que me tocaras, que me besaras, como en aquellos años ya lejanos e inalcanzables para los dos, aquellos días en que ¡me jurabas amor eterno! Cuando éramos jóvenes y bellos, cuando éramos solo los dos.


Quería que nuevamente te olvidaras de todo aquello que existe en el mundo, ser el Eje del Universo y volver a escuchar cuando tú me decías que yo era toda tu gloria.


Al llegar a nuestra casa, acompañada de todo este grupo y subiendo las escaleras como podía, sentí otra vez nervios y pánico de lo que había pensado y deseado en el camino, no pude contener mi nerviosa risa al darme cuenta y aceptar que estaba húmeda en mi cuerpo, a mi edad y ¡después de tantos largos años!

Más ganas me entraron de acariciar tu cuerpo, de contar vuestras costillas marcadas por las huellas del tiempo, de sentir mis flacas y fláccidas piernas, tocar y palpar tu vencido pecho, tus hombros ya cansados, tu inflexible espalda. Quería y, quiero ahora, que toques todo mi cuerpo, mis arrugas en
barro seco por donde pasaron los alegres y esquivos riachuelos, las profundas grietas de mi piel, como si fueran hoy alegres acordeones tropicales.

Que muy lentamente y con todo nuestro tiempo me beses toda. Sí, quiero que me beses suavemente, dulcemente. Que acaricies mis largos y descolgados senos con sus tristes y marchitos pezones, como si fueran ellos esta noche y ahora dos fértiles oasis en un árido desierto, donde se alimentó la belleza de nuestros cuatro hijos. Quería que juntos esta noche, tú y yo, nos llenáramos íntegros de amor en un triste mundo moderno donde éste ya no existe.

Y así los dos en uno...

-Sí mi amor, ¡los dos!, ¡sólo los dos!

-Y, en un interminable beso fuéramos felices una vez más al final de la noche...

= * = * = * = * =
Carlos Echeverry Ramírez
COLOMBIA
Reservados todos los derechos de autor ante CIPO y WIPO


Nació por cosas de la vida en Colombia...

Literatura de Colombia

Suscríbete

RSS | Atom

Albergado en:blogdiario.com

Noticias: Noticias

Contador gratis contadorplus.com